La fuerza imparable de la naturaleza se ha hecho patente en toda su magnitud en la isla de La Palma. La colosal fuerza destructiva no ha causado víctimas mortales, pero ha sepultado casas, barrios enteros, empresas, escuelas, pertenencias y recuerdos. Ha enterrado bajo la lava la vida de muchas personas.

La espectacularidad de las imágenes, muchas de ellas aéreas, tomadas con drones, que ha dejado embobada a mucha gente, puede acabar banalizando la desgracia. Durante los fines de semana y los puentes de otoño e invierno, los vuelos a La Palma iban atestados. Los hoteles se han llenado. La erupción se ha convertido en un atractivo turístico más. En la vecina isla de Tenerife se organizan excursiones, «de día o de noche», para admirar el fenómeno. Si bien es verdad que, en la letra pequeña, se explicaba que un porcentaje de las ganancias se destinaría a ayudar a las personas afectadas.

«No miren el volcán, miren el daño que está haciendo. Este barrio que ya no existe lo hicimos con nuestras propias manos», recordaba a los visitantes un vecino de Los Llanos de Aridane. Nieves Lady Barreto, diputada palmera del parlamento de Canarias, reclamaba actuaciones por parte de las administraciones para empezar a trabajar en la reconstrucción e impedir que los palmeros se vayan de la isla.

Cuando vuelva la calma, las imágenes que quedarán en el recuerdo serán las del Cumbre Vieja vomitando fuego, la de los rojos ríos magmáticos que avanzan sin piedad y la de las columnas de humo producidas por la lava al llegar al mar. La memoria colectiva, a menudo discriminatoria, no debería borrar las fotografías de las personas que lo han perdido todo. El hombre que sale de casa a toda prisa con las manos llenas de libros. La fotografía, que recuerda mucho las imágenes de Dorothea Lange de la Gran Depresión, de una mujer con la mirada perdida subida a un camión con las cosas que ha podido salvar. El agricultor con la cara negra que se afana en recoger los plátanos antes de que un río de lava lo sepulte todo…

Un geólogo que hace 35 años que estudia los volcanes islandeses explica: «Un volcán no se para nunca del todo, solo duerme entre las erupciones.» Cuando el Cumbre Vieja vuelva a coger el sueño, en un país donde las ayudas a los damnificados por catástrofes siempre llegan tarde, el sufrimiento de los palmeros no puede quedar enterrado por la burocracia de la administración, ni caer en el olvido que puede propiciar la lejanía de la isla de La Palma.