Dos años después de la salida británica de la Unión Europea (UE), el Brexit parecía una crisis pasada. La covid, la guerra de Ucrania y las incesantes crisis políticas que desembocaron en el «año de los tres primeros ministros» parecían haber condenado la cuestión europea al ostracismo político. Y, sin embargo, los últimos meses han reavivado el debate sobre el Brexit, sobre la relación de Londres con UE, y sobre el papel de Reino Unido en el mundo. Más que haber desaparecido, el Brexit está más vivo que nunca.

 El ascenso de Rishi Sunak a Downing Street llega en un momento extraño para las relaciones entre Londres y Bruselas. Es innegable que su elección ha dado lugar a un acercamiento entre ambos: frente a la estrategia de confrontación de Boris Johnson y la torpeza política de Liz Truss, el actual premier ha optado por rebajar el tono con la UE, reduciendo, con ello, el clima de tensión política con las capitales europeas. Tanto Londres como Bruselas confían, por ejemplo, en desbloquear el protocolo de Irlanda del Norte antes de abril, cuando se celebrará el vigesimoquinto aniversario del Acuerdo del Viernes Santo.

Desde hace unos meses, a su vez, las encuestas muestran un cambio en la opinión pública británica. A principios de diciembre, el barómetro de Redfield & Wilton apuntaba que, de celebrarse un nuevo referéndum, un 56% del electorado optaría por regresar a la UE, frente al 44% que preferiría permanecer fuera. Incluso los propios brexiters comienzan a mostrar cierto arrepentimiento. Según YouGov, sólo un tercio de aquellos que votaron Leave creen que el Brexit ha sido «un éxito», frente al 41% que lamenta que ha ido peor de lo que imaginaron en 2016 y el 34% que reconoce que ha dañado la economía británica.

 Sin embargo, pese a la llegada de Sunak y pese a este cambio demográfico, una reconstrucción de las relaciones comerciales con la UE parece poco probable: la realidad política del país es, al fin y al cabo, la misma que hace dos años.

Por una parte, el Gobierno sigue dependiendo de una mayoría parlamentaria secuestrada por el European Research Group (ERG), el ala más brexiter del partido. Para entender el poder que el ERG ejerce sobre Downing Street basta con remontarse al mes de noviembre, cuando el diario The Times publicó una noticia en la que se sugería que el Gobierno estaba planteándose una relación comercial suiza con la UE. La sola mención de un hipotético acuerdo con Bruselas desencadenó una reacción furibunda, con acusaciones de «traición» por parte de diputados y medios conservadores.

 

La ‘omertà’ británica

Más que aceptar el evidente fracaso del Brexit, de hecho, el ala más puritana del movimiento euroescéptico sigue pidiendo ir más allá. En una reciente tribuna en The Telegraph, Nigel Farage reclamó un «Brexit 2.0» que culminara con la salida británica del Convenio Europeo de Derechos Humanos, cuyo garantismo jurídico es visto como la última amenaza a la soberanía del país. Ante los ataques desde su propia derecha, sin embargo, Rishi Sunak parece haber optado por la misma estrategia del avestruz que siguieron sus antecesores. En vez de comprometerse a mitigar las consecuencias económicas del Brexit –la devaluación de la libra, una ralentización del comercio con Europa, la pérdida del 4% del PIB–, se ha limitado a apaciguar a sus diputados, asegurando que el Brexit «ya está dando sus frutos» y prometiendo, a cambio de su apoyo, una política migratoria aún más dura. Seis años después del referéndum, por lo tanto, los tories siguen atrapados en su particular día de la marmota.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Tampoco el Partido Laborista parece dispuesto a abandonar lo que el periodista Alastair Campbell ha denominado la «omertà del Brexit». A lo largo de los últimos meses, el partido liderado por Keir Starmer ha dejado claro que su estrategia no pasará por buscar un cambio radical en su relación con la UE: un Gobierno laborista se limitaría a retocar algunos aspectos concretos del acuerdo comercial con Bruselas (reconocimiento mutuo de títulos profesionales, un acercamiento en materia veterinaria y fitosanitaria, un acuerdo de protección de datos o un sistema que permita emitir visados temporales a músicos y artistas), pero sin plantear medidas más drásticas como, por ejemplo, el reingreso del país en el mercado interior.

Seis años después del referéndum, los ‘tories’ siguen atrapados en su particular día de la marmota.

El cálculo de Starmer es evidente: el objetivo de su partido pasa por imponerse en las elecciones generales de 2024, recuperando a parte del electorado que en 2016 optó por el Brexit, en 2019 por Boris Johnson, y para el cual el Brexit ha adquirido tintes cuasi-religiosos. En su afán por ganarse al votante de la llamada muralla roja, sin embargo, Starmer corre el riesgo de ser devorado por su propio personaje. Es dudoso, por ejemplo, que quien fuera portavoz del Brexit bajo Jeremy Corbyn piense que reingresar en el mercado único no supondría ningún beneficio para la economía británica; tampoco es creíble que, de los 783 artículos del Acuerdo comercial con la UE, un Gobierno encabezado por el Partido Laborista –que hasta hace pocos años pedía un segundo referéndum sobre el Brexit– no vaya a renegociar más que las cuatro o cinco cuestiones mencionadas anteriormente.

Por el momento, sin embargo, la relación entre Bruselas y Londres está sujeta a los cálculos internos de los principales partidos británicos. Un acercamiento británico a Europa dependerá, en gran medida, de que se consoliden las tendencias que apuntan las encuestas: sólo un cambio en la opinión pública, cada vez más consciente de que abandonar la UE supuso un grave error, podría poner fin a la omertà que rodea el Brexit. También pesará la valentía que muestre un Partido Laborista que, con toda probabilidad, liderará el próximo ejecutivo británico.

