Richard Linklater y Spike Lee empezaron a hacer cine más o menos al mismo tiempo. El primero realizó su ópera prima, Slacker, en 1990. El segundo debutó en 1986, con Nola Darling. El resto de sus respectivas carreras, sin embargo, tomó desde aquellos momentos derivas muy diferentes. Linklater cuenta con una filmografía elaborada con mucha tranquilidad y sin estridencias, mientras que Lee ha preferido siempre llamar la atención del público y la crítica con títulos invariablemente polémicos y agresivos, la mayoría de ellos en acalorada defensa de la raza negra. El estreno de sus últimos films reabre el debate y plantea una pregunta inquietante para todo cinéfilo que se precie: ¿dónde está el “mensaje”? Es decir, ¿cómo hablar de política cuando se hace cine? O mejor aún: ¿qué es un cineasta político: aquel que insiste en serlo en cada fotograma que filma o aquel que espera pacientemente, sin forzar las cosas, a que cada película diga lo que tenga que decir? Dónde estás, Bernadette, de Linklater, pertenece a este segundo grupo, consigue ser un film realmente subversivo sin apenas proponérselo. En cambio, Da 5 Bloods, el último trabajo de Lee, quiere ser tan contundente en su discurso antirracista que esa intención termina por debilitarla en todos los demás frentes.

Linklater empieza Dónde estás, Bernadette como si se estuviera enfrentando a una comedia familiar narrada desde el punto de vista de una adolescente. Bee (Emma Nelson) vive en una casa situada en una zona residencial de Seattle, donde su padre trabaja para Microsoft. Su madre, en cambio, se nos presenta como una persona inmadura y desorientada. En efecto, Bernadette (Cate Blanchett) fue una vez una arquitecta de prestigio, pero hace tiempo que no ha terminado ningún trabajo importante, se dedica a odiar al prójimo y consume cantidades ingentes de antidepresivos. Lejos de pintar con tintes excesivamente dramáticos esta situación, no obstante, Linklater prefiere observarla con distancia y comprensión, intentando entender las razones de todos sus personajes y consiguiendo así escenas de irresistible comicidad: los enfrentamientos de Bernadette con su vecina Audrey (Kristen Wiig) son antológicos, eficazmente construidos en torno a diálogos rápidos y desternillantes, mientras que las excentricidades de la protagonista destilan una mezcla de humor cáustico y severo patetismo que acaba creando en la audiencia una rara sensación, a medio camino entre la sonrisa incómoda y un indefinible malestar.

 

Cate Blanchett, Emma Nelson y Billy Crudup a <i>Dónde estás, Bernadette</i> de Richard Linklater.

Cate Blanchett, Emma Nelson y Billy Crudup a Dónde estás, Bernadette de Richard Linklater.

 

Pero hay más. En un momento dado, Bee empieza a pensar que quizá todo se calme un poco si la familia entera emprende un viaje… a la Antártida. Y a partir de ahí la película toma un rumbo inesperado, primero por la angustia creciente que eso crea en Bernadette, convencida de que no va a poder soportar las obligaciones sociales que conllevará el viaje en barco, y segundo porque un acontecimiento inesperado, una subtrama delirante, provoca que deba partir sola, mientras su marido y su hija la persiguen por todo el círculo polar. ¿Qué diablos se puede conseguir a partir de este argumento más bien imposible?, se preguntarán ustedes con toda la razón. ¿Y a dónde quiere ir a parar Linklater? ¿Qué hace el director de las prestigiosas Antes del anochecer y Boyhood metido en este embolado? En primer lugar, hay que decir que Dónde estás, Bernadette sigue la línea de otra tendencia igualmente prolífica en la filmografía del cineasta, esa que incluye películas quizá más desconocidas pero también contundentes y sabrosas, al estilo de Bernie o Todos queremos algo. Y luego habría que añadir que lo más importante aquí es la forma, el modo en que Linklater aborda esa peripecia en principio absurda: una estrategia consistente en filmar las ridículas andanzas de todos esos personajes tomándoselas completamente en serio, es decir, otorgándoles una dignidad que nos los hace cercanos, próximos, incluso conmovedores. Y, en fin, consiguiendo que, durante el tiempo que dura la proyección, todos seamos Bernadette.

