Este 2022 que dejamos atrás ha sido el año de la guerra. No ha sucedido nada que no estuviera bajo su sombra siniestra. La guerra ha mandado en los últimos meses en Europa, con efectos sobre las economías, las elecciones y la vida política entera. Con ciudades bombardeadas, hileras de refugiados, trincheras y columnas de blindados, saqueos, ejecuciones sumarias, fosas llenas de cadáveres, cámaras de tortura, deportaciones de poblaciones, reclutamientos forzosos y, por si fuera poco, la amenaza de una guerra europea generalizada e incluso del uso terrorífico de las armas nucleares.

No se había visto algo así desde hacía 80 años. Todos los nacidos después de 1945, la inmensa mayoría, no habíamos conocido ni sabíamos nada de esta especie de atmósfera angustiosa creada por una matanza entre contemporáneos tan cercanos a nosotros. Sólo la habíamos intuido de lejos con las guerras en Oriente Medio y África, o con la década negra de los 90 de las guerras balcánicas, mucho más acotadas y sin participación directa de una gran potencia nuclear como es el caso de la Federación Rusa.

Eran muchos los que creían que la gesticulación y las advertencias de Putin antes del 24 de febrero eran simples bravatas sin consecuencias. Una vez iniciada la invasión, también eran muy pocos lo que creían en la capacidad de resistencia del ejército ucraniano y de supervivencia del gobierno de Kiev. De hecho, las insinuaciones más o menos explícitas para que Volodímir Zelenski evitara la guerra abierta llegaron antes de que comenzaran las hostilidades, pero fue el presidente ucraniano, decidido a no aceptar las invitaciones para abandonar el país, lo que definió el curso de los combates y su papel como primer combatiente contra Putin.

La UE está definiendo su papel en el orden internacional en la construcción de la Ucrania en paz e integrada en Europa que saldrá de la guerra.

El hecho es que encaramos el segundo año de la guerra con la esperanza de que llegue la paz en este 2023 y de que sea en condiciones favorables para Kiev. Vladímir Putin ha perdido todas las batallas. La invasión ha fracasado. El ejército ruso ha demostrado una ineptitud que ha sorprendido a todo el mundo. Ucrania no sólo ha conseguido sobrevivir a la agresión del que era considerado el segundo ejército del mundo y bajo una amenaza nuclear, sino que ha recuperado gran parte de los territorios y la única capital de provincia (óblast) que había perdido con la invasión. La OTAN ha salido reforzada y se ha desplazado más hacia el Este, con la incorporación de Suecia y Finlandia, dos socios de gran valor estratégico. Ucrania ya es candidata de pleno derecho al ingreso en la Unión Europea. No hay divisiones relevantes entre los aliados, ni entre la OTAN y la UE, más allá de las que vienen determinadas prácticamente por la geografía. Putin ha conseguido el efecto contrario al que buscaba al declarar la guerra.

 

Integración plena en la OTAN

La guerra ya ha transformado Europa. Las dimensiones de la ayuda militar que Ucrania está recibiendo dibujan su futura arquitectura de seguridad. Lo mismo sucede con las sanciones económicas a Rusia. El ingreso de Kiev al club europeo es sólo cuestión de tiempo. Y el establecimiento de una estrecha relación con la Alianza Atlántica —en buena parte origen del litigio con Moscú, pese a ser uno de los elementos en discusión en las futuras negociaciones de paz— se puede dar casi por adquirida, con la forma de una integración plena bajo la protección del artículo 5 del Tratado Atlántico respecto a la mutua defensa o alguna otra fórmula de similar eficacia.

Para garantizar que Moscú no repetirá la jugada, será necesario que la futura soberanía ucraniana cuente con una protección militar del mismo tipo que recibe Israel por parte de Estados Unidos, comprometido a mantener la ventaja diferencial en armamento (military edge) respecto a todas las potencias vecinas mientras no haya un reconocimiento mutuo, un tratado de paz perfectamente vinculante y, en consecuencia, una poderosa garantía internacional de seguridad.

La invasión rusa de Ucrania ha ocupado la escena internacional y lo ha condicionado todo durante el pasado año, como corresponde a una agresión que busca la alteración del orden europeo e internacional.

La llegada de la primavera, poco después de que la guerra entre en su segundo año, definirá rápidamente el futuro. Tendrá un gran peso el desