En ningún otro continente se concentran tantas desgracias. Dos naturales, un terremoto y un ciclón, se han abatido a la vez este verano sobre dos países, Marruecos y Libia; y multitud de otras, guerras civiles y terrorismo casi endémicos, debidas a la mano humana --que no es ajena también al gran número de víctimas mortales de las desgracias geológicas y meteorológicas, más de 3.000 en el Atlas Marroquí y quizás más de 10.000 en Derna y otras localidades de la costa libia--, en países con infraestructuras deficientes, administraciones ineptas, poderes despóticos y Estados débiles o inexistentes, incapaces de proteger debidamente a sus gentes.

Ninguno de los 54 países africanos merece una calificación propia de las democracias plenas en los índices reconocidos, como el del The Economist. Solo la obtiene un país, la diminuta República de Mauricio. Hay unas pocas democracias defectuosas: Sudáfrica, Namibia, Lesoto, Cabo Verde y Ghana --una calificación que también merecen Estados Unidos y países europeos como Bélgica o Italia-- pero el grueso de los africanos, la mitad exactamente, está sometida a regímenes autoritarios, con muy escasa atención a los derechos humanos, y el resto a regímenes híbridos, donde suelen celebrarse elecciones pero no se puede hablar propiamente de democracia ni de Estado de derecho.

En ningún otro sitio se suceden con tanta frecuencia los golpes de Estado, convertidos en costumbre política. En siete países se han producido en los últimos tres años: en Malí tres veces, y después en Chad, Guinea, Burkina Faso, Sudán, Níger y Gabón, todos militares, por parte normalmente de las cúpulas o de las guardias presidenciales. Hay que añadir Túnez, donde el golpe de Estado ha sido presidencial y perpetrado de forma paulatina en sucesivas vulneraciones constitucionales hasta la concentración de todo el poder en manos del jefe de Estado salido de las urnas, Kais Saied.

Para leer el artículo completo escoge una suscripción de pago o accede si ya eres usuario/suscriptor.