Que la derecha se ha vuelto anarcoide abandonando la mejor tradición liberal, de la que se supone que debía beber, para coquetear con la libertaria, mientras que la izquierda ha devenido un sector de orden, abandonando sus antiguas pulsiones transformadoras de la realidad en un sentido radical, es cosa de sobras sabida, amén de estudiada.

En efecto, la primera ha invertido el signo de la máxima de Goethe y ya prefiere sin reservas ni disimulos el desorden a la injusticia, especialmente si aquel le sirve para acceder o mantenerse en el poder; en tanto que la segunda ha decidido enterrar el «prohibido prohibir» sesentayochista, sobre todo en los casos en los que las prohibiciones están en su mano y ha pasado a dedicarse, en muchos casos con fruición, a dictar normas y leyes que intervienen de manera directa en la vida de los ciudadanos si cree que sus conductas pueden causar algún perjuicio a los sectores que ella considera más desfavorecidos o vulnerables.

La contradicción fundamental de nuestra sociedad es la que enfrenta a los poderes económicos con los sectores populares.

Hace no tanto tiempo, muy probablemente esta inversión de papeles habría dado lugar a efectos muy diferentes a los que se están produciendo en nuestros días. Con toda seguridad, si entonces la izquierda se hubiera entregado de hoz y coz a dar la batalla en las diversas guerras culturales hoy abiertas (en buena medida potenciadas por la propia derecha: recuérdese la escandalera política organizada hace ahora un lustro, a principios de 2017, a raíz de la campaña promovida por la asociación «Hazte oír» y su famoso autobús con el mensaje «Los niños tienen pene, las niñas tienen vulva. Que no te engañen» pintado en sus laterales) habría recibido el reproche, por parte de fuerzas a su izquierda, de olvidar la contradicción fundamental que atraviesa, como una herida profunda, nuestra sociedad, que no es otra que la que enfrenta a los poderes económicos con los sectores populares.

Sin embargo, en la actualidad puede darse el caso de que, con amplios sectores de la ciudadanía directamente afectados por la pobreza energética debido al espectacular incremento de las tarifas de la luz, el titular del ministerio de Comercio considere prioritario dedicar recursos de su departamento a promover una huelga simbólica contra los juguetes sexistas.

 

Trump y compañía

En la otra acera política, una derecha que traicionara sus esencias y se dedicara a impugnar las más elementales normas de la democracia, como todavía hacen hoy Trump y compañía, a pesar del tiempo transcurrido, no aceptando el resultado de unas elecciones presidenciales libres, habría recibido un rechazo unánime por parte de los sectores conservadores menos montaraces (convendría recordar que fue el propio José María Aznar el que paró los pies a Ruiz Gallardón y Javier Arenas cuando, la noche de las elecciones generales de 1993, insinuaron la idea de un pucherazo por parte del gobierno del PSOE).

¿Por qué no parece estar ocurriendo lo mismo en la actualidad, a pesar de las llamativas mudanzas a las que, efectivamente, venimos asistiendo? Sin duda, se debe a un conjunto de factores, pero entre ellos tal vez uno de particular importancia sea el relacionado con las maneras de entender la política, tanto por parte de los ciudadanos como de sus representantes. Maneras que se diría que, al margen de otras consideraciones, han evolucionado en direcciones opuestas, dando lugar a una exterioridad recíproca que debería ser no solo, desde una perspectiva practicopolítica, motivo de severa preocupación para todos, sino también objeto de una reflexión cuidadosa acerca del signo de lo que nos está pasando.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Por una parte, la dirección de la evolución que ha seguido la concepción de la cosa pública que tienen los ciudadanos nos la señala de forma bastante clara la creciente volatilidad de sus preferencias políticas, que certifica, con escaso margen de error, que una determinada manera de valorar aquellos asuntos que a todos conciernen, relacionada con las grandes concepciones políticas tradicionales, parece estar declinando de manera casi irreversible. Se ve sustituida por la exigencia ciudadana de propuestas programáticas claras y concretas, al margen de etiquetas políticas o con una relación entre ellas mucho más fluida y en todo caso alejada de la confrontación permanente y del ruido inane.

Una buena muestra de esta actitud por parte de muchos ciudadanos la representaría las preguntas que en su momento un sector de ellos se planteaba (y formulaba en voz alta en los diversos foros a su disposición): si en una situación de absoluta emergencia sanitaria como fue la primera fase de la pandemia en 2020 las fuerzas políticas no fueron capaces de llegar a acuerdos y mantuvieron, impertérritas, su enconamiento habitual, ¿quiere eso decir que nunca, bajo ningún concepto, están dispuestas a acordar nada? ¿Qué queda del supuesto valor de la alternancia política, si esta queda convertida por estos nuevos intransigentes (Fernando Vallespín dixit) en la alternancia en la impugnación de la totalidad de lo llevado a cabo por los anteriores?

 

Irritada perplejidad

¿Tan insoportable les resulta a nuestros representantes públicos la idea de admitir que los adversarios políticos pudieran llevar a cabo reformas susceptibles de ser aceptadas? ¿Cómo puede ser que los agentes sociales con intereses sin duda contrapuestos puedan alcanzar acuerdos y los partidos no? Sin duda la intransigencia está desigualmente repartida (algunos bloqueos estarán en la mente de todos), pero lo que ahora importa es la sensación general que se le transmite a la sociedad. Ciertamente, no cuesta el menor esfuerzo entender la irritada perplejidad de amplios sectores de la ciudadanía ante semejantes actitudes, de las que nadie queda por completo a salvo.

Una determinada manera de valorar los asuntos que a todos conciernen parece estar declinando de manera casi irreversible.

