En la última semana de julio de 1921 llegó a España la noticia del derrumbe de la ocupación militar española de la región oriental del Protectorado nucleada en torno a Melilla. En los meses siguientes llegaron centenares de terribles fotografías de cadáveres de soldados españoles entre Annual y Melilla (entre doce y dieciocho mil según distintos investigadores).

Se trata de una historia que comenzó en 1906, cuando se celebró la Conferencia de Algeciras, en la que trece países (entre ellos Marruecos) autorizaron el reparto de Marruecos entre Francia y España. Se justificó partiendo de considerar a la dinastía alauita y al Majzén incapaz de modernizar Marruecos. De ello se encargarían franceses y españoles tanto en el ámbito económico, como en lo político, social y cultural.

El sultán Muley Yusef tuvo que aceptar en marzo de 1912 el establecimiento del Protectorado francés. Meses después los galos cedieron a España una «Zona de influencia» a España (el llamado Protectorado Español de Marruecos). Francia se quedó con la parte del león, tanto en territorio, como en población y en recursos aprovechables. Los españoles tuvieron que contentarse con una franja costera de 20.000 kilómetros cuadrados al norte (Rif y Yebala) y otra al sur (Cabo Juby/Tarfaya), poco más de 30.000 kilómetros cuadrados y limítrofe con el Sáhara «español».

La cesión, o subarriendo, de los mencionados territorios a España no fue un gesto desinteresado: su objetivo fue el de evitar su hostilidad contra el dominio francés (que siempre existió dado el desigual reparto de Marruecos). E impedir que las costas españolas pudieran convertirse en refugio y/o santuario para marroquíes y argelinos enfrentados al colonialismo galo y en una plataforma para el abastecimiento de armas a los anticolonialistas.

La conquista del territorio por franceses y españoles había comenzado antes de 1912. A mediados de 1921 Francia había hecho efectivo su control sobre la práctica totalidad del territorio que le «tocó en suerte». Solo se le resistían algunos núcleos armados aislados geográficamente.

Mientras tanto, España estaba lejos de controlar su «Protectorado».

 

Enormes dificultades

Las plataformas que hubieran debido facilitar la penetración y ocupación de Marruecos, Ceuta y Melilla, no fueron de gran utilidad, al menos hasta aquella fecha. En la zona occidental, Larache se convirtió en la punta de lanza de la penetración en Marruecos, pero solo dominaba el territorio en torno a las ciudades de Tetuán, Larache, Alcazarquivir y Xauen, donde además tenía que hacer frente a la cambiante política mantenida por el líder yeblí, Muley Ahmed el Raisuni.

Mucho menor era el dominio español en la zona oriental, dadas las enormes dificultades para avanzar desde Melilla. Los peñones de Alhucemas y de Vélez de la Gomera no sirvieron de mucho, a pesar de que el primero, por su cercanía, facilitaba los contactos con los Beni Urriaguel, la tribu de Abd-el-Krim el Jatabi. En resumen, la mayor parte de la zona de influencia española escapaba a su control en verano de 1921.

Por entonces, el deseo del Gobierno y del ejército era ocupar la bahía de Alhucemas, territorio de los Beni Urriaguel, tribu que lideraba los enfrentamientos armados con los españoles. Sin embargo, existían grandes diferencias entre el gobierno y el ejército, auténtico protagonista de la política en Marruecos gracias a la ayuda directa que le dispensaba el monarca Alfonso XIII.

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Las discusiones sobre el ritmo y modalidad de ocupación también se producían en el seno de la institución armada. Lo ejemplifica la tirantez de las relaciones del general Berenguer, Alto Comisario y jefe militar de Marruecos, y el general Fernández Silvestre, comandante general de la Comandancia de Melilla. Esa tirantez contribuyó a dificultar la ocupación del territorio al tiempo que facilitó el surgimiento de nuevos núcleos de resistencia armada.

La situación política en España no era la más favorable para el despliegue colonialista en Marruecos. El régimen escasamente democrático y clientelista de la Restauración daba sus últimos coletazos. Pero, aun así, existían importantes sectores de la sociedad favorables a la aventura colonial, al menos en la medida en que no fuese excesivamente cruenta. Los apoyos más importantes, además del ejército, se encontraban en los medios económicos y en la clase política, además de los miles de emigrantes españoles, que habían llegado a menudo ilegalmente a Marruecos en busca de un nuevo El Dorado. 

Pero la oposición a la aventura marroquí, incentivada por el recuerdo de la Guerra de Melilla de 1893, de la Semana Trágica de 1909 y de la Guerra del Kert de 1911-1912, no hacía sino crecer. Seguramente en esos momentos una mayoría de la sociedad española, en especial las clases populares, era contraria a la aventura colonial. No faltaban los que argumentaban que más provechosa que la colonización de Marruecos, sería la del territorio español, que sufría las mismas carencias que los marroquíes en infraestructuras, equipamientos educativos y médicos, además de los problemas económicos traducidos en un creciente paro en las ciudades.

Las organizaciones políticas de oposición al régimen (republicanos, socialistas, anarquistas y nacionalistas catalanes, vascos y gallegos) fueron en realidad antimilitaristas, aunque en grado variable. Los primeros no combatieron tanto al colonialismo como al hecho de que beneficiaba solo a una parte de la población: élites políticas y económicas y militares.

 

Civilizar a los marroquíes

Por su parte, los nacionalistas denunciaban que el conflicto era un asunto ajeno, que competía sólo a los españoles. Para el catalanismo era obvia la legitimidad de civilizar a los marroquíes, pero cuestionaban que pudieran hacerlo los españoles. En la misma línea iban los nacionalistas vascos, uno de cuyos lemas habían heredado de su líder histórico Sabino Arana: «los españoles son nuestros moros». Hubo escasa empatía para con los marroquíes, salvo aisladas excepciones. Muy pocos fueron los que, sin matices, actuaron como anticolonialistas convencidos.

