José Manuel Blecua (1913-2003) empezó a ser filólogo como catedrático de Instituto de Enseñanza Media. Su hijo, Alberto, recordaba en 2014 que «sacó la oposición de Instituto a los 21 años, en 1934. Había estudiado Historia, en Zaragoza, porque no había Filología Española, y también hizo Derecho porque le obligó su padre».

La promoción que salió de aquellas oposiciones se ha calificado de irrepetible por el profesor José Carlos Mainer, discípulo de Blecua («Para José Manuel Blecua, que conoció y me hizo conocer la Edad de Plata», reza la dedicatoria de su clásico ensayo): Eugenio Asensio, Guillermo Díaz-Plaja, José Filgueira Valverde, Antonio Rodríguez Moñino y Carmen Castro, hija de don Américo y con la que quien esto escribe guarda una deuda indeleble por confiarme, en 1990 y gracias a mis maestros don Antonio Vilanova y don José Manuel, la reedición de la importantísima gavilla de ensayos y artículos de su padre, De la España que aún no conocía, cuya lectura o relectura mucho convendría en la circunstancia presente.

Antes de tomar posesión como catedrático del Instituto Goya de Zaragoza en 1940, Blecua ya había demostrado su sabiduría como editor desde don Juan Manuel a Ramón de Basterra, mientras organizaba la Biblioteca Clásica Ebro, cuya voluntad didáctica fue patente durante largos años, acompañando su Historia de la literatura española (1940), remodelada en 1952 en Historia y textos de la literatura española, libro en el que mucho aprendieron sus hijos José Manuel y Alberto.

No conviene echar en saco roto que a sus clases del Goya asistieron Manuel Alvar y Fernando Lázaro Carreter, directores de la Real Academia Española, como lo sería más tarde su hijo José Manuel. Julián Marías, en la preciosa semblanza de Blecua (1993) que cierra la reedición de su juvenil Antología de la poesía romántica (1940) escribe: «Blecua enseñó lengua y literatura españolas a innumerables muchachos, y dejó en ellos la semilla del entusiasmo, porque esa es la cualidad que sobrenada en él, pase lo que pase».

 

En el verano de 1951 Joaquín Pérez Villanueva es nombrado Director General de Enseñanza Universitaria por parte del ministro Ruíz-Giménez. Pedro Laín Entralgo, quien aceptó el encargo de ser Rector de la Universidad de Madrid por parte del ministro, recuerda en Descargo de conciencia (1930-1960) (1976) que el mensaje era mejorar «el prestigio y la eficacia de la Universidad, como liberalizar en la medida de lo posible nuestra cultura, y auxiliado a tal fin por un hombre inteligente, Joaquín Pérez Villanueva, con el cual sería fácil entenderse».

No había transcurrido siquiera un año cuando Santos Torroella, en sus esforzados trabajos para organizar el Congreso de Poesía de Segovia, traslada a Carles Riba el siguiente proyecto que le ha confiado Pérez Villanueva: «poder crear una cátedra de lengua y literatura en la Universidad de Barcelona, en compensación de la inevitable e insuprimible de Castro y Calvo. (Esa cátedra será para Antonio Vilanova)». Para el contexto inmediato remito al libro de Jordi Amat, Las voces del diálogo (2007).

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La oposición a la cátedra se hará esperar largo tiempo. Al fin se activa el concurso en el otoño del año 58. Castro y Calvo renuncia en el último momento a formar parte del tribunal, que presidirá a partir del 30 de noviembre Melchor Fernández Almagro. Los concursantes son: Blecua, Díaz-Plaja, José Luis Varela y Vilanova. Gana la oposición don José Manuel Blecua, quien tomará posesión a mediados de marzo de 1959.