Por su parte, ajenos a todo esto, y como el que oye llover, los representantes de la ciudadanía, cuando no han evolucionado, como es el caso de la derecha, hacia la errancia política más oportunista y vacía (el recién defenestrado Pablo Casado resultaba paradigmático a este respecto), lo han hecho, en el caso de la izquierda, de forma ciertamente confusa, esto es, sin haber decidido si de lo que se trata es de prohibir las prohibiciones, como reclamaban sus padres políticos cuando eran jóvenes, o es solo cuestión de prohibir mejor.

Intentando resumir esto mismo con otras palabras pero en el mismo registro parisino: la izquierda parece tener pendiente decidir si de lo que se trata es de ser presuntamente realista y pedir lo imposible, como también decían sus predecesores de la generación anterior, o de ser idealista y atreverse a reclamar lo posible. Especialmente todas esas posibilidades ante cuya materialización a menudo esa misma izquierda retrocede por miedo a ser acusada de traición, revisionismo, negacionismo o cualquier otra desviación análoga en relación con su línea política.

 

Extraer alguna lección

No se trata, quede claro para evitar malentendidos, de censurar, en nombre de una presunta pureza o fidelidad a los viejos ideales, las mudanzas que se hayan podido producir en los planteamientos de las diversas fuerzas políticas, reproche de todo punto improcedente. La respuesta de Keynes cuando fue objeto de idéntico reproche sigue resultando, a estas alturas, literalmente insuperable: «cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión, ¿usted no?». De la misma forma que tampoco se trata de rasgarse las vestiduras por enésima vez y señalar el desencanto número… (ya ni se sabe) experimentado por los ciudadanos por causa de unos políticos que terminaron por defraudar las expectativas que ellos mismos habían creado. Se trata, más bien, de intentar extraer alguna lección de lo que nos está ocurriendo.

Quizá, en concreto, podamos extraer una de cierto calado a partir de la más reciente decepción sobre los presuntos nuevos que en la década pasada anunciaron que venían, como tantos otros antes, a regenerar nuestra vida política (a base de ocupar el lugar de los que estaban, claro). Lección que bien podría quedar formulada, de manera todo lo provisional que hiciera falta, en términos parecidos a estos. Es probable que constituya un error reclamar, como hacían los ciudadanos argentinos con ocasión de la crisis del corralito en diciembre del 2001, que se vayan todos los que ahora hay para sustituirlos por otros, presuntamente nuevos y virginales.

A estas alturas, si algo hemos aprendido ya es la necesidad de desconfiar de según qué novedades y según qué virginidades. Porque lo que parece estar claro es que la expectativa de que las transformaciones que necesita la política vendrán de la mano de un relevo en las personas, esto es, de la entrada en escena de políticos presuntamente diferentes que, por el mero hecho de ser más jóvenes o debutantes en el espacio público, garantizarían las profundas renovaciones que se necesitan, ha quedado rotundamente refutada por los hechos.

De ahí el planteamiento que estamos haciendo. Acaso sea cuestión, por retocar la vieja consigna, no tanto de que se vayan todos como de que se regeneren todos, no solo los que pertenecen a las formaciones más clásicas (y que a veces parecería que pretenden hacernos creer que con incorporar gente joven ya se consigue soltar por completo el lastre del pasado, aunque se continúen defendiendo las más viejas esencias), sino también los emergentes que hacen bandera de no necesitar regeneración alguna.

 

Cambiar de idea

Por lo pronto, lo que parece rigurosamente urgente es que los representantes de las diversas formaciones mantengan un discurso y unas actitudes definidas y claras, las que crean que le corresponde a cada una de ellas de acuerdo con la opción política que dicen representar. Por supuesto que tienen derecho, siguiendo a Keynes, a modular esa opinión en caso de que las circunstancias les aconsejen hacerlo. Los representantes políticos tienen exactamente el mismo derecho que sus representados a cambiar de idea, solo que en su caso ello implica una obligación añadida insoslayable por completo: tienen que dar cuenta con luz y taquígrafos de las razones de ese cambio.

O la regeneración de la política procede de una exigencia de los ciudadanos o no la habrá.

Sin que sea de recibo que intenten hurtar el debate al respecto en el espacio público, entre otras cosas porque en una democracia definida como deliberativa debería suscitar una repulsa generalizada semejante comportamiento político. Pero fue precisamente este el que tuvo aquella formación, subsumida publicísticamente en su momento bajo el rubro de nueva política, cuando decidió, de un día para otro, sin el menor debate interno ni explicación alguna a los ciudadanos, que había dejado de considerarse socialdemócrata y que a partir de ese momento se autodefinía como liberal.

 

Definición y claridad

He aquí, pues, la especificidad de lo que nos está pasando. Ya no estamos ante el desencanto por la deriva de una u otra formación política concreta, como ocurrió en los primeros compases de nuestra democracia. Tampoco estamos ante una enmienda a la totalidad de lo que en ocasiones se ha denominado la clase política (o los políticos, sin más). Estaríamos, de ser cierto todo lo expuesto hasta aquí, ante un fracaso de la política por entero, lo que no constituiría, por cierto, un fracaso exclusivo de los denominados políticos profesionales, sino de todos los actores que intervienen en el espacio público desde diversas posiciones.

De ahí que tenga todo el sentido del mundo que los ciudadanos reclamen definición y claridad a quienes se supone que les representan: sencillamente, tienen derecho a saber a qué atenerse con ellos. Lo que, bien mirado, equivale a afirmar que o la regeneración de la política procede de una exigencia de los ciudadanos o no la habrá.