La Unión Europea, un casi sinónimo de Europa, avanza en la construcción material y en el imaginario colectivo. Sin ser un Estado, atrae la atención crítica que reciben los Estados miembros de la Unión y sus políticos, y a menudo es el chivo expiatorio perfecto. Se la puede culpar de todos los errores, porque la Unión lo aguanta todo, no se defiende y pocos son los que lo hacen por ella.

Una de las críticas más frecuentes es la afirmación que «otra Europa es posible», que equivale a un rechazo de la Unión Europea existente. Una refutación que hacen explícita o implícitamente desde los extremos de la derecha y de la izquierda.

Es una afirmación abstracta, no va acompañada de una exposición sobre qué entienden por posible ni cómo se construiría la otra Europa —desde abajo o desde de arriba—, quién sería, en definitiva, el constructor. Y tampoco hay una explicación de qué haría la otra Europa, en qué consistiría pues la «posibilidad».

Hay que reconocer que no es nada fácil formular y describir un proyecto alternativo de construcción europea, que vaya más allá de afirmar que «otra Europa es posible». Pero antes de derribar el que tenemos habría que conocerlo.

Europa es un espacio continental que arrastra una pesada carga histórica, reflejada en una gran diversidad cultural e idiomática —no la más diversa del mundo, como sostiene algún exagerado: el subcontinente indio lo es más—, con sistemas jurídicos y construcciones políticas diferentes, Estados centralizados o Estados descentralizados y cada modalidad con variantes; no es lo mismo el modelo de centralización de Finlandia que el de Portugal, ni el de descentralización de España que el de Alemania.

Y, sin embargo, los países y los Estados europeos también tienen similitudes y coincidencias importantes. La gente del alto Ampurdán tal vez no se sentirá demasiado extraña en el Graubünden suizo. Las ciudades europeas se asemejan mucho, aunque no lo parece si solo te fijas en los patrimonios arquitectónicos distintos, como es el caso de Barcelona y Múnich.

Después de 1945 y 1989, la democracia y las constituciones que la formalizan han unificado Europa en un sentido jurídico y político, poniendo las bases para una unión política, que es el objetivo último de la construcción europea. La democracia no tiene muchas interpretaciones ni implementaciones posibles. Como señala Giovanni Sartori «democracia no hay más que una»: una combinación de libertades públicas, respeto y garantía de los derechos fundamentales, separación e independencia de los poderes y representación ciudadana universal. Esta base es compartida por todos los Estados miembros de la Unión Europea.

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Los europeos podemos vivir en cualquier Estado de la Unión sin sentirnos extraños en la esfera pública, tanto es así que podemos votar en las elecciones locales del lugar donde hayamos fijado la residencia y figuremos inscritos en el censo. Y también podemos votar en las elecciones al Parlamento Europeo.

Por todo ello y unas cuantas cosas más, se comprende que los adversarios de la construcción europea en marcha tengan dificultades para construir, ni que sea solo hilvanada, la descripción de su «otra Europa posible».

En cambio, resulta fácil la crítica a la Europa en construcción, por un lado, porque algunas de sus indefiniciones, carencias o retrasos la facilitan y, por otro lado, porque la crítica consiste en unas afirmaciones de rechazo genéricas, abstractas y llamativas, que tendrán una buena recepción en sectores de opinión ideológicamente preparados para recibirlas.

Unas aseveraciones de descalificación mayor de los pilares de la construcción europea, reproducidas como tópicos ideológicos, que el emisor no necesita demostrar ni hay que pensarlas cuando se escuchan y se asumen como verdades. Solo hay que recordar la campaña de los partidarios del Brexit.

 

Desde la extrema izquierda

Desde la izquierda se descalifica la Unión sin pararse en barras, se la acusa de neoliberal, «el gran pecado» cometido por toda la economía mundial, le critican «la primacía del libre mercado», el de las cuatro libertades: la circulación de mercancías, personas, servicios y capitales. Si precisan la crítica algo más, añaden el capitalismo, el productivismo y la concurrencia.

Son afirmaciones críticas que los sectores de la población que sufren más la dureza del funcionamiento del mercado, que desborda con frecuencia la concepción de la economía social de mercado y la regulación comunitaria, acogerán de buen grado, y que podrían ser compartidas en parte por la socialdemocracia y por las formaciones liberales.

