Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.
(fragmento del poema «El Hambre», de Miguel Hernández)

 

Según las estimaciones de la ONU en el año 2050 la población mundial será de 9.700 millones, es decir, casi dos mil millones más respecto a los 7.900 que actualmente habitamos en la Tierra. Entre los muchos desafíos que plantea este notable incremento sobresale uno de gran envergadura. ¿Cómo alimentaremos a todas estas personas de forma saludable y sostenible?

La cuestión no es baladí si nos atenemos a la situación actual: en el año 2020 entre 720 y 811 millones de personas en el mundo padecieron hambre. Si añadimos a las personas que sufrieron una situación de inseguridad alimentaria grave, la cifra alcanza los 948 millones (un 12% de la población mundial). Estos datos representan una doble mala noticia. La primera es evidente: hay hambre en el mundo. La segunda es también inquietante: no sabemos con certeza cuánta gente pasa hambre y por tanto tenemos que trabajar con estimaciones. Sí; en el año 2021, cuando la economía del dato casi todo lo domina, no somos capaces de saber cuántas personas se van a dormir sin haber comido.

El relato del hambre se vuelve aún más turbio si añadimos esta otra cifra: un tercio de los alimentos que producimos –y que teóricamente deberían servir para alimentar a los seres humanos– se despilfarran. He aquí una de las más cruentas paradojas de nuestro modelo agroalimentario: mientras millones de personas no tienen nada que llevarse a la boca, se desperdician toneladas de comida.

¿A qué obedece el derroche de alimentos? ¿Quién es el responsable de este sinsentido? Estamos ante un asunto complejo con múltiples causas. Como punto de partida podríamos decir que vivimos en una sociedad de consumo en la que casi todo lo que compramos es desechable y la comida no es una excepción. La mayoría de los ciudadanos europeos estamos tan alejados del origen de la comida que no sabemos el esfuerzo ni los recursos naturales que implica llevar a la mesa un kilo de tomates o un bistec de ternera. Esta desconexión hace que no valoremos los alimentos y que, por ende, tirar comida no suponga ningún problema. Pero más allá de esta desconexión con los alimentos, vale la pena detenerse en un análisis más detallado de las razones que explican el despilfarro.

 

En el fondo de la nevera

Comencemos por las familias. En Europa se calcula que cada hogar desperdicia en promedio cerca de 80 kilos de comida al año. En otras palabras, cada año una familia europea tira a la basura entre 300 y 400 euros. Los productos más desechados suelen ser frescos como la fruta o la verdura, que una vez comprados son «abandonados» en el fondo de la nevera o en la despensa y que finalmente acaban en el cubo de la basura. La causa principal es una mala planificación: en demasiadas ocasiones vamos a comprar sin haber comprobado qué productos ya tenemos en nuestras cocinas y con frecuencia compramos alimentos que ya teníamos.

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Esta mala planificación se ve exacerbada por ofertas del tipo «pague 2, llévese 3» de algunos supermercados. Además de productos frescos, en los cubos de basura encontramos restos de nuestras comidas: pan, lentejas, carne estofada, etc. Estamos tan desconectados de la producción de alimentos que deshacernos de la comida que nos sobra en un mero acto reflejo. Esta ceremonia del desperdicio en los hogares ha llevado a muchas personas a afirmar que las familias son las principales responsables del derroche. Nada más lejos de la realidad: hay otros muchos actores con la misma o incluso mayor cuota de responsabilidad. Veamos los principales.

Ningún supermercado publica sus cifras de despilfarro ni permite que se audite cuántos kilos de comida se envían a los contenedores o se destruyen.

En un lugar destacado, están los supermercados y las tiendas de alimentación. La mayoría proclaman que tiran poquísima comida. El mensaje oficial es «menos del 3%». Sin embargo, prácticamente ningún supermercado publica sus cifras reales de despilfarro ni permite que entidades independientes auditen cuántos kilos de comida se envían a los contenedores o se destruyen. Una de las excepciones es la cadena inglesa Tesco, que hace unos años comenzó a incluir en su memoria anual la cifra real de desperdicio alimentario. Los números de Tesco estaban muy por encima de ese 3% y dibujan un escenario de despilfarro masivo en los supermercados.

 

Dictadura de la estética

El papel de los supermercados no se limita a la comida que directamente destruyen: también contribuyen de forma «indirecta». Por un lado, y como decíamos unas líneas más arriba, las cadenas de alimentación promueven una compra compulsiva con promociones del tipo «3×2». Por otro lado, las grandes cadenas imponen unos rígidos estándares estéticos en la mayoría de frutas, verduras y hortalizas. Tomates, plátanos, melocotones, zanahorias y otros muchos productos son rechazados por ser feos, por su tamaño (demasiado grandes o demasiado pequeños) o por no tener un color brillante. Esta dictadura de la estética hace que toneladas de alimentos se queden en el suelo ya que los agricultores saben que serán rechazados por las grandes cadenas y no se molestan en recolectarlos.

En este asunto los consumidores compartimos gran parte de la responsabilidad. Somos los primeros que compramos con los ojos y rechazamos fruta y verdura fea. Apenas existen datos fiables sobre las cifras reales de frutas, verduras y hortalizas que se quedan en el campo, pero algunas estimaciones apuntan que entre un 20 y un 40% se debe a criterios estéticos. La foto se torna más dantesca si tenemos en cuenta lo que sucede en el sector pesquero: toneladas de peces que se descartan por su tamaño o porque su venta no resulta rentable. Damos tan poco valor a los alimentos que preferimos pagar «poco» por productos procesados y poco saludables antes que retribuir de forma adecuada a aquellas personas que ofrecen productos frescos.

