Al cabo de pocos días de iniciarse la invasión rusa de Ucrania decidí ver, en toda su extensión, el documental The Putin interviews, que recoge las entrevistas que Vladímir Putin concedió entre 2015 y 2017 al director de cine americano Oliver Stone. Una grabación polémica, ya que Stone fue acusado de ser demasiado empático con el presidente ruso, así como de humanizar a un personaje ya visto por muchos en aquel momento como un mandatario siniestro y autoritario.

Diversos momentos del documental nos trasladan visualmente a imágenes del otro lado del telón de acero durante la guerra fría, sobre todo a los nacidos antes de 1990. Ver a Putin moverse dentro del ambiente reluciente y ceremonial del Kremlin nos recuerda las reuniones oficiales en lugares como Corea del Norte, China o Rumanía, destinadas a captar la atención de las delegaciones extranjeras y a transmitir un estado de plenitud y progreso, con una apariencia de modernidad y democracia. Apariencias que, por cierto, sedujeron sin duda a una parte de la intelectualidad progresista de Europa Occidental.

Detrás de unas preguntas en algunos casos aparentemente triviales se pueden deducir, a la vista del documental, muchas cosas. Putin parecía muy bien preparado (más de lo que quiere aparentar) para estos intercambios con el director americano, queriendo dar la impresión de un presidente democrático e ilustrado. Lo que se desprende de todas sus respuestas es que Rusia no es responsable de ninguna de las tensiones y conflictos que han tenido lugar desde la caída de la Unión Soviética, incluidos los ocurridos dentro de su área de influencia. Todo lo que ha pasado a lo largo de este período solo puede atribuirse a la política exterior de los Estados Unidos y sus aliados en Europa: guerras, espionaje, grupos extremistas, violaciones de tratados, ataques…

Rusia, por su parte, es siempre una potencia paciente y permisiva que soporta estoicamente las humillaciones a las cuales se halla sometida repetidamente. El mérito de esta actuación no puede atribuirse solo a Putin. El presidente fue entrenado durante años por el temible KGB en el arte de dominar las apariencias y dar la impresión, en los cenáculos occidentales, de un hombre civilizado, normal, sin ningún rastro de agresividad. Este truco funcionaría si ignorásemos la historia y, sobre todo, las tácticas de la propaganda soviética, que se mantienen prácticamente intactas.

Hay que decir que Stone formula sin duda preguntas directas e incómodas, pero Putin nunca mueve un solo músculo de la cara y siempre responde con un tono seco y uniforme, como un burócrata presentando su informe ante el camarada Secretario General.

 

Dos estrategias de comunicación enfrentadas

Entrando ya en el contexto de la brutal invasión rusa, es evidente que uno de los campos de batalla es el de la información y, en buena medida, la desinformación. En los pocos días transcurridos desde el inicio del conflicto, los bandos ruso y ucraniano han mostrado formas muy diferentes de encarar este terreno de batalla. Los aliados también han intervenido en esta materia, de modo no siempre acertado.

Otra evidencia es también el hecho de que ambos bandos recurren a formas de comunicación muy distintas. Mientras el lado ruso recicla técnicas y estrategias de la era soviética, los ucranianos han sorprendido a muchos utilizando métodos más modernos y con una capacidad mucho mayor de apelación emocional y empatía.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Los pilares de la comunicación de Moscú se basan en una serie de mensajes muy sencillos dirigidos esencialmente al consumo interno y sobradamente ensayados durante la época soviética: fobia occidental a las tradiciones y la cultura rusas, revisionismo histórico (con la correspondiente simplificación y mitificación de determinados períodos), desprecio del mundo y de los valores de occidente (sobre la base también de las correspondientes simplificaciones), señalamiento de los principios básicos del derecho internacional y de los derechos humanos como una «imposición de occidente» (poniendo un énfasis especial en la protección de la diversidad cultural y la libertad de orientación sexual como factores de corrupción de las virtudes nacionales), propagación constante de falsas narrativas e instilación de la duda y el temor a la censura y la represión, entre otras.

Se trata, por un lado, de una estrategia vertical basada en la integración directa, dentro de las estructuras del Estado y de la propia acción militar, de las acciones de comunicación, lo que da lugar a lo que se ha venido llamando «guerra híbrida».

El mensaje principal en este caso es que Rusia no ha atacado a Ucrania, sino que está llevando a cabo una «operación especial» de liberación de un país vecino y hermano que hay que «desnazificar» (sic). Así, los actuales dirigentes de Ucrania (corruptos, viciosos y ajenos a la cultura eslava) serían meras marionetas impuestas por Occidente contra la voluntad del pueblo, que no tienen ningún escrúpulo en bombardear a su propia población o en utilizarla como escudo humano (se llega a hablar incluso de actos de genocidio).

Aparte de todo lo anterior, Rusia ha mostrado una intransigencia absoluta ante cualquier muestra pública de desacuerdo respecto a la invasión y ha aumentado también (todavía más) las restricciones a la difusión de mensajes por parte de los ciudadanos con la previsión de penas de hasta 15 años de prisión para aquellos que se atrevan a transmitir una imagen diferente de los dictados oficiales del Kremlin.

