El artículo trajo cola. Josep Maria de Sagarra lo escribió pocos meses antes de morir. Estamos a principios de 1961. Desde el piso de la plaza de la Bonanova el escritor ve un montón de coches aparcados. Mediodía de domingo. Misa. Y él se pregunta sobre la religiosidad de la gente adinerada que puede pagarse cochazos como aquellos. Le vuelve a la memoria un acto reciente celebrado en uno de los templos de la burguesía barcelonesa: el Palau de la Música. No los Hechos del Palau, de todavía no hace un año, sino aquella sesión patrocinada por Pepsi-Cola: una retransmisión en directo, a través de una pantalla, de un partido de fútbol entre el Barça y el Madrid.

Ninguna imagen le parece más representativa de la evolución de la burguesía de la ciudad. De transformar la cultura y la piel de la ciudad gracias a su potencia emprendedora a ceder uno de sus templos para un espectáculo como aquel. Y describe aquella clase con una comparación antropomórfica: «ha crecido desmesuradamente en las partes que constituyen su pecho, su abdomen y sus extremidades, pero ha ido reduciendo y empobreciendo los espacios que corresponden al cerebro y al corazón». Vaya, una burguesía sin alma.

El artículo de Sagarra se publicó en La Vanguardia y se titulaba «La burguesía catalana». Ahora el subdirector del mismo diario, Manel Pérez, acaba de publicar un libro con el mismo título. Es un libro de periodismo y es un libro importante por dos motivos: porque problematiza un mito y porque describe un proceso de desempoderamiento. De algún modo la historia que Pérez explica comienza allí donde la dejó Sagarra y culmina con la desbandada de las sedes de las empresas como consecuencia de la crisis constitucional de 2017.

Si en pleno franquismo la burguesía se había quedado sin alma —la clásica del textil, también la de la autarquía—, para reconquistar el liderazgo social de su clase tenía que legitimarse una burguesía nueva. Quien mejor entendió la necesidad política de esta operación de restitución, de hecho quien la imaginó, fue el historiador Jaume Vicens Vives cuando ya actuaba en modo intelectual y ponía el estudio del pasado al servicio de un proyecto colectivo para el presente y el futuro del país.

 

El Club Comodín

El relato fue suyo y la obra paradigmática de este afán fue Industrials i polítics, que se debió distribuir a finales de 1958: una monografía económica y social sobre el desarrollo del XIX catalán que situaba a la burguesía en el centro. Sobre todo, en el apartado de biografías de la segunda parte del volumen. Pero para el caso que nos interesa, el de la reanimación de la clase, tal vez sea aún más significativa la conferencia «El capitán de industria español en los últimos cien años» de octubre de 1958. Era una lección que conectaba pasado y presente y constituía un llamamiento. «Queda claro que no hemos logrado ni los catalanes ni los vascos hacer una verdadera revolución industrial», explicaba refiriéndose a las últimas décadas, «estoy completamente convencido de que son ustedes, los de esta generación, los que verán la revolución industrial como se ha presenciado en Italia en los últimos años». Le escucharon unos chicos de buena familia que habían estudiado en los jesuitas de Sarrià y que a mediados de la década habían creado el Club Comodín. Le escucharon y se sintieron llamados.

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Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

La herramienta principal para cumplir la misión fue el Cercle d’Economía, como argumenta Pérez y se detalla en el interesante y automitificador Intuición y perseverancia. Joan Mas Cantí y el Círculo de Economía. Tenía relato, tenía alma. La existencia de aquella institución única, confluyendo con el mito de la liberalización económica de 1959 y una cierta reindustrialización (sobre todo dedicada al ensamblaje), fueron el embrión de la nueva burguesía. De algún modo se supo autorepresentar como la clase imaginada por Vicens. De algún modo, pero no del todo.

Porque más que capitanes de industria, con la tenacidad para llevar a cabo una transformación tecnológica, se querían clase dirigente, una especie de élite casi solo existente en Barcelona y en la cual convivían empresarios, directivos y académicos como Estapé y Lluch. De este modo eran bien valorados por la mayoría de los actores de la economía española, gracias al clima que se respiraba en las jornadas que empezaron a organizar en 1961 y que se celebraban en el hotel propiedad de la familia Mas Cantí de Sant Feliu de Guíxols. Pero con excepciones puntuales, nunca fueron considerados figuras esenciales de un capitalismo cuyo poder era sobre todo financiero y estaba en manos de madrileños y vascos. Constatarlo así, con todas las implicaciones que tiene, que no son pocas, es el primer gran mérito del libro de Pérez.

