El del obituario es un género endiablado. Por su naturaleza (que no puede esconderse ni remediarse) se trata de un servicio público: exponer los méritos civiles de quien ya nunca volverá a ejercerlos. Pero su escritura suele encargarse a personas que tenían trato, conocimiento o por lo menos cercanía intelectual con el muerto. Y así el escritor de obituarios nunca sabrá si ser personal (lo que podría ser irrelevante para el lector) o reprimir ese impulso (lo que con frecuencia sentirá como algo artificioso). Por fortuna la muerte cierra la obra pero no nos la sustrae. No habrá más pero queda lo que hubo. Nosotros podemos volver a esos libros y muchos otros no tardarán en descubrirlos. Todavía es pronto para pronunciar (con los labios o la mente) el nombre de Javier Marías sin que se revuelvan recuerdos y vivencias, pero ha pasado casi un año desde su muerte y este texto, aunque se resienta de su gravedad, ya no es un obituario.

No recuerdo muy bien quién me recomendó la lectura de Todas las almas, pero sí recuerdo empezar a leer el libro sin encontrarle el sabor. Solo en una segunda ocasión, con una oportuna gripe encima (pues el libro aborda, entre otras cosas, la disolución de la identidad en nuestro mundo de parejas cambiantes y trabajos precarios) lo terminé en un estado tan febril como entusiasta. Después vino el doble deslumbramiento que supusieron Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí. Es extrañísimo ver (y no estoy seguro de haberlo visto después) como un clásico abre las alas delante de los propios ojos, en directo.

La secuencia de lecturas operó en mí un cambio interior. Uno decisivo. Un cambio de rumbo. Hasta ese momento había sido un lector intermitente y mi interés por la escritura competía con otras aficiones absorbentes como el baloncesto y los tebeos. La búsqueda y la lectura de los libros de Marías (de sus primeros pastiches, de sus relatos plagados de fantasmas bondadosos, del inencontrable El monarca del tiempo que terminé por encontrar en el mercado de Sant Antoni un domingo que me supo a haber ganado la lotería) progresaron en paralelo a mi convencimiento de que a lo que de verdad quería dedicarme (aunque nada en mi entorno lo animase) era a participar en la fabulosa tradición de la novela.

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