El 18 de abril de 1991, Pasqual Maragall asistía a una cena ofrecida por Jordi Pujol, con motivo de la visita de Jacques Delors. El alcalde de Barcelona acababa de cumplir 50 años; el presidente de la Comisión Europea tenía 65. Ya se conocían: en su breve intervención, Maragall saludaba «a mi profesor de la calle Martignac, cuando él estaba en el comisariado del Plan, y yo era un joven licenciado que aprendía lo que era Europa en las calles y las aulas de París.» También al «presidente del principio de subsidiariedad, que quiere que una competencia sea ejercida por un nivel de gobierno solo cuando el nivel de gobierno inferior no pueda ejercerla igual de bien.» La Europa de las ciudades y de los barrios, de la proximidad y de los ciudadanos, era de Delors antes que de Maragall.

En 1959, este había fundado la revista Citoyen 60, vinculada al movimiento de educación y acción social La Vie Nouvelle. Desde sus páginas, se enviaban a la izquierda convencional mensajes que reivindicaban la descentralización, la necesidad de compatibilizar la planificación urbana y el desarrollo rural, y una cierta desconfianza hacia el estado omnipresente. Lo explica Delors en el libro-entrevista de Dominique Wolton L’unité d’un homme: había que repensar las ciudades para que estas, en lugar de arrastrar a sus habitantes al ciclo infernal métro, boulot, télé, dodo, les ofreciesen múltiples ocasiones de encuentro. Y no únicamente para el ocio y la diversión; también para compartir intereses, y para actuar políticamente. Ciudades que requerirán nuevas funciones y empleos: «el papel de lo local es […] fundamental. Y no será a través de una ley nacional como llegaremos a movilizar las ideas nuevas, las energías que permitirán crear, en las ciudades, los pueblos y los espacios rurales, los empleos que requerirán las nuevas necesidades.»

El Comisariado General del Plan (CGP) en el que recaló el joven Maragall en 1966 tenía nada menos que la función de elaborar planes de desarrollo quinquenales y definir la planificación económica de Francia en su conjunto. En Delors, que era lo menos parecido a un tecnócrata, el CGP reforzó la visión pragmática, basada en la experiencia real de barrios y ciudades, a la vez que prospectiva, exploratoria. Funciones análogas a las del Gabinete Técnico de Programación del Ayuntamiento de Barcelona, en el que había ingresado Maragall en 1965. Ya como alcalde, lo potenciaría como un think tank interno, de tamaño reducido pero enfocado decididamente a la innovación y al análisis de escenarios de futuro.

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