Una vida dedicada al arte

Daniel Giralt-Miracle ha dedicado toda su vida al arte. Como aprendiz en el taller de su padre, el reconocido impresor y diseñador Ricard Giralt Miracle, pudo conocer a artistas como Joan Brossa, Antoni Tàpies o Joan Miró. Ha ejercido de crítico de arte desde 1966. Su amplia implicación con el FAD le permitió entrar en contacto con las principales figuras del diseño y de la arquitectura. Fue el primer jefe del Servicio de Artes Plásticas del Departamento de Cultura, (1982-1989). Quiere casi como a un hijo al MACBA, museo que ayudó a crear y del que fue el primer director durante la etapa preparatoria. Ha comisariado más de un centenar de exposiciones. Como comisario general del Año Internacional Gaudí (1999-2002) se introdujo en cuerpo y alma en la vida y a la obra del genial arquitecto «tanto, que a veces pienso que he hablado con él», afirma sin tapujos.

 

Crítico de arte, comisario artístico, impresor, diseñador… De todos estos oficios que ha practicado a lo largo de su vida profesional, ¿con qué se queda?

Lo mejor de todo es que mi trabajo me permitió entrar en el alma de compañeros y amigos que a través del arte expresaban sus sentimientos, sus afectos y su voluntad de comunicarse o de decir algo. Diría también que había un componente más sociológico, muy atractivo, porque te permitía pasar de la periferia al interior de la vida. La pintura, la escultura, la música y las artes en general, han generado en mi vida una capacidad de expresión, de comunicación y sobre todo de interrelación humana. El arte es importante, pero el sujeto humano para mí es mucho más atractivo.

 

¿Qué pasa por la cabeza de una criatura que dedica los fines de semana a visitar galerías de arte en lugar de ir a jugar como la mayoría de niños de su edad?

Para mí fue una escuela del mundo de la Barcelona de los años 50. Sentía mucha satisfacción por poder acompañar mi padre en aquellas visitas a galerías. Me enriquecía. Cada galería, cada pintor, cada artista, era diferente y me aportaba ingredientes nuevos. Él iba por trabajo y hablaba con los galeristas y con los artistas. Además, como que todo el mundo vivía reprimido, cuando la gente se encontraba en la intimidad se confesaba, se desahogaba. Y yo oía todo lo que comentaban. Se situaban con mi padre en un rincón silencioso mirando siempre hacia la puerta para ver quién entraba. Según quién era, cambiaban la conversación.

 

Hacer de aprendiz en la imprenta le permite conocer y tratar a gente como Espriu, Soldevila, Miró, Foix, Bohigas, Brossa, Gasch…..

Hacer de aprendiz era una cosa muy normal en mi generación, y por el taller de mi padre pasaba toda esta gente porque él era su impresor y diseñador. Yo tuve el privilegio de asistir como oyente a interesantes conversaciones y tertulias. La imprenta se convirtió en un hogar de amigos. Los empecé a conocer mirándolos de lejos y escuchándolos. Aprendo el trato humano. Escucho como conversan. Observo cómo se habla en el mundo intelectual. Cómo se critican, cómo se elogian y cómo tienen una visión crítica.

«Acompañar mi padre a visitar galerías y artistas fue una escuela del mundo de la Barcelona de los años 50.»

Miró era muy detallista y le preocupaba el tipo de papel que se usaría en las impresiones; lo conocí en el 63 cuando vino a Filograf con Joan Prats para la edición del libro-objeto Cop de poma. Con los años tuvimos mucha relación y casi me siento como su hijo adoptivo. A Foix le había llevado encargos a su casa y entonces tenía la oportunidad de charlar un rato con él. Brossa, que pasaba cada día por delante, entraba a saludar y nos ofrecía libros prohibidos. Fue una auténtica universidad, porque la universidad era muy académica y aquello era muy libre.

 

Empieza a ser crítico de arte de Destino, casi por casualidad, después de ganar un premio de la misma revista.