Un Gobierno laborista se limitaría a retocar algunos aspectos del acuerdo con Bruselas, pero sin plantear medidas como el reingreso en el mercado interior.

 

 

Realidad y ficción de Global Britain

Si las relaciones entre Londres y Bruselas siguen estancadas, el vínculo con Washington tampoco atraviesa su mejor momento. Es cierto que la guerra de Ucrania supuso un claro acercamiento entre ambos países: desde el primer momento, Londres y Washington se irguieron como los grandes aliados de un Volodímir Zelensky que recibió a Johnson en hasta tres ocasiones. Con el paso de los meses, sin embargo, la relación entre ambos países volvió a enfriarse. El motivo principal: el proteccionismo económico de la administración de Biden y la creciente imposibilidad de un acuerdo comercial entre ambos países.

El pasado mes de agosto, el Senado estadounidense dio luz verde a la Ley de Reducción de la Inflación (LRI), un ambicioso paquete fiscal, medioambiental y sanitario que prevé, entre otras cosas, más de 400 mil millones de dólares en ayudas para la energía limpia en la próxima década. Estas ayudas, que incluyen una serie de exenciones fiscales, han levantado ampollas entre los principales socios comerciales de Estados Unidos: países como Canadá, Japón o Corea del Sur han advertido que el proteccionismo económico de la ley podría repercutir sobre sus respectivas economías, y acusan a la Administración de Biden de atentar contra las reglas de la Organización Mundial del Comercio.

Entre estos socios se encuentra Reino Unido: en un discurso pronunciado en noviembre, la secretaria de Comercio Internacional, Kemi Badenoch, advirtió que dicha ley no podía «confundir a aliados y socios históricos, como el Reino Unido, con aquellos otros países que podrían querer perjudicar los intereses estadounidenses». El sentimiento expresado por Badenoch, que es compartido por Bruselas, era claro: el esfuerzo de Biden por competir con China no puede cobrarse como victimas las economías de sus principales socios comerciales.

A la frustración británica por la LRI se suma la creciente dificultad para alcanzar un acuerdo comercial con Estados Unidos. Ya durante la campaña de 2016, el entonces presidente Barack Obama advirtió que el Brexit pondría al Reino Unido «a la cola» para alcanzar un acuerdo comercial. A lo largo de los últimos seis años, las luchas internas de los tories, el aislacionismo de la administración de Trump y la insistencia de Biden en condicionar cualquier acuerdo a una resolución de la delicada situación en la frontera irlandesa han paralizado dicho intento. Prueba del pesimismo que rodea las posibles negociaciones con Estados Unidos es que, desde hace meses, Londres ha optado por negociar acuerdos comerciales con estados individuales: tras los convenios con Indiana, Carolina del Norte y Carolina del Sur, el Gobierno ha anunciado futuras negociaciones con Utah y California.

Si las relaciones entre Londres y Bruselas siguen estancadas, el vínculo con Washington tampoco atraviesa su mejor momento.

Más allá del caso americano, la política de acuerdos comerciales post-Brexit, otrora el gran proyecto de la llamada Global Britain, está dando pocos frutos. Como indican las cifras del propio Gobierno, los convenios con Nueva Zelanda y Australia aportarán, entre los dos, un 0,03% al PIB británico; incluso un improbable acuerdo con Estados Unidos, apunta un estudio de la Universidad de Sussex, supondría apenas un 0,16% adicional. Todo ello contrasta con la caída del 4% que ha supuesto la salida de la UE. Tampoco los próximos proyectos se antojan fáciles. El plan de ratificar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, un acuerdo comercial firmado por once países de la cuenca del Pacífico, parece haberse retrasado. Lo mismo sucede con el acuerdo comercial con la India, que Downing Street espera concluir lo antes posible pero que ha suscitado críticas entre su propio sector agrícola.

 

Decadencia y caída

 En su novela Decadencia y caída, Evelyn Waugh narra la historia del desventurado Paul Pennyfeather, un joven estudiante de teología en Oxford que, sin saber reaccionar, ve cómo sus errores del pasado acaban con su prometedora carrera académica. Como la trayectoria de Pennyfeather, la paradójica situación en la que se encuentra Reino Unido –deseoso pero incapaz de acercarse a Estados Unidos; condenado a entenderse con la UE, pero reacio a hacerlo– es el reflejo de los dos elefantes en la habitación que, desde 2016, campan a sus anchas por la política exterior británica.

Las consecuencias del Brexit no podrán empezar a paliarse hasta que Londres reconozca, de una vez por todas, que abandonar la UE ha tenido efectos negativos.

El primero es la irrealidad que ha rodeado al Brexit, cuyas consecuencias no podrán empezar a paliarse hasta que Londres reconozca, de una vez por todas, que abandonar la UE ha tenido tales efectos negativos. El segundo es la ausencia de una estrategia geopolítica a medio y largo plazo. ¿Qué relación quiere trazarse con la UE? ¿Cómo se quiere compensar la pérdida de poder económico y político que ha supuesto la salida? ¿A qué papel se aspira en un mundo dominado por tres grandes potencias – Estados Unidos, China y la propia UE– a las que el Reino Unido no pertenece? Seis años después del referéndum, ninguno de los cuatro primeros ministros británicos ha sido capaz de ofrecer una respuesta convincente a dichas preguntas.

En el horizonte político del país asoman tres fechas clave. La primera, las próximas elecciones generales, que se celebrarán antes de 2025 y que podrían desembocar en un gobierno laborista. La segunda, las elecciones presidenciales americanas en noviembre de 2024. Por último, la revisión quinquenal del Acuerdo comercial con la UE, que se producirá en 2025 y que podría dar el pistoletazo de salida a una nueva política europea británica.