No es únicamente de los tratados de paz de donde sale el nuevo orden posterior a una guerra, sino de la guerra misma, de la forma en que se libra, de las alianzas que se trenzan y de los objetivos que se proponen y cumplen los combatientes. La paz de Versalles en 1919 y la conferencia de San Francisco de 1945 son ejemplares, la primera de un orden inestable que se convirtió en una mera pausa entre dos guerras y la segunda de un prolongado período de equilibrio y estabilidad presidido por las Naciones Unidas en el que las grandes potencias no entraron directamente en guerra entre ellas.

Muy similar puede ser el momento, cabe esperar que, en breve, en que Rusia y Ucrania se sienten a negociar primero un alto el fuego y luego una paz definitiva, que sólo será estable si resuelve los problemas que estuvieron en el origen de la guerra, y que son dos fundamentalmente. El primero, la restauración de la legalidad internacional, significada por la Carta de Naciones Unidas, que obliga a los firmantes a renunciar a la guerra como método para resolver los contenciosos, y compromete a respetar la soberanía, la integridad y las fronteras de los estados miembros, una obligación que pesa especialmente sobre quienes tienen más responsabilidades como son los que cuentan con asiento permanente en el órgano ejecutivo que es el Consejo de Seguridad. El segundo, la construcción de un sistema de seguridad europeo en el que Rusia cuente con el lugar que le corresponde, precisamente la cuestión que no se resolvió al término de la guerra fría.

La paz no se hace entre los amigos, sino entre quienes antes se han combatido, tal y como señaló el primer ministro israelí Yitzhak Rabin al firmar con Yasir Arafat los acuerdos de Oslo. «Aunque pueda ser difícil, el enemigo de hoy debe ser contemplado como el socio del futuro en una paz compartida y justa», escribió John Rawls, el eminente filósofo del derecho americano ya desaparecido (The Law of Peoples, 1999). Serán los gobernantes ucranianos quienes más tendrán que esforzarse en la construcción de una paz que será más difícil en la medida en que también debe ser justa, es decir, que debe contemplar reparaciones de guerra, castigo de los criminales de guerra, reconstrucción del país destruido y finalmente la reconciliación entre quienes se han combatido. Por eso es esencial que Ucrania siga demostrando la máxima exigencia en el respeto de las convenciones internacionales, especialmente en el trato a los prisioneros enemigos, la protección de la población civil, y naturalmente la exclusión de las armas y municiones prohibidas.

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