Ese premio me cambia la vida. Yo había empezado los estudios de Filosofía y Letras. En la facultad nos cautivaba aquel profesor fabuloso que era José María Valverde, y que nos inició a todos en la vía más estética de la filosofía. Pero un día, hojeando la revista Destino, de la cual mi padre era suscriptor, me entero del concurso Manuel Brunet para jóvenes periodistas y me lanzo a participar con tres artículos. Se titulaban «Barcelona Megalópolis» y estaban basados en el urbanismo de la soñada ciudad del futuro, a partir del Plan Macià y de lo que se había escrito y publicado en los años 30 en la revista del GATCPAC y en la revista D’Ací i d’Allà. Es después de este premio que me dan el trabajo de crítico de arte, sustituyendo a Corredor Matheos. Néstor Luján era el director de Destino entonces. Tengo un recuerdo enorme, imborrable. Un gran amigo, con un gran olfato. Para mí fue el mejor maestro de periodismo literario.

 

Usted forma parte de una generación de críticos de arte, Corredor Matheos, Alexandre Cirici, Santos Torroella…, que ha marcado toda una época. ¿La crítica de arte ha perdido importancia?

Antes la cultura se movía más por sectores. Estaba compartimentada. Era el grupo de la pintura, el grupo de la música… Con el paso de los años todo se ha ido infiltrando. La gente de la poesía ha entrado en la música, los guiones de ópera los puede hacer un narrador, un director de cine puede escribir una novela, una actriz puede hacer de directora, un premio literario puede hablar de arte… Hoy, un profesional de las artes tiene que saber de todas las otras artes contemporáneas para poder juzgar. Por lo tanto, se valora de otro modo.

 

Inventar proyectos también lo ha hecho muy feliz

En una época que era aburrida, apática y de pocas iniciativas, inventar proyectos podía resultar. Y yo tuve la suerte de que me los compraran, porque eran inéditos y aportaban cosas nuevas. En 1969 impulsé lo que se denominó Pictorama I, con la idea de trasladar el arte a la calle y acercarlo a la gente mediante el apoyo de las vallas publicitarias. Con la empresa de publicidad Red y la complicidad del Ayuntamiento invitamos a una serie de artistas a llenar vallas con sus obras. Mi idea era romper con la academia y abrirnos a las tendencias contemporáneas que afuera ya hacía tiempo que se iban imponiendo. La abstracción aquí costó de ser aceptada. Por eso artistas como Tàpies, Guinovart o Subirachs años atrás habían ido con becas a París, para contactar con las vanguardias europeas y participar de esta renovación del arte.

 

¿Cómo tienen que ser actualmente los museos de arte contemporáneo? ¿El debate todavía está abierto?

Los museos, o los templos de las musas como se decía en tiempos de los romanos y de los griegos, nacen para ir guardando elementos del pasado para el futuro. Pero el tiempo ha ido más deprisa. La percepción, la comprensión, el diálogo que se genera… todo ha cambiado. Antes, las criaturas no iban mucho a los museos, o iban solo a ver las esculturas romanas o cuatro cosas históricas. Ahora interesa mucho que vayan. Y en los museos se hacen actividades de todo tipo. El museo se ha transformado en un eje cultural polivalente. Ya no es de pintura, de música, de escultura, de cerámica…

Por ejemplo, nuestro Museu del Disseny ha quedado pequeño porque la creación contemporánea de moda o de joya se ha desbordado. El debate quizás se tendría que enfocar en torno a si tenemos que hacer museos de todo o bien tenemos que ser selectivos. O, ¿quizás ya no tiene que ser un museo, sino un gran espacio ferial y de vez en cuando presentamos las novedades? Hay tantas novedades que no podremos hacer tantos museos como tantas cosas aparecen creativamente en nuestro mundo. La velocidad creativa de las artes va muy deprisa. Está muy disparada. Solo hay que mirar la danza, la música o los premios literarios. Vivimos en un mundo explosivo. Yo lo llamo nuevo big bang de creación.