Tampoco podemos pasar por alto el abundante despilfarro en los restaurantes. Según un estudio de la Unilever Food Solutions, en España cada restaurante desperdicia entre 2 y 3 kilos de comida al día. Estas cifras incluyen tanto lo que dejan los comensales en el plato como los alimentos que los propios restaurantes acaban lanzando fruto de una mala planificación. Una vez más, hablamos de responsabilidades compartidas.

Nuestro modelo agroalimentario se caracteriza por una utilización masiva de agua para, por ejemplo, regar los campos o dar de beber al ganado.

Eso no es todo. La lista de lugares en los que se tira comida es larga: comedores escolares, universidades, cárceles, etc. El ritual del derroche se extiende a todos los niveles. El único consuelo es que en 2020 Naciones Unidas incorporó la reducción del despilfarro de alimentos como uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). La meta recogida en el Objetivo 12.3 es «reducir a la mitad el despilfarro de comida y la pérdida alimentaria en el año 2030».

El despilfarro tiene además un severo impacto medioambiental. Hemos de partir de la base que el sector agroalimentario es uno de las grandes responsables de los cambios que está sufriendo nuestro Planeta. La producción, transporte y manipulación de alimentos son actividades que emiten gran cantidad de gases con efecto invernadero. Es lo que se conoce como huella de carbono. Si tenemos en cuenta toda la comida que despilfarramos, veremos que genera unas 3,3 Gigatoneladas de CO2: si «dilapidar comida» fuera un país, sería el tercer país con más emisiones de CO2 (solo por detrás de China y Estados Unidos).

 

Huella hídrica

Asimismo, nuestro modelo agroalimentario se caracteriza por una utilización masiva de agua para, por ejemplo, regar los campos o dar de beber al ganado. Este consumo es lo que se conoce como huella hídrica o de agua. Pues bien, la comida dilapidada consume 250 km3 de agua, una cantidad que equivale al caudal que anualmente mueve el Río Volga. Eso no es todo. Nuestro modelo de producción alimentaria requiere un uso voraz de tierra para cultivos o para pastos: selvas y bosques son arrasados y transformados en suelo agrícola. Se calcula que el 28% de la superficie de la Tierra dedicada a cultivo sirve para producir «comida que tiramos». Tampoco podemos olvidar el perjuicio que la deforestación causa en la biodiversidad: muchos ecosistemas son devastados y numerosas especies se ven obligadas a emigrar, lo que en algunos casos les sitúa en peligro de extinción.

Se calcula que el 28% de la superficie de la Tierra dedicada a cultivo sirve para producir «comida que tiramos».

Cuando hablamos de sostenibilidad de nuestro modelo agroalimentario nos referimos precisamente al impacto que la agricultura y la ganadería tienen sobre el Planeta. Si, por ejemplo, arrasamos bosques para cultivar soja que después transportamos a la otra punta del planeta, no estamos hablando de un modelo sostenible. Si, por ejemplo, cultivamos maíz y lo convertimos en combustible, no es para nada sostenible por mucho que le pongamos la etiqueta bio. Y así un largo etcétera de casos.

Hecho pues el diagnóstico de la situación, voy a esbozar unas líneas de actuación que pueden contribuir a reducir el despilfarro de alimentos y a plantear un modelo agroalimentario más sostenible. La primera línea de actuación es concienciar a la ciudadanía sobre estos problemas. Eso incluye campañas informativas y también una asignatura obligatoria de Alimentación en los colegios.

 

Comprar fruta fea

En segundo lugar, necesitamos un marco legislativo que evite el despilfarro. Francia e Italia ya cuentan con leyes específicas contra el despilfarro de alimentos y el Parlament de Catalunya aprobó en marzo de 2020 una ley muy completa. En tercer lugar, los ciudadanos debemos apostar por el producto de temporada y de proximidad. Adiós al capricho de comer manzanas todo el año. Larga vida a la fruta fea. También tenemos que recuperar un poco de cordura cuando compramos (hagamos una lista de la compra), cuando cocinamos (las sobras se pueden congelar) o cuando vamos a restaurantes (pidamos para llevar lo que queda en el plato).

Debemos apostar por el producto de temporada y de proximidad. Adiós al capricho de comer naranjas o mandarinas todo el año.

En cuarto lugar, debemos apoyar aquellos proyectos empresariales que promueven una alimentación sostenible o que luchan contra el desperdicio alimentario. En quinto lugar, hemos de contar con datos fiables sobre hambre y despilfarro. Será la única manera de medir nuestro progreso. Los supermercados por ejemplo podrían publicar de forma transparente la comida que desperdician. En sexto lugar, tenemos que incluir la lucha contra el hambre como una de las prioridades de nuestra agenda política. Y por último, tenemos que seguir apostando por fuentes alternativas de proteína ya que alimentar con carne roja a 9.700 millones de personas no es una opción viable (ni tampoco saludable).

La buena noticia es que todos podemos, en nuestro día a día, contribuir a reducir el despilfarro y a favorecer la sostenibilidad del Planeta. Solo tenemos que tomar decisiones de compra más conscientes.