Las elecciones al Parlamento Europeo del 9-J cerraron el ciclo electoral iniciado con las municipales de 2023 (ahora hace toda una vida)… aparentemente. De hecho, el ciclo, entendido como la cadena de convocatorias que muestran elementos similares y que componen un cuadro coherente de cambios y permanencias, empezó un poco antes, con las elecciones anticipadas en la Comunidad de Madrid, en mayo de 2021. Las características de este ciclo que ahora ha acabado son evidentes: recomposición a derecha e izquierda.

En la derecha, práctica desaparición de Ciudadanos (Cs) de todos los parlamentos (salvo el de Castilla y León, donde resiste Igea) y de la mayoría de los municipios, incremento robusto del voto al PP después de un ciclo desastroso (el de 2019, que se inicia con la moción de censura de Sánchez a Rajoy) y confirmación de que Vox se ha hecho con un espacio electoral propio, de dimensiones considerables e inmune al incremento de voto al PP (como se pudo comprobar a Madrid y en Andalucía). En la izquierda, crisis (¿definitiva?) de la izquierda de los socialistas, con división incluida del espacio, que comportó la destrucción de mayorías parlamentarias (caso de la Comunidad Valenciana) y que tiene en las elecciones europeas el colofón. En general, la crisis de la izquierda no ha acabado favoreciendo el PSOE, hecho que ha comportado un declive general del espacio.

En Cataluña el ciclo también viene marcado por la crisis, en este caso del independentismo. Crisis de resultados, que no de capacidad de incidencia. Una paradoja que puede acabar marcando el final (¿abrupto?) del periodo. La convocatoria avanzada (ya es una tradición patria) de 2021 mostró el camino que después siguió todo el ciclo. Una parte del voto independentista de los años del procés se desmovilizó, agotada y desorientada. Es posible que parte de este voto se sienta frustrado por el incumplimiento de las promesas hechas durante el procés (en parte, este sentimiento nutre el voto ultra a Alianza Catalana), pero a buen seguro la mayor parte del voto perdido por los independentistas se explique por el cansancio.

Este cansancio parece haber afectado más al resultado de ERC, perdedor en su pugna familiar con Junts, a pesar de que los post(¿neo?)convergentes también han sufrido un fuerte retroceso. El único que se ha librado ha sido Xavier Trias en las municipales de Barcelona, porque supo construir una propuesta de agregación del voto de orden contra la figura de la alcaldesa Colau (una plataforma que recibió el apoyo de votantes del PP y de Cs).

Además del cansancio de parte del espacio independentista, en Cataluña también se han reproducido los elementos del escenario general. Recuperación del voto PP después del ciclo negro de 2019, consolidación del espacio ultra de Vox, desaparición de Cs, en la derecha. Y en la izquierda, reforzamiento del voto socialista y retroceso de los comunes, que de alguna manera certifica el final (menos de una década después) del impulso de la nueva política, nacida precisamente en otras elecciones europeas, las de 2014.

 

Tablas

La incógnita que tenían que resolver estas elecciones europeas era si el ciclo de gobierno de Sánchez había llegado a su final o si, en cambio, lo había hecho el liderazgo de Núñez Feijóo al frente del PP. Para los conservadores, esta convocatoria había de tener reminiscencias de 1994, cuando la victoria del PP en las elecciones al Parlamento Europeo aceleró la crisis terminal del último gobierno González, que acabó en marzo de 1996 con su derrota ante Aznar y el cambio de gobierno. Feijóo acariciaba la idea de un resultado contundente que dejara al gobierno de coalición sin oxígeno y lo obligara a acortar la actual legislatura para permitir el acceso al poder al propio Feijóo.

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Para conseguirlo, los populares tenían que dejar a los socialistas claramente atrás, con más de un millón de votos de ventaja y un número de diputados indiscutible. Lo podrían haber conseguido si no hubiera aparecido Alvise Pérez, incluso sin mejorar su resultado en votos (el PP habría obtenido 24 escaños, por 21 los socialistas). El problema para el PP es que su ventaja se fue diluyendo a medida que avanzaba la campaña electoral, tal como sucedió en las generales de 2023.

Esta tendencia, registrada por las encuestas (incluso las que tradicionalmente favorecen a la derecha), hacía revivir en Feijóo el fantasma del 23-J, espoleado, como entonces, por el PSOE en la parte final de la campaña (la remontada). Si finalmente el resultado era similar al de las generales, Feijóo vería comprometido su futuro como líder del PP. Los grandes accionistas del partido no le habrían admitido una nueva pifia y le habrían buscado relevo (¿Bonilla?, ¿Ayuso?) desde la misma noche electoral. Para el gobierno, un resultado como este (no digamos una victoria socialista como preveía el CIS) le habría permitido agotar la legislatura con cierta placidez.

El resultado del PP no es del todo malo; no ha hecho caer al gobierno, pero cuenta con un voto fuertemente fiel y movilizado por la expectativa de echar a Sánchez.

El resultado final no fue ni el uno ni el otro. Ni un triunfo abrumador del PP que habría estrangulado al gobierno, ni un empate que habría decapitado a Feijóo. La cosa se quedó en medio. Setecientos mil votos de ventaja para el PP y solo dos diputados más (22 a 20). Demasiado poco para que los populares revivieran el 94, demasiado para certificar la continuidad del gobierno. De aquí que los primeros pasos tras los comicios hayan sido una repetición de los argumentos que se han ido esgrimiendo a lo largo de la campaña: Feijóo reclamando la convocatoria de elecciones, Sánchez diciendo que seguirá hasta agotar la legislatura. Da la impresión de que todo continúa igual y, a la vez, que no puede continuar igual, como si los actores de este drama (¿o es una comedia?) fueran conscientes de que el público ya no se traga el texto que están recitando.