 

¿Por qué el MACBA no ha destacado entre los principales museos de arte contemporáneo del mundo?

¡Ay, el MACBA! Supongo que no me puedo ahorrar la respuesta. Lo he sufrido y lo he peleado mucho, el MACBA.

 

Precisamente por eso…

Es un museo bueno, hace cosas buenas y se han hecho cosas buenas, pero aisladas. El poco entendimiento entre los propietarios ha creado problemas y ha ido haciendo caer directores. Como que la composición orgánica del museo es de diferentes amos: Generalitat, Ayuntamiento, Fundación y Ministerio de Cultura, que se añadió más tarde, ponerlos a todos de acuerdo cuesta mucho. Los directores no han tenido poder real y cada una de las partes ha tirado hacia su posición. Creo que ahora hay una dirección más orientada, con Elvira Dyangani. Veremos si dura. O si la dejan durar. Y también es positivo que el museo haya entrado en la red de visitantes extranjeros de Barcelona.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

El otro hecho importantísimo es el regalo inefable de la colección de Rafael Tous. Tous regala el arte de mi generación, de los 80, de los 90, de los conceptuales, de los que habían trabajado en París y en Nueva York, de los que trabajan en instalaciones o en video… De repente, los tenemos todos. El día del acto de donación de esta colección no me pude contener y saltándome los protocolos, di un gran abrazo a la alcaldesa Ada Colau, diciéndole: «¡Por fin! ¡Ahora es el Museo!». Incluso hubo unos segundos de tensión porque con la emoción casi me eché encima de ella, y los escoltas no sabían muy bien qué sucedía.

 

Parece que al MACBA lo quiere como a un hijo…

Sí. Primero, como barcelonés, porque tenemos un museo tantos años deseado. Y también porque ayudé a crearlo. Cuando soy nombrado jefe del Servicio de Artes Plásticas de la Generalitat a las órdenes de Max Cahner, en el primer gobierno de Jordi Pujol, una de mis prioridades es promover un museo de arte contemporáneo. Incorporo a la idea las inquietudes de los institutos extranjeros, hacemos venir gente, hacemos muchas conferencias y establecemos múltiples contactos. Y, medio a tientas, salimos adelante. Pero está claro, era un proyecto muy grande y la Generalitat sola no lo podía hacer, y el Ayuntamiento solo tampoco. A pesar de que había criterios diferentes entre unos y otros, teníamos que ir juntos.

El alcalde Maragall era quién más ganas tenia de hacerlo realidad. Él y su equipo me dieron confianza. Fue Maragall quien propuso y contacto con Richard Meyer para el proyecto arquitectónico y Meyer nos diseñó aquella modélica caja blanca en medio del Raval. La misma ubicación en el Raval, que de entrada podía alarmar, fue un acierto de Maragall, porque formaba parte de un plan inteligente para impulsar un eje cultural en un área degradada. Aunque Meyer no previó que el entorno se convertiría en una pista de skating y, con los años, ha podido más el barrio con la plaza del MACBA que el museo con el barrio.

«La ubicación del MACBA en el Raval, impulsando un eje cultural en una zona que estaba degradada, fue un gran acierto del alcalde Maragall.»

Por otro lado, la alianza público-privada con la creación de la Fundación y la participación de empresarios destacados fue una buena idea, pero está claro, ya sabemos que los ricos de Barcelona son tacaños. Y lo que se compraba se convertía en propiedad de la Fundación, no del Museo. Esto es una paradoja, antítesis de lo que tendría que ser un museo nacional. Iré todavía más lejos: habrá un momento en que quizás el MACBA se integrará o interrelacionará de alguna forma con el MNAC. De hecho, ahora ya se promueven actividades en común. En la Sala Oval se están haciendo intervenciones artísticas contemporáneas que el MACBA, por espacio, no puede asumir.