Julián Marías creía «que el trasplante de una ciudad a otra fue una experiencia penosa, compensada por la ampliación de su horizonte intelectual». Los testimonios de José Manuel y Alberto Blecua no avalan en exceso el juicio de Marías. José Manuel les decía a Cristina Gatell y Glòria Soler en octubre de 2006: «Cuando vinimos a Barcelona, tanto en casa de don Guillermo como en la de don Martín, nos sentimos como en nuestra casa. Fueron unos amigos ejemplares y nuestra relación se hizo fraternal. Mi padre y Riquer solían gastarse bromas sobre sus respectivas discapacidades (como se diría hoy en día). […] Recuerdo que cuando a los Riquer les tocó un segundo premio de la lotería y compraron un televisor a menudo íbamos a ver los partidos de fútbol a su casa».

Alberto le confesaba a Martí Font, tras impartir su última clase en 2013: «Nosotros hemos tenido muy buena relación con Martín de Riquer y con Díaz Plaja y los hijos de Díaz Plaja. Somos unas familias que hemos sido un poder cultural, con los libros de texto y esas cosas, una especie de mafia. La industria editorial estaba en Barcelona y cuando llegó mi padre inmediatamente nos pusimos a trabajar con José Manuel Lara, a dirigir colecciones de clásicos. Le pagaban muy bien: 25.000 pesetas mensuales, que era mucho dinero. También con los libros de texto ganó mucho dinero».

En cambio, ya en sus labores de catedrático de la universidad barcelonesa y con el empeño –siempre presente y siempre urgente– de conseguir que el Seminario de Literatura Española fuese punto de referencia para los estudiantes de licenciatura y de doctorado, le escribía a Camilo José Cela (3-III-1960) dándole las gracias por los autógrafos que le había remitido: «El Seminario tiene pocos libros y no buenos. Yo estoy decidido a empeñar hasta las mesas, y en unos meses he comprado todo lo que he podido, que no ha sido mucho, y obtenido muchos libros gratis. Tengo que recurrir a todos los arbitrios si quiero que los jóvenes puedan trabajar. Sé que no es fácil resolver en un año la desidia de siglos, pero soy un incurable optimista, estoy lleno de proyectos, los chicos son estupendos y sé que defraudarlos es un crimen. Por eso voy buscando ayudas por todas partes, y lo bueno del caso es que no tengo un sitio para poner unos ficheros y todo me cuesta mucho dinero particular, comenzando por las mismas clases, puesto que hasta ahora no logro ganar para pagar el hospedaje. Claro está que los gustos y las pasiones deben costar dinero y yo no me quejo.»

A finales del invierno de 1991 y tras publicar en Editorial Gredos la Poesía Completa de Fray Luis de León, el maestro Blecua me permitió hacerle una entrevista que, resumida, vio la luz en El Observador (12-III-1991). Le pregunté de entrada dónde residía el verdadero mérito del quehacer filológico. Transcribo su respuesta íntegramente: «El verdadero mérito del quehacer filológico, como el de cualquier quehacer, es hacerlo bien. Por otra parte, un quehacer filológico puede ser, por ejemplo, el monumental Diccionario de Corominas, la edición en tres volúmenes del Cantar del Cid de Menéndez Pidal o La lengua poética de Góngora de Dámaso Alonso».

En una de las direcciones señalas por Blecua, la segunda, se inscribe gran parte de las labores de su hijo Alberto (1941-2020), quien, al margen de otros trabajos que van desde el medieval Auto de la Pasión hasta los sonetos de Rafael Alberti y a Federico García Lorca, pasando por Fray Luis, San Juan de la Cruz, Góngora y, sobre todo, Lope y Cervantes, se ha convertido en el maestro de la crítica textual de la segunda Restauración borbónica; magisterio que acredita su canónico Manual de crítica textual (1983) y sus numerosas ediciones, de las que conviene recordar la de Lazarillo de Tormes (1974), Libro de buen amor (1992) –espléndida, monumental- y la de Don Quijote (2007).

