El arquitecto e historiador italiano Alessandro Scarnatto a menudo dice que los barceloneses somos unos pedra-ferits [que sentimos un gran interés por la piedra]. Que llevamos un urbanista dentro nuestro que nos empuja a celebrar y criticar públicamente cualquier propuesta urbana que se nos ponga por delante. No sé si esta obsesión por la ciudad construida viene de muy lejos, pero podríamos afirmar que fue durante los efervescentes años 80, cuando nos acostumbramos a un ritmo frenético de inauguraciones de plazas --muchas de ellas demasiado duras-- que fueron configurando la forma y el fondo de una nueva manera de vivir la ciudad.

Recuerdo, en los primeros años de carrera, vivir con entusiasmo cómo cada proyecto que se abría al público se llenaba de vecinos que llevaban lustros reclamado aquellos espacios. Cada nueva plaza suscitaba múltiples preguntas sobre cuál era el destino del espacio público de una sociedad que aprendía a ser libre: ¿qué necesita la ciudad democrática?, ¿qué espacios y monumentos nos representan?, ¿cómo podemos equiparlos y usarlos? También recuerdo cómo ese aprendizaje mutuo --tanto de la ciudadanía como de los políticos y técnicos que lo hacían posible-- detonaba en descarnadas críticas en la calle y los medios de comunicación. Muchas de las innovaciones propuestas se ponían en duda: la forma, la materialidad, el mobiliario urbano, los monumentos, el arbolado, las jerarquías de uso... pero a menudo, lo que se criticaba más era a los políticos y técnicos responsables tildándolos de despóticos con mal gusto, indocumentados, o incluso de borrachos.

Durante aquellos primeros años de la democracia había muchas urgencias por atender y la mayoría de los proyectos que se realizaron no eran fruto de un modelo teórico que se aplica sistémicamente sino que, más bien, eran el resultado de una urgencia imperiosa de actuar en los lugares donde era más necesario y eficaz hacerlo. No se imponía una gran teoría, pero se actuaba con rapidez y liderazgo 100% público sobre la base de un realismo y un posibilismo radical.

Fue con el tiempo, y sobre todo con el impulso de la candidatura olímpica, que estas primeras actuaciones se escalaron para consolidar lo que se llamó «Modelo Barcelona». Hoy nadie lo recuerda, pero ese modelo supuestamente virtuoso, se construyó sobre desgarradoras críticas y sobre pruebas y errores que fueron remachando un conocimiento profundo sobre el espacio público y un rico catálogo de buenas prácticas.

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