Aparte, junto al MACBA tenemos el CCCB, que, desde los tiempos de Josep Ramoneda está haciendo la cultura contemporánea más puntera. Tenemos el reto de estudiar y de intuir cómo podemos distribuirlo todo y a dónde puede ir a parar todo. La cultura contemporánea que ausculta y capta el CCCB con toda su radicalidad, bien podría formar parte de un museo de arte contemporáneo. ¿Y dónde quedarían las artes? Si el proyecto de Montjuic y todos aquellos pabellones de la Exposición del 29 pasan a ser espacios expositivos, aquella área podría convertirse, como Berlín, en una isla de los museos. Pero esto cuesta mucho dinero. Y no somos un estado. Por lo tanto, o se implica el Estado o intentaremos hacerlo, como siempre, con el agua al cuello.

 

¿Salió decepcionado de los años que pasó ligado a la política?

Después de trabajar con editoriales, en el mundo de las artes gráficas con mi padre, en el mundo de la arquitectura y del diseño con el FAD… conocía muy bien la cultura civil, pero ignoraba la cultura administrativa. La Generalitat, desde el primer momento, tuvo interventores, subdirectores, directores generales… todo aquello que la ley de contratos disponía. Y nos cogió desconcertados. Porque cuando yo tenía que avanzar en un proyecto, primero tenía que hacer el presupuesto, después tenía que ir al interventor, el interventor me discutía las cantidades económicas y tenía que esperar a que lo aceptara. Mientras tanto, todo se para y dificulta la agilidad en las actuaciones. Aun así, fueron unos tiempos muy enriquecedores. Aprendí a trabajar de otro modo.

 

En Barcelona ¿nos hemos quedado atrás como capital cultural? No hemos sido capaces de tener una feria como Arco, por ejemplo

En Madrid continúa habiendo mucha caspa herencia del régimen anterior. Y la historia, desde los reyes católicos, ha sido de animadversión hacia Cataluña. Hay un componente histórico, social y cultural que nos sitúa diferente. Y hay un desprecio, que desgraciadamente la Comunidad de Madrid ha llevado al límite en los últimos años. Corredor Matheos y yo, que somos muy amigos, íbamos a menudo a Madrid a dar conferencias. Y la gente de Madrid venía aquí. Pero aquella fluidez se acabó.

¿Y, por qué no hemos hecho un Arco? Pues se intentó desde Fira de Barcelona, pero fue en la época en que se creó IFEMA y se fueron llevando la mayoría de las ferias allá. Yo siempre pongo el ejemplo de la Primavera Fotográfica. Aquí la inventamos en el momento en que la fotografía en Europa adquiere una dimensión de creación artística. Tiene un gran éxito. Después nace Foto Madrid, y se lo va comiendo todo. Y está claro, como siempre tienen más dinero, lo pueden plantear con más dimensión y autobombo.

 

Los gobiernos ¿valoran suficientemente la cultura?

Yo no conozco ninguno que lo haga. La cultura lo tiene difícil. Como que la política está yendo hacia atrás, la cultura tendrá que luchar mucho para poder hablar con libertad.

 

En Cataluña tendemos a dar las culpas a la carencia de financiación. ¿No cree que esto nos hace renquear un poco?

Cuando más he disfrutado ha sido con los proyectos que hemos podido sacar adelante con los recursos que teníamos. Vuelvo a citar la Primavera Fotográfica. Ningún ministerio dio dinero al Departament de Cultura. Solo hubo un apoyo de lanzamiento del Ayuntamiento. Lo más destacado es que todas las galerías se adhirieron y pagaron recursos con sus trabajos. Todo lo que nace con la colaboración y el esfuerzo de la iniciativa privada va adelante. Aquello que depende de un ministerio estará en función de la aventura, del ministro, de la economía, y de la estrategia política de aquel momento. Siempre nos ha faltado dinero, pero no somos federales ni independientes. Estamos en una tierra de nadie.