 

Paciencia

El resultado del PP no es del todo malo porque convalida su estrategia en cierto modo. De acuerdo, no ha hecho caer al gobierno, pero cuenta con un voto fuertemente fiel y movilizado por la expectativa de echar a Sánchez (el malvado, el pérfido, el corrupto Sánchez) de la Moncloa. De alguna manera los populares están atrapados en esta estrategia. Si levantan el pie del acelerador es posible que Vox acabe beneficiándose (otra vez la derechita cobarde). Ahora bien, en el PP ya son conscientes (o lo tendrían que ser) de que la caída de Sánchez no se producirá en un plazo corto de tiempo. Tienen que saber esperar y esto es complicado, no tanto para Feijóo, que en principio no tiene ninguna elección en el corto y medio plazo, como para el conjunto de intereses que dirigen el partido desde fuera y que no parecen muy proclives a la calma y el mindfulness. Las prisas de estos «accionistas mayoritarios» del PP son el gran peligro que tiene ahora (lo ha tenido siempre) Feijóo. Los tendría que atar corto, pero la experiencia nos ha demostrado que son ellos quienes tienen atado a Feijóo, y no a la inversa.

Después de lo que ha pasado en estas elecciones, y teniendo en cuenta que en principio no habrá ninguna otra hasta 2027 (una eternidad), ha quedado claro que no será la presión del PP la que tumbará al gobierno. El peligro vendrá por otro lado. De otros dos lados. Y Feijóo (si le dejan) lo único que tiene que hacer es sentarse y esperar, posiblemente acariciando a un gato.

Las prisas de los «accionistas mayoritarios» del PP son el gran peligro que tiene ahora (lo ha tenido siempre) Feijóo.

El primer peligro para el gobierno viene de la descomposición del espacio a la izquierda del PSOE. Diez años después de la aparición rutilante de Podemos (en unas europeas precisamente), el resultado de la izquierda no puede ser más decepcionante. No tan solo en términos numéricos, sino de viabilidad del proyecto o, si se quiere, de su capacidad de ilusionar. Respecto de 2014, Podemos ha perdido la mitad de su voto, si bien es cierto que Sumar ha crecido más que esto, pero entonces IU consiguió un millón y medio de sufragios que se han literalmente volatilizado en gran parte. En conjunto, la caída es de 1,4 millones.

El problema es que la curva decreciente del voto a la izquierda se reproduce en todos los tipos de elecciones. En diez años se ha esfumado el acervo de ilusión que surgió entre 2014 y 2015. Y no solo esto. Ha reventado organizativamente, incapaz de generar una estructura sólida (se diría que no por incapacidad sino porque, sencillamente, no ha querido crear una). El resultado es un espacio destartalado, pero que cuenta con una posición determinante, puesto que forma parte del gobierno, a pesar de que ahora mismo esté descabezado.

Junts y ERC han reaccionado a los resultados (a estos y a los del 12-M) de la única manera que podían hacerlo (y que era previsible): abrazándose.

El segundo peligro para el gobierno lo hemos atisbado el día siguiente a las elecciones. Había quién preveía (iluso) que los malos resultados de los partidos independentistas allanarían el camino a la investidura de Salvador Illa como nuevo presidente de la Generalitat, pero todo parece indicar que, de llano, este camino no tiene nada. Junts y ERC han reaccionado a los resultados (a estos y a los del 12-M) de la única manera que podían hacerlo (y que era previsible): abrazándose. En parte porque ha vuelto a funcionar el viejo axioma según el cual cuando ERC cae, suele buscar un espacio de confort para pasar el invierno. Y este espacio es el que menos quebraderos de cabeza le proporcionaría.

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Añadid a ello la presión de Junts, ya ejercida en otros contextos (la negociación estatutaria, el segundo gobierno de izquierdas) con resultados extraordinarios para los postconvergentes, y tendréis de nuevo la conformación del bloque independentista, disminuido, pero que mantiene una posición bastante fuerte para condicionar la estabilidad en Cataluña y en el conjunto de España, como no se cansan de recordar los dirigentes de Junts.

 

Lázaro

Hemos dicho y escrito que el procés està muerto y que el 12-M lo enterró. El resultado de las elecciones europeas no desmiente esta afirmación. Al procés lo han enterrado los electores, pero otra cosa es que sus protagonistas permitan que se lo entierre y, de este modo, se ponga fin a una época y se abra otra. Que la mayoría de los catalanes lo quieran así no significa que se haga, o que se deje hacer. Los discursos del pleno de constitución de la decimoquinta legislatura en el Parlamento, tanto el del presidente de la mesa de edad como el del nuevo presidente de la cámara, así lo evidencian.

Junts no dejará enterrar el ‘procés’ e intentará revivirlo como si nada hubiera pasado, como si el independentismo todavía disfrutara del apoyo de la mayoría electoral del país.

Junts no dejará enterrar el procés y lo intentará revivir como si nada hubiera pasado (la «mesa antirrepresiva»), como si el independentismo todavía disfrutara del apoyo de la mayoría electoral del país, como si todo hubiera quedado congelado en algún momento y estuviéramos esperando la oportunidad de revivirlo, con la ayuda inestimable de una parte nada negligible de la judicatura, de los medios y de los partidos de las derechas. La resolución de este punto muerto, que tiene congelados a ambos gobiernos, depende de un partido cuya dirección es, hoy por hoy, inexistente o como mínimo interina. La provisionalidad en el liderazgo de ERC deja la batuta en manos de Junts y su necesidad de sacar en procesión a la momia del procés para recordarnos que ellos continúan teniendo el derecho (¿divino?) de gobernar el país.