No se trata de provocar una identificación grosera, de forzar una mirada (auto)condescendiente, sino de invitarnos a reconocer que las razones que la mueven podrían ser también las nuestras. Bernadette huye porque el universo en el que vegeta ahoga su creatividad y esa impotencia, a su vez, la lleva a hacer infelices a quienes la rodean. Hay que concluir, por lo tanto, que Linklater ha elegido el género de la comedia familiar, más bien loca y desenfrenada, para hablar también de otros asuntos: la frustración y la neurosis, así como el modelo de sociedad que las provoca. De alguna manera, el arte se ha convertido en el gran enemigo de la globalización y de la uniformización social que conlleva, pues propone modos de comportamiento al margen de ese nuevo orden. Y un personaje como Bernadette puede resultar sospechoso por el solo hecho de pensar y comportarse de una manera distinta, de hacer las cosas de un modo diferente. Como el propio Linklater, por cierto, que se atreve a hacer “cine político” con material de derribo, con una historia que en manos de otro cineasta se hubiera podido convertir en una inofensiva fábula de autoayuda, en otro de esos cuentos de superación personal que tanto abundan en la literatura, el cine y la televisión de ahora, ese mecanismo perverso mediante el que el neoliberalismo rampante llega a autoeximirse de toda responsabilidad acerca de la infelicidad de sus súbditos.

Da 5 Bloods, en cambio, empieza con un bombardeo de mensajes que se quieren, desde el principio, altamente engagés. Un montaje de fotografías históricas hace aparecer en pantalla a Martin Luther King y Malcolm X, la guerra de Vietnam y los Black Panthers, entre otros muchos personajes y acontecimientos, para dejar bien claro desde ese inicio que vamos a ver una película políticamente comprometida, en este caso con la situación de las personas de color en Estados Unidos. Y lo que sigue quiere ser igualmente tajante, no dejar ningún resquicio para que podamos pensar que Lee se está relajando al respecto. La historia de esos cuatro excombatientes negros de la guerra de Vietnam, que regresan a aquel país en la actualidad para honrar la memoria de un compañero caído en acción, al tiempo que aprovechan para recuperar el oro que dejaron enterrado junto a él, pretende transitar por numerosos caminos, todos ellos pavimentados con innumerables capas de trascendencia y solemnidad. El objetivo, así, es por completo legítimo y encomiable: demostrar que los soldados de color siempre han sido carne de cañón y que, de alguna manera, lo siguen siendo aun transcurridos tantos años.

Pero Lee sustenta este discurso mediante mecanismos narrativos de tan escasa entidad, y tan firmemente destinados a que la película nunca rebaje el tono, que el conjunto se hace finalmente agotador y la verosimilitud deviene más viene escasa. De abrumadora vocación épica, superponiendo sin demasiada habilidad citas y citas del cine del pasado, de El tesoro de Sierra Madre a Apocalypse Now pasando por Grupo salvaje, la película de Spike Lee termina consiguiendo, ¡ay!, todo lo contrario de lo que pretendía: allá donde los desheredados de América hubieran podido recuperar su voz, incluso conseguir un relato propio, es el cineasta quien se adueña de todo y somete a sus criaturas a una narración engoladamente convencional, que viene a perpetuar viejas formas para convertirlas en refugio de discursos monolíticos y sin matices.

Y mientras Linklater conseguía una punzante crónica sociopolítica a partir de una simple comedia, en apariencia atolondrada e intrascendente, Lee transforma una filípica antirracista, por insistencia y machaconería, en una película bélica tan vieja como el mundo, por mucho que intente adornarla con innumerables ornamentos posmodernos. ¿No será que, por lo menos en el caso del cine, la política más eficaz es aquella que se hace desde el exterior del sistema, al margen de los tópicos que este mismo fomenta para su supervivencia? Si es así, Spike Lee, que en otro tiempo no fue un cineasta desdeñable, debería empezar a revisar sus tácticas.