 

Cíclicamente se ha dice que la pintura colgada en las paredes está moribunda, pero siempre renace, a pesar de todas las nuevas propuestas artísticas que van surgiendo. ¿Cree que se mantendrá?

La pintura tiene miles de años de existencia y todavía tiene muchos cultivadores. Y los tendrá, a pesar de que no es lo que más se enseña en las escuelas de Bellas Artes, porque las performances, las instalaciones artísticas o el video, pasan por delante. Aquí y en todas partes. El mundo de la imagen ha sufrido una suplantación y ante tantas pantallas, tanto las más pequeñas como las gigantes que te encuentras en las fachadas, se hace difícil el futuro de la pintura.

El espacio también va a la contra. La gente vive en pisos de 30, 50 o 60 metros. Hoy los pisos son de departamento de IKEA. No caben quadros, no caben libros, no caben elementos de la cultura tradicional. No digo que la gente sea ignorante, porque irá a la biblioteca y allá escuchará música o leerá en una hamaca; y hará cultura. Las bibliotecas también están cambiando, como se demuestra con las nuevas instalaciones que se están creando. Hay un nuevo concepto y nuevos programas de uso. Ya no solo es libro, es audio, es mediateca, es centro de lectura colectiva…

«El mundo de la imagen ha sufrido una suplantación y ante tantas pantallas pequeñas y gigantes se complica el futuro de la pintura, aunque siempre tendrá cultivadores.»

Y otra cosa, las galerías de arte. Cuando yo era pequeño, Barcelona estaba llena de galerías. Ahora están cerrando. Aquella concentración de Consell de Cent se ha acabado. Quedan unas cuántas dispersas por la ciudad. ¿Y quién compra? ¿Quién tiene dinero o espacio para comprar? Muchas pinturas acaban a los vestíbulos de las multinacionales. La parte positiva es que también todo será más colectivo. La arquitectura ya se encamina hacia aquí, con nuevas propuestas de vivienda construida con madera, pisos pequeños, pero con espacios que normalmente se situaban dentro, para uso individual, y que ahora se convierten en comunes.

 

A usted que viene del mundo del diseño y de la impresión de carteles publicitarios, ¿le sabe mal que esta tradición artística se haya perdido?

Claro que me sabe mal, pero los cambios son implacables. Es un poco aquello que decía antes de las pantallas. Las pantallas han matado al cartel. Tiempo atrás, las cristaleras de los escaparates de las tiendas estaban llenas de carteles de productos, las galerías los hacían de sus artistes, y los productores de teatro o de conciertos también. Hubo un tiempo en que esto daba trabajo a un amplio plantel de artistas. ¿Quién no recuerda aquellos carteles tan populares de Ramon Casas por encargo de Anís del Mono? Pero el cartel publicitario, a pesar de haber sido un elemento iconográfico tan característico, ha perdido la partida.

 

¿La cultura y el arte tienen que ser transgresores?

Tienen que ser innovadores.

 

¿Solo innovadores?

Con el grado de transgresión que permite la innovación.

 

Ahora no sorprendería un urinario expuesto en un museo, como hizo Duchamp hace cien años.

Exponer según qué, ahora, casi puede ser un divertimento. Ya no da vergüenza ni crea rechazo. La gente dice: «Lo ha hecho diferente», o «Lo ha hecho innovador». Y así surgen algunos bodrios. El planteamiento es: ¿qué se puede hacer que no se haya hecho y que reviente los patrones culturales?

 

¿Se hace difícil no dejarse llevar por una corriente dominante en el arte?

Sí. Son riadas. Y como las riadas, empujan, y se llevan las hojas de los árboles y las cosas. Hay que ser un poco objetivo, reflexivo y resistente para mantener tu posición y no tener que cambiar inmediatamente. En el caso de la música lo vemos claramente. La música que viene de Tik Tok, o de los canales no convencionales acaba siendo dominante. Y al final no sabemos si seremos capaces de mantener la identidad. Como país es muy grave, porque las corrientes internacionales no respetan culturas, idiomas, ni nada. Imponen. Vamos hacia una globalidad tóxica.