Las tropas enviadas a Marruecos a matar y morir estuvieron compuestas fundamentalmente por trabajadores, en especial jóvenes campesinos escasamente adiestrados para el combate, pésimamente abastecidos y deficientemente armados. No deja de sorprender que las terribles caricaturas sobre los marroquíes que mostraba la prensa y las postales trataban casi con el mismo desprecio a los campesinos marroquíes y españoles.

Las tropas enviadas a Marruecos a matar y morir estuvieron compuestas por trabajadores, en especial jóvenes campesinos.

Aunque el servicio militar era obligatorio (con excepciones) buena parte de los jóvenes de las clases medias y acomodadas lo eludían mediante el pago de una cuota que les eximia totalmente de la prestación o les garantizaba que no serían enviados al frente de combate. Los núcleos y unidades de militares profesionales eran escasos (los Regulares, unidad creada en 1911 y compuesta por marroquíes) o estaban en pleno adiestramiento (La Legión, que comenzó su andadura en 1920).

Pero mientras que el avance de las tropas españolas no se tradujo en importantes derrotas, se consiguió acallar ante la opinión pública y publicada las críticas a la política marroquí. Fue lo que sucedió en Cataluña en 1909, cuando de la revolucionaria y antimilitarista Setmana Tràgica se pasó al entusiasmo por la toma del Gurugú. No debe extrañar que la guerra del Kert (1911-1914) y el avance hasta Annual, pasando por Monte Arruit, se hiciera sin excesivas críticas.

 

Cadáveres desecados por el sol

Las críticas arreciaron cuando llegaron las noticias de la derrota en el Rif a fines de julio de 1921. En especial cuando se vieron las fotografías de los cadáveres desecados por el sol y esparcidos entre Annual y Melilla, en una agónica e imposible huida. Parte de ellos habían sido mutilados o asesinados con las manos atadas a la espalda.

Su impacto fue enorme, ya que pudieron ser visualizadas por la mayoría de la población gracias a la prensa que incluyó en sus páginas centenares de fotografías de tan macabro espectáculo (Mundo Nuevo, Blanco y Negro, La Hormiga de Oro y muchas otras revistas). También por las innumerables tiradas de postales fotográficas (en especial las melillenses de Boix Hermanos) y por las fotografías de los militares que recogieron escenas similares. La visita al cementerio de Melilla ayuda a entender la magnitud de la tragedia.

Como consecuencia, la oposición a la guerra y las críticas a la monarquía, a sus gobiernos, y al ejército aumentaron y se hicieron más contundentes y persistentes. La responsabilidad del monarca y del ejército era tan evidente que, para eludir rendir cuentas de lo sucedido, se produjo el golpe de Estado de Primo de Rivera. Fue un vano intento de salvar la monarquía, que solo pudo posponer su caída, y la del régimen de la Restauración, unos diez años.

Pero el desastre también incentivó el deseo de venganza hacia los marroquíes, y, por consiguiente, un apoyo a la aventura colonial.

La responsabilidad del monarca y del ejército era tan evidente que, para eludir rendir cuentas, se produjo el golpe de Primo de Rivera.

 

 

Solidaridad con los soldados

Se manifestó a través de la solidaridad con los soldados (envíos de donativos, automóviles, aviones, recogida de dinero para las víctimas del conflicto y sus familias desasistidas) y no tanto con el ejército como institución o con los jefes y oficiales; aunque buena parte de lo enviado benefició más a estos últimos que a los soldados. Poquísimas voces solicitaron el abandono de Marruecos. En 1927, vencidas las fuerzas que lideraba Abd-el-krim el Jatabi, el terrible eco de Annual se fue apagando poco a poco.

El régimen de Franco se esmeraba en impedir los matrimonios mixtos entre españolas y marroquíes.

Pero renació con motivo de la participación de los Regulares en la represión de la Revolución de Asturias (1934) y por su participación en la Guerra Civil en el bando franquista. El régimen de Franco dificultó la circulación de las ofensivas caricaturas ya comentadas, al tiempo que se esmeraba en impedir los matrimonios mixtos entre españolas y marroquíes. Así que el mantenimiento de la imagen del Moro Feixista (título de un auca editado por el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Cataluña) fue más por cuenta de los que perdieron la Guerra Civil: socialistas, anarquistas, comunistas y nacionalistas catalanes, vascos y gallegos.

Naturalmente, los marroquíes también murieron en la guerra, en muchos casos también fueron asesinados: aduares arrasados, bombardeos de zocos y utilización de gases químicos. No nos ha interesado mucho establecer el número de víctimas. En todas las guerras el bando colonialista combinó el detallado cómputo de las víctimas propias con la despreocupación por conocer el número de las ajenas. Ojalá que acontecimientos como los de Annual no vuelvan a repetirse.

 

Jugar con la desesperación

Para Carlos Marx la historia ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa. Desde entonces se produjeron algunos enfrentamientos (directos o indirectos) entre España y Marruecos: guerra de Ifni-Sahara (1957-1958) y descolonización del Sáhara (1975). Fueron tragedias, en la medida en que hubo víctimas mortales, aunque no tuvieron la importancia de Annual.

Por el contrario, la reconquista de la isla Perejil (2002) fue una auténtica farsa. Podríamos calificar de la misma manera el reciente episodio de alentar a adolescentes, mujeres y niños a lanzarse contra la frontera de Ceuta. Pero se ha jugado con sus ilusiones y su desesperación, además de provocar víctimas mortales.