El potente órgano de las comunicaciones, Roskomnadzor, y en este caso la denominación correcta sería la de censor, ha castigado y cerrado radios y televisiones disidentes, y resulta imposible acceder a la práctica totalidad de las redes sociales occidentales a través de los sistemas estándar habituales. Un cierre informativo, pues, casi total que deja a los ciudadanos bajo la exclusiva influencia de los aparatos de propaganda estatal y las aplicaciones en línea controladas desde el propio territorio ruso.

Por primera vez en 100 años, el ‘New York Times’ no tendrá un corresponsal en la plaza Roja.

Este cierre incide también en la forma en que los medios occidentales pueden informar sobre lo que sucede en Rusia sobre el terreno. Las amenazas y presiones recibidas por periodistas y medios occidentales han llevado a la mayoría a abandonar el país en una situación solo comparable a la de regímenes completamente aislados como el de Corea del Norte. Por primera vez en 100 años, el New York Times no tendrá un corresponsal en la plaza Roja.

Por lo que se refiere a Ucrania, sus ejes son completamente diferentes: transparencia, proximidad (vemos la imagen del presidente Zelenski hablando de tú a tú con periodistas, sentado en una humilde silla, en una escena que es cualquier cosa menos improvisada), apelación emocional, uso eficiente y moderno de las nuevas tecnologías y posibilidades de comunicación, foco en el liderazgo de Zelenski como héroe improbable, mensajes no verticales, sino colaborativos y orientados a inspirar al público más allá de las fronteras del país, y narrativas inmediatas y sobre el terreno de actos concretos de desafío a un asediador abusivo. Todo, en conjunto, en el marco de la siempre eficaz épica de la resistencia.

Sería ingenuo afirmar que Ucrania no tiene su propia agenda propagandística. En un esfuerzo para influir y animar a la opinión pública, se amplifican a través de las cuentas oficiales historias de veracidad cuestionable, como las supuestas muertes de los soldados desafiantes en la Isla de las Serpientes, en el Mar Negro, el robo de tanques rusos con tractores o la abuela ucraniana que al parecer hizo caer un dron ruso lanzando un bote de tomates en escabeche. El New York Times ha descrito recientemente estas escenas, de modo acertado, como una mezcla de hechos y mitificación.

 

La respuesta de los aliados

Más allá de las discusiones sobre el tipo de apoyo militar que los aliados, en el marco de la OTAN, habrían de brindar a Ucrania en estos momentos, lo cierto es que la respuesta en materia de comunicación ha sido uno de los aspectos más debatidos y que ha generado más dudas en el ámbito occidental.

Desde el punto de vista de las instituciones públicas, el Consejo de la Unión Europea decidió «prohibir» la difusión de las cadenas estatales rusas y sus contenidos a través de cualquier sistema de distribución o plataforma, incluidas las redes sociales. Se trata de una norma ad hoc extremadamente problemática desde el punto de vista de los estándares aplicables en materia de derechos humanos en Europa (he tratado este tema con más detalle en Agenda Pública el 10 de marzo de 2022: https://agendapublica.elpais.com/noticia/17800/ue-prohibicion-ad-hoc-canales-estatales-rusos). Estándares que, por cierto, marcarán todavía con más intensidad la grieta entre la Europa liberal y el autoritarismo ruso a consecuencia de la salida de Rusia del Consejo de Europa, mecanismo fundamental de tutela de los derechos humanos en el viejo continente.

Este movimiento se ha visto acompañado, por otro lado, de la aplicación, en muchos casos a escala global, y por parte de las grandes redes sociales, de importantes restricciones a la difusión de desinformación en el marco concreto del conflicto. Estas restricciones son, en parte, fruto de la necesidad de aplicar las decisiones de la Unión Europea al respecto, pero incorporan también esfuerzos y compromisos adicionales por parte de las propias plataformas, incluida la voluntad declarada de no restringir las apelaciones a la violencia contra las tropas rusas.

Cabe preguntarse, en todo caso, por qué RT y Sputnik son objeto ahora de estas medidas voluntariosas cuando, desde la invasión de Crimea y del Donbás en 2014, estos medios ya habían demostrado su capacidad para difundir graves falsedades y propaganda bélica de forma impune. Y por qué las grandes plataformas no aplican necesariamente medidas similares en relación con los medios de comunicación y las figuras públicas en el marco de conflictos mucho más alejados del foco mediático.

Un excesivo celo en este ámbito, por otra parte, puede hacer más difícil documentar abusos contra los derechos humanos y sensibilizar correctamente a la población europea en relación, precisamente, con las tácticas y la falta de escrúpulos de las autoridades y medios estatales rusos. Dicho de otro modo, la pluralidad y la calidad de los medios de comunicación (públicos y privados) en el seno de los Estados miembros de la Unión Europea deberían ser suficientes para contrarrestar o poner de manifiesto los delirios y falsedades difundidos desde más allá de nuestras fronteras. Pero eso apunta a un problema de gran alcance que habrá de ser objeto de otro artículo.

Agradezco a la especialista en comunicación estratégica Crenguta Chiriac sus sugerencias desde el punto de vista de la experiencia de la Europa Oriental.