 

¿Qué problema ha tenido Barcelona con Jaume Plensa? Aparte de una de sus cabezas en el Palau de la Música y los bancos del Borne, hasta ahora no se ha conseguido tener una gran obra singular, como la tienen otras ciudades del mundo.

Jaume Plensa tiene diseñada esta obra singular para Barcelona. Yo la fui a ver con el alcalde Trias. Es una obra que se infiltra en el mar, penetra. Entre los elementos principales hay una figura humana de grandes dimensiones. No es solo una cabeza como los que conocemos. La obra está pensada para situarla en la zona frente al pez de Frank Gehry. Pero es muy costosa y el Ayuntamiento no se quiso lanzar a gastar tanto dinero por una escultura.

«Las corrientes internacionales no respetan culturas, idiomas, ni nada. Imponen. Vamos hacia una globalidad tóxica.»

Justo es decir que el señor Plensa, aparte de ser un buen artista, es muy caro. Sus proyectos requieren el trabajo de ingenieros, grandes estructuras de apoyo, camiones tráileres… Todo esto encarece muchísimo. Y también hay, me parece, un poco de presunción por su parte: «yo soy un artista de primera división, pues que me traten como de primera división». La generosidad de Tàpies, de Picasso o de Miró con su ciudad fue desinteresada.

 

Antonio López ha llegado finalmente. ¿Por qué no se había hecho nunca una exposición suya aquí?

Antoñito pertenece a una galería mundial que tiene mucha fuerza, y no le dejan hacer todo el que él podría o querría. Por otro lado, no le interesa especialmente divulgarse o buscar la fama con acontecimientos. Es un gran artista y trabaja despacio. Una vez lo fui a ver por encargo de la compañía Olivetti. Querían que hiciera una obra para incorporar a su reconocido calendario, para el que cada año elegían a un artista de renombre. Aceptó, y dijo que el tema serían unas flores de Tomelloso muy especiales, pero resultó que aquellas flores solamente brillaban durante unos pocos días. Él iba haciendo. Pasaron siete u ocho años y Olivetti dejó de hacer calendarios antes de que él acabara las pinturas para cada una de las doce hojas.

Una cosa parecida sucede con el cuadro inacabado de Barcelona, que tiene que esperar a continuarlo cuando haya la misma luz que el día que lo empezó. Es un artista muy particular, con una gran personalidad. No se deja llevar por la vanidad ni por los premios y entiende que la abstracción no representa una regresión de la figuración. Con su talante se supera la batalla entre figurativos y abstractos. Tiene una sensibilidad y una delicadeza extraordinarias. Y un savoir faire genial. Me ha emocionado muchísimo que haya expuesto en la Pedrera.

 

¿Con qué artista siente más vibraciones?

Tengo dos afectos particulares y que son, ambos, artistas con quienes más he sintonizado. Uno es Andreu Alfaro. Con él he hablado de poesía, de cultura alemana, lo he ayudado a instalar piezas… Y el otro es Guinovart. Josep Guinovart es compañero de vida. Lo he acompañado a montar exposiciones aquí y en el extranjero, he ido en Navidad a su casa… Y, aparte de su escalafón artístico, que para mí es de primera, su categoría humana era extraordinaria; como nadie.

 

El arte ¿es un sentimiento?

El arte es una cosa muy profunda. Cuando hay un mensaje que penetra en tu interior por las orejas, por los ojos, por toda la capacidad comunicativa y gestual del cuerpo, te engancha. Sea pintura, escultura, música, danza o letras. Cuando te llega más allá del espectáculo superfluo y te coge como idea, como sensación, y se queda en tu espíritu y permanece contigo, esto es arte.