Todo conflicto plantea cuestiones de orden moral que interpelan a un círculo mucho más amplio que el de sus protagonistas directos. La invasión de Ucrania ordenada por el presidente ruso Vladímir Putin y la estela de la guerra contra aquel país resucita las dos visiones contrapuestas sobre el arte en general y, para lo que nos ocupa en esta sección, sobre la música en particular. Se repiten las posturas totalmente opuestas que los grandes músicos Pau Casals y Wilhelm Furtwängler mantuvieron durante la Segunda Guerra Mundial.

«El artista tiene la obligación de manifestarse categóricamente cuando se trata de la dignidad humana ultrajada, sean cuales sean las consecuencias», decía el director y violonchelista catalán. ¡Y sabe Dios que cumplió esta obligación! En cambio, para el alemán, «la música pertenece a la humanidad al margen de la política», y añadió que su trabajo era la música, no la política. Furtwängler consideraba que sus conciertos con la Filarmónica de Berlín daban consuelo a los alemanes que vivían bajo las bombas durante la guerra; pero eran, de hecho, una herramienta de propaganda del nazismo.

Los Casals de hoy en día son un nutrido grupo de músicos, muchos de ellos rusos, como los pianistas Igor Levit y Evgeny Kissin, o los directores Semyon Bychkov y Vladímir Jurowski, que se han pronunciado sin ambages contra la brutal agresión de Putin. Los Furtwängler llevan el nombre del director Valeri Gergiev y de la soprano Anna Netrebko, también rusos, dos de las figuras más reconocidas y deseadas del star system internacional. Ahora, estas figuras que le han hecho la pelota a Putin han visto como los teatros y auditorios les cerraban las puertas.

Pensar que la música es un arte puro que nace y vive al margen de la sociedad y que los músicos son unos ejecutores de este arte sin vínculos con la realidad es soñar quimeras. Dice Levit que ser músico «no te libera de ser un ciudadano» y, como tal, se deben asumir responsabilidades. Y el señor Markus Felsner, responsable de una agencia alemana de representación de artistas que tenía a Gergiev entre sus clientes, explicaba que había dejado de representar al director ruso diciendo que todo arte es político, pero no todos los artistas son políticos. No obstante, añadía, «los artistas tienen que comprender la diferencia neta que existe entre el patriotismo y el apoyo activo al gobierno de turno de una nación». No le hacía falta citar a Putin.

 

Una gran batuta

Gergiev ha sido una de las grandísimas batutas de las últimas tres décadas. Salvó al teatro Mariinski de San Petersburgo, y con aquella orquesta o con las grandes formaciones europeas y norteamericanas ha triunfado en todas partes con el repertorio ruso, pero también con Wagner. Es un creador de atmósferas que atrapa al público. También puede ser un maleducado y un grosero, como lo constató

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Christina Scheppelmann, cuando era directora del Liceo, y en un entreacto fue a quejarse por la pésima calidad de los músicos y los cantantes de un concierto que el director estaba ofreciendo con su orquesta.

La proximidad a Putin de grandes artistas como Gergiev, Netrebko o Matsuev les ha cerrado las puertas de teatros y auditorios en todo el mundo

Pero no es su falta de urbanidad lo que lo hace tóxico. Es su proximidad a Putin, el hecho de ser su propagandista musical, lo que se manifiesta en actos como el concierto que ofreció en Osetia del Sur (2008), después de la guerra que convirtió este territorio georgiano en un satélite de Rusia, o el que dirigió en las ruinas de Palmira cuando las fuerzas rusas de apoyo al ejército del tirano Bashar al-Ássad expulsaron de allí al Estado Islámico (2016).

Netrebko es la gran diva de nuestros días. Formada en el plantel del Mariinski con Gergiev, ha tenido el mundo de la ópera a sus pies. Como su padrino, ha ejercido de comparsa voluntaria del autócrata de Moscú, ya fuese cantando para él o avalando con su presencia y con un suculento donativo a la autoproclamada república de Donetsk, al este de Ucrania.