Esta generación, mirado con una cierta perspectiva histórica, lideró o participó en los dos grandes proyectos económicos de la Cataluña de la segunda mitad del siglo XX. Un proyecto fue la transformación de Barcelona de ciudad industrial aletargada y secundaria en capital de servicios de prestigio global con los Juegos del 92 como activador, y aquí destacan empresarios como Carles Ferrer Salat o Leopoldo Rodés. El segundo fue la refundación de La Caixa para convertirse en el primer holding empresarial español, gracias a la labor de Josep Vilarasau y personajes tan relevantes como Fornesa, Brufau o Fainé.

En La burguesía catalana se explica todo esto como nunca se había hecho hasta ahora. Al mismo tiempo, esta clase dirigente convivió con el pujolismo gobernante probablemente más por interés que por convicción, argumenta Pérez, pero la alianza entre Convergència y la élite del capitalismo mesocrático catalán estaba consolidada. Hasta que se produjo un cambio que acabaría poniendo en crisis este sistema. Pérez lo apunta pero no lo desarrolla porque no es su tema: me refiero a la definitiva recomposición del bloque de poder tradicional español como misión de la aznaridad. Una misión cumplida, esta sí, sincronizada con la lógica de la globalización financiera. La evidencia de su éxito se constata leyendo el informe Madrid: capitalidad, economía del conocimiento y competencia fiscal publicado por el IVIE en 2020. Hay vasos comunicantes.

 

La ‘Nota’ del Cercle de 2001

La acumulación de capital desde comienzos del XXI, centralizada en Madrid, fue evidenciando que aquella escenificación del viejo poder burgués catalán era, al fin y al cabo, cada vez más teatral. Podían velarlo, primero, el cambio de modelo de financiación y el traspaso de competencias del Majestic, después la burbuja de la construcción y el maná del turismo, como explicó Ramon Aymerich en el luminoso La fàbrica de turistes. Pero cuando la desindustrialización se aceleró a lo largo de la primera década del siglo, aquella burguesía tomó conciencia de que el poder se les escapaba de las manos.

La angustia de 2017, con el pánico bancario y el cambio de sedes en masa, fue la manifestación de que todos estábamos perdiendo y el país se quedaba sin autoridad.

Lo había visto Maragall en el profético «Madrid se va» y el Cercle lo puso por escrito en El papel del Estado en el mantenimiento del equilibrio territorial en España. El Cercle presentó aquella Nota, analizada por Pérez con todo detalle, el 25 de octubre de 2001. Aquel día el presidente Pujol tenía una reunión no oficial con el presidente Aznar en una finca propiedad del Estado. Fue la última vez que dijo no a entrar en el Gobierno de España.

 

Manel Pérez i el seu llibre La burguesía catalana.
Manel Pérez. La burguesía catalana. Retrato de la élite que perdió la partida. Barcelona: Península, 2022. 286 págs.

 

La Caixa se las pira

El grueso del libro de Manuel Pérez empieza a partir de este momento, toda vez que la imposibilidad de revertir aquella deriva alineó a la burguesía con el masismo, tanto en lo que se refiere a la respuesta a la crisis financiera como sobre todo a la reclamación de un nuevo modelo fiscal. Pero cuando la demanda de poder pasó de los impuestos a la soberanía política, esta burguesía empezó a problematizar su relación con Convergència. Todas las iniciativas políticas que ha tomado desde aquel momento han resultado fallidas. Y la paradoja que el libro no disimula es que la evolución del procés no corrigió sino que empeoró el problema que quería resolver: el desempoderamiento catalán.

La angustia de 2017, con el pánico bancario y el cambio de sedes en masa, fue la manifestación de que todos estábamos perdiendo y el país se quedaba sin autoridad. La Caixa se las pira. Las élites proclaman cada día que Barcelona está en decadencia, señalan a Colau y no entienden su responsabilidad porque de algún modo, otra vez, la burguesía tiene que venderse el alma. Asumirlo es una condición necesaria para volver a empezar. Explicárnoslo es lo que hace esta crónica. Nos urgía. Todavía falta un nuevo relato para que intente volver a legitimarse y se produzca la entrada en juego de nuevos capitanes de industria.