La música y la pintura tienen la virtud de crear atmósferas y sensaciones, de desatar emociones, de hacer vivir o revivir momentos que incluso pueden ser definitorios, pero las dos artes, aunque compartan herramientas, permiten alcanzar este clímax de forma muy diferente, cada una a su manera. No obstante, a veces se alimentan entre sí y entones pueden salir obras musicales de altos vuelos como Cuadros de una exposición, de Modest Mussorgski, o la recientemente estrenada Constellations de Héctor Parra.

En los cuadernos en los que anotaba sus observaciones sobre todo tipo de cosas, Leonardo da Vinci lo decía con toda claridad: «La pintura perdura y tiene la apariencia de ser una realidad viva», mientras que la música «se desvanece y muere». Si la primera es directa y permanente, existiendo solo la relación entre el artista y el espectador, la segunda requiere un intermediario, alguien que interprete lo que el músico ha creado y dejado registrado en una partitura. Una vez interpretada, esa música deja de existir, a la espera de otra interpretación que quizá será completamente distinta. Esta es la gran diferencia, pero ambas, música y pintura, tienen muchas cosas en común, como el color, el timbre o el ritmo, entre otras.

Mussorgski es seguramente el caso más conocido de compositor que ha querido dibujar con música una obra pictórica. Cuadros de una exposición, originalmente una suite para piano, pero más conocida en sus versiones orquestales realizadas por varios músicos (Maurice Ravel, entre otros), consta de diez números o movimientos, cada uno de los cuales acompaña a un dibujo o una acuarela del artista, arquitecto y diseñador Viktor Hartmann, que fue un gran amigo del compositor y murió repentinamente a los treinta y nueve años. La exposición del título es la que se hizo para rendirle un homenaje póstumo en la Academia Imperial de las Artes de San Petersburgo, y los cuadros escogidos por Mussorgski son una pequeña selección de las más de cuatrocientas obras expuestas.

Para Magrané la búsqueda plástica, festiva y poética de Miró está arraigada en un paisaje concreto y, al mismo tiempo, tiende hacia el cosmos.

Años más tarde, en 1951, otro ruso, Igor Stravinski componía una ópera, The Rake’s progress, basándose en la serie del grabados del mismo título que el inglés William Hogharth había hecho dos siglos antes explicando con imágenes muy ricas y detallistas a dónde lleva una vida de desenfreno como la del protagonista, Tom Rakewell, un hombre que anda de capa caída. También en los años 50 del siglo pasado, el checo Bohuslav Martinú, compuso la obra sinfónica Los frescos de Piero della Francesca con el propósito de reflejar con la música la secuencia de pinturas La leyenda de la Vera Cruz, que aquel pintor del Renacimiento había realizado en Arezzo. Y más cerca aún, Enrique Granados compondría Goyescas (1911), una suite para piano basada en la serie de aguafuertes Caprichos de Francisco de Goya.

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