Denis Matsuev, una de las figuras de la élite pianística mundial, tenía que actuar en Barcelona el pasado 5 de marzo, pero su nombre cayó enseguida del cartel. Es uno de los ochenta artistas rusos que firmaron una carta de apoyo a Putin por la anexión de Crimea en 2016. Miembro del Consejo presidencial para la Cultura y las Artes, y director del Consejo Público del Ministerio de Cultura de la Federación Rusa, ha recibido los máximos honores que otorga el Kremlin. Todo eso tiene un precio.

Se ha hablado mucho de Gergiev y de Netrebko, pero muy poco de otro músico importante, el violonchelista Sergei Roldugin. No forma parte del star system internacional, pero sí ha estado en el radar de los investigadores de los llamados Papeles de Panamá. Amigo de Putin desde la adolescencia y padrino de su hija Maria, el músico fue director del Conservatorio de San Petersburgo y es director invitado de la orquesta del teatro Mariinski. Pero también es, según aquellos papeles, el vigilante secreto de la fortuna del presidente ruso mediante toda una serie de operaciones off shore. Y también se ha implicado en un entramado de blanqueo de dinero conocido como Troika Laundromat.

Pensar que la música es un arte puro que nace y vive al margen de la sociedad y que los músicos la ejecutan sin vínculos con la realidad es soñar quimeras.

En El ruido eterno Alex Ross escribía que para cualquiera que acaricie la idea de que existe alguna bondad espiritual inherente a los artistas de gran talento, la época de Stalin y Hitler suponía toda una desilusión. Ahora, en la de Putin, también, pero no se puede meter a todo el mundo en el mismo saco y condenar a la música rusa y a todos los intérpretes de aquel país, muchos de los cuales, como se decía al principio, se han manifestado claramente en contra de la actuación de Putin. Y Chaikovski, Rimski-Kórsakov, Prokófiev o Shostakóvich seguirán siendo grandes.

Lo que tampoco se puede hacer es presionar a los artistas para que se manifiesten públicamente. Lo decía hace pocos días en Barcelona la mezzosoprano Sarah Connolly en la presentación del programa primaveral del festival Life Victoria. Es una opinión que, a su lado, suscribía el tenor Stanislas de Barbeyrac y que comparten muchos artistas, entre otros motivos, por las consecuencias que un posicionamiento puede tener sobre la vida de los artistas y sus familiares.

 

La responsabilidad

Alexander Melnikov es un pianista, también de la élite de este instrumento, que no vive en Rusia desde hace tiempo. Antes de un reciente concierto se dirigía así al público: «Es normal decir que yo y millones de rusos no tenemos nada que ver con esta guerra», pero añadía que las cosas no son del todo así y decía sentirse responsable: «Ni yo ni mis compatriotas hemos hecho lo suficiente para pararla.»

Ni tampoco los que no somos rusos. La mezzosoprano Anna Alàs lo explicaba en un hilo de Twitter: «Pese a la falta de libertad de expresión, las desapariciones, los envenenamientos, las guerras internas, durante veinte años el mundo blanqueó a Putin y lo trató como a un político, no como a un dictador. En consecuencia, durante años la industria [sic] de la música clásica blanqueó a todos los artistas que mostraban simpatía por Putin.»

Consternados por una guerra que acababa de empezar, el 27 de febrero los miembros de la formación de cuerda de la Kaimerata que lidera el violinista Kai Gleusteen, interpretaba el Cuarteto núm. 8 en Mi menor, Op. 110, de Dmitri Shostakóvich en el Conservatorio del Liceo. Escrito en 1960, el compositor lo había dedicado a «las víctimas del fascismo y de la guerra», pero, para su hijo, rendía homenaje a las víctimas del totalitarismo, también comunista. Es una obra que el músico consideraba su epitafio, llena de citas de su nombre y de obras suyas. En esta ocasión, toda la obra, pero muy en particular el cuarto movimiento, en el cual se pueden escuchar unos golpes secos seguidos del zumbido del primer violín que lleva a las primeras notas del Dies Irae, trazaba una aproximación penetrante al escenario bélico de Ucrania.