Como su padre, antes de ser catedrático de universidad (Universitat Autònoma de Barcelona, desde 1981) lo fue del Instituto Infanta Isabel del popular barrio barcelonés de la Verneda (1966). Esos tiempos juveniles, que incluso se remontan a los últimos años de licenciatura, los recordó con una anfibia añoranza irónica en la entrevista que le hizo Martí Font: «Yo enseguida encontré trabajo en editoriales: trabajé en Salvat, en el Larousse, y me pagaban 300 o 400 pesetas por holandesa. Era muchísimo dinero, porque cuando entré en el Instituto ganaba 1.000 pesetas al mes. También dibujaba, para la editorial Marte, que dirigía Tomás Salvador, con Goñi, Bonoa y Serafín, a 1.000 pesetas el dibujo. […] En Salvat, uno iba a las doce de la noche, hacía un artículo y le pagaban al contado. Todos medio trompas. Estaban Luis Maristany y Joaquín Marco, que dirigía Salvat. También trabajé para Planeta, en la calle Calvet, en un cuchitril que había en la planta baja. Entraba Lara y decía: “Aquí tengo yo a todos los rojos”, y, sí claro, había un montón de comunistas, entre ellos Vázquez Montalbán. Era divertidísimo.»

Alberto, como su padre, fue un hombre generoso, estimulando los trabajos y los días de sus discípulos, que son muchísimos. Buena prueba de ello es la creación en 1989 del Grupo de Investigación Prolope, que vertebrará, sin duda, su herencia filológica. Otros caminos, en los que Alberto dejó senderos entreabiertos que hay que recorrer, añadiendo, como él siempre hacía, algo nuevo, una nueva certeza.

Los senderos principales tienen que ver con la Retórica, la Poética (siempre la metáfora viva de Aristóteles al fondo), la Crítica textual y esa formidable memoria que escribió para sus oposiciones a la cátedra de Literatura Española del Siglo de Oro (1978), que publicó en 2004 y que abre el excelente tomo, Signos viejos y nuevos. Estudios de historia literaria (Barcelona, Crítica, 2006).

Es un placer leer a Alberto exponer con criterio y matices impensados el laberinto terminológico que envuelve a la Edad de Oro o Siglos de Oro o Siglo de Oro, sumados a Renacimiento y Barroco. En verdad tenía razón Cela subrayando en uno de los lemas de San Camilo 1936 (1969) –creo que algo tuvo que ver don Américo– una breve reflexión del tercer tomo de Fortunata y Jacinta (1886-1887): «…la inseguridad, única cosa que es constante entre nosotros».

Alberto ha sido un gran profesor, un excelente investigador y, desde luego, un gran bibliómano. También, como su padre, un gran conversador, que sabía más historia literaria e historia de la literatura de lo que dicen sus escritos. Recuerdo que a finales del siglo pasado durante unas semanas me desplacé a la UAB para, en diálogo con mi maestro heterodoxo Sergio Beser, impartir un curso de doctorado sobre «Realismo y Naturalismo en España (1870-1902)».

Al acabar la clase semanal, cuando la tarde declinaba, nos encontrábamos con Alberto en Sant Cugat para distraernos conversando y disfrutando de lo lindo con la personalidad y la obra de Menéndez Pelayo. Con la última copa, la conclusión era siempre la misma, pero más afinada y certera: Menéndez Pelayo conocía muy bien –aunque nunca empatizó, como se dice ahora- las doctrinas de Émile Zola y había leído con atención los ensayos de Leopoldo Alas y Emilia Pardo Bazán.

Don José Manuel y Alberto Blecua han sido dos excepcionales filólogos y dos grandes eruditos –de los que gustaba T.S. Eliot–, sabedores de que sus trabajos –cotejar manuscritos, perseguir erratas o examinar variantes– son la materia seminal de los textos y sus contextos. Trabajos filológicos que cumplen a rajatabla un bellísimo aforismo juanramoniano: «En lo provisional, exactitud también, como si fuera definitivo».