Hace tres días que no para de llover en París. El París invernal, frío y mercurial es todo lo contrario de la plenitud de luz y el calor de los cerezos pintados por el artista británico Damien Hirst que pueden contemplarse en la Fundación Cartier de arte contemporáneo. La oscuridad acuosa de París queda interrumpida por 30 cuadros centrados en representar la plenitud de un cerezo en flor en el bulevar Raspail, que acoge la sede de la Fundación Cartier ejecutada por el arquitecto Jean Nouvel. La lluvia y la oscuridad de París actúan como metáfora al definir, más allá de la imagen, el momento pandémico que vivimos, en el cual el ánimo de muchos ciudadanos mira la naturaleza tratando de reencontrarse, por un instante, con un ideal de vida al que se aspiraba y que ahora, tal vez, es el momento de convertir en realidad.

La exposición de Hirst, Cherry Blossoms, activa también otra metáfora al sugerir un retorno al bosque, a la belleza sencilla, al silencio y la contemplación como acto de rebeldía frente al mundo que se está construyendo. Los 30 cuadros expuestos (una selección de un total de 107 piezas, muchas de las cuales vendidas durante la pandemia) son deudores de Pierre Bonnard, de Paul Cézanne, de la técnica del puntillismo de Georges-Pierre Seurat, de las obras de Hokusai o Jackson Pollock, que convocan al espectador a una especie de encantamiento íntimo.

La obra de Hirst es una meditación, una espiral que va de dentro hacia fuera, actuando en el presente.

En hechizo visual llevará al espectador a un estado de antiagitación interior, volviendo a darle significado a la contemplación. El proceso de creación es similar al que llevó a cabo Claude Monet cuando realizó una serie de doscientas cincuenta obras centradas en los nenúfares de su jardín/paraíso de Giverny. Doscientas cincuenta piezas en las cuales la repetición del tema lleva a un desbordamiento del mismo y deja suspendido al espectador en un espacio encantado y sensible. La obra monumental de Monet y la de Hirst conectan en el hecho de que ambas tienen la intención de hacernos meditar. Los dos artistas realizan su obra en momentos de graves conflictos en el mundo. Monet realiza su serie dos años después del fin de la Primera Guerra Mundial y Hirst culmina la suya en plena guerra contra la pandemia.

 

Explosión de colores

La diferencia entre ambos logros artísticos es que, mientras que la primera convoca a los visitantes a una meditación interior, como una espiral trazada de fuera hacia dentro, la obra de Hirst es una meditación en sentido contrario, como una espiral que va de dentro hacia fuera, actuando en el presente. El encantamiento en el que cae el espectador al contemplar la explosión de colores de las hojas del cerezo parece estar pensado —aunque Hirst no tenga la intención de provocarlo— para que tome conciencia del deseo de volver a un tiempo en el que la capacidad del hombre para fabricar naturaleza no se había desarrollado plenamente.

Lo estimulante de la propuesta de Hirst es que surge de un artista enmarcado en el arte conceptual y que en una entrevista de Ianko López en El País advierte de forma provocadora: «Cuando hago una cosa, inmediatamente después tengo que hacer la contraria. Ahora he empezado a pintar con robots, programándolos con un ordenador. Me encanta cuando me dicen: “No pintas tú, pintan tus ayudantes”, y yo les respondo: “Mis ayudantes, no; ¡pintan mis robots!”»

La exposición ‘Cherry Blossoms’ sugiere un retorno al bosque, a la belleza sencilla, a la contemplación como acto de rebeldía frente al mundo que se está construyendo.

Hirst es el miembro más famoso de la generación de artistas conceptuales británicos conocida como «los jóvenes artistas británicos». Entre sus obras más reconocidas está la célebre calavera de diamantes For the Love of God; la instalación de un tiburón de cuatro metros suspendido en un tanque transparente de aldehído fórmico, titulada La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo; Hogar, dulce hogar, una colección de tazas de café medio llenas, ceniceros con colillas de cigarrillo y botellas de cerveza vacías, entre otros objetos: una obra que estuvo a punto de desaparecer accidentalmente de la galería Mayfair cuando fue arrojada a la basura por un encargado de la limpieza, que declaró: «Cuando vi aquel desastre, solté un resoplido. A mí no me pareció gran cosa. Así que lo metí en bolsas de basura y lo tiré.»

 

Retorno al pigmento y al lienzo

Ahora, en esta nueva exposición en la Fundación Cartier de París, Hirst nos ofrece un retorno al pigmento y al lienzo. La pregunta que muchos se harán es por qué decide ahora hacer un cambio tan radical en su proceso y resultado artístico. La respuesta la da el propio Hirst cuando señala: «Me encantaría ver una exposición en la que pusieran estos cuadros al lado del tiburón. Casarían muy bien. Los componentes de estos animales son perturbadores, pero también contienen calma y belleza. Con mi arte no querido nunca alejar a la gente ni generar controversia, sino dudas. Quiero que dudes del mundo en el que vives y lo reconfigures, y que eso cambie tu manera de vivir.»

Lo que Hirst ofrece al espectador es un retorno a lo sensible, al bosque, como forma de posicionarse dudando de las certezas. El sereno y luminoso cerezo en flor pintado por Hirst se abre ante los ojos de quienes lo contemplan como la forma de un manifiesto en el que muchos llegarán a leer el deseo de que la naturaleza vuelva a actuar sobre todas las cosas.