Pero ¿cuál es la alternativa?, más allá de esforzarse porque la integración económica y la unión política se hagan respetando los principios «constitucionalizados» en el artículo 3 del Tratado de la Unión Europea (TUE), que tendrían que ser ampliamente divulgados, incorporados en los programas docentes, y conocidos, puesto que no hay ningún proyecto político supraestatal que tenga un horizonte tan elevado como el que se desprende de aquellos principios. Por eso merece la pena releerlo de vez en cuando para (re)conectar con el proyecto europeo.

El mercado interior, el del espacio sin fronteras interiores, ha sido el eje de la construcción europea desde la constitución de las Comunidades del carbón y el acero. Fue una decisión arriesgada en la década de los años cincuenta, porque representaba una novedad política, una normativa inédita en la esfera internacional y una primera ruptura del tabú de la soberanía absoluta e irrenunciable del Estado.

El mercado interior ha sido, ciertamente y, en primer lugar, un éxito económico, pero también lo ha sido político y social al hacer posible que el crecimiento económico que se derivaba tuviera una traducción en Estado de bienestar para amplias capas de las poblaciones europeas. Este sistema es hoy una de las señales de identidad europea más genuinas por más sociales, mientras que los poderosos Estados Unidos, la comunista China y la agresiva (pero pobre) Rusia no tienen nada comparable.

¿Qué desarrollo económico propone la izquierda extrema voluntarista? ¿La supresión del mercado interior? ¿El restablecimiento de las aduanas a fin de que no circulen los capitales, pero tampoco circularían las personas, los servicios, las mercancías? ¿El reforzamiento de ayudas y subvenciones favorecedoras de distorsiones del mercado y de clientelismo? La demolición del mercado interior enterraría a quienes esta izquierda dice que quiere proteger.

 

Desde la ultraderecha

Aunque a los unos y a los otros no les gusta que se les compare, la ultraizquierda y la ultraderecha tienen puntos en común, cuando menos en cuanto al rechazo de la Unión Europea. La ultraderecha denuncia, y pretende revertirlas, las cesiones de soberanía del Estado a la Unión. En efecto, el mercado interior requiere la puesta en común, cediendo la gestión a las instituciones comunitarias, de competencias que los Estados habían ejercido plenamente. La moneda única es la cesión de soberanía —la monetaria— más impactante. También la más comprensible para la gente del común de los 21 países que forman parte de la Eurozona, que no quieren renunciar a llevar un símbolo de Europa en el bolsillo.

¿Cuál es la «otra Europa posible» de la ultraderecha? ¿La de la peseta, el franco, el marco, la lira, el florín, viejos símbolos nacionales? ¿La del cierre de fronteras interiores y exteriores? ¿La de una neo autarquía imposible en la era de la interdependencia global? Algunas ultraderechas se aventuran a proponer la «Europa de las Naciones», que significaría salir de la Europa supranacional para volver al pasado nefasto de la Europa de los nacionalismos enfrentados de los siglos XIX y XX. Los nacionalismos por definición no pueden tener un proyecto común, se repelen mutuamente.

Las ultraderechas dicen sufrir por la supuesta pérdida de soberanía del Estado a favor de la Unión, soberanía que los Tratados, negociados por los Estados, garantizan con constantes remisiones al respeto de las competencias del Estado y a los límites de la acción de la Unión. Por si no fuera suficiente, e incluso demasiado, el artículo 4-2 del TUE explicita de manera indudable la salvaguardia de la soberanía del Estado y constituye un freno a progresos de la Unión en una dirección federal.

 

Y ahora la campaña electoral

La campaña de las elecciones europeas de junio será dura, aflorará mucha oposición a la Unión Europea desde los extremos, con mucha desinformación organizada y alimentada, que surgirá de dentro, más la que vendrá de fuera, principalmente de Rusia. Habrá mucho juego sucio, porque la Unión Europea a pesar de sus defectos, insuficiencias y pesadez burocrática en la toma de decisiones molesta a muchos, dentro y fuera. Debilitar la Unión es un objetivo estratégico de primer rango para la Rusia de Putin.

Confirman el éxito de la Unión tanto los logros concretos como el número de adversarios y enemigos poderosos que le salen como las setas en otoño.

Algo bueno debe de tener la construcción europea cuando son tantos quienes la quieren demoler. Y no debe ser demasiado sesgada cuando la denigran a la vez de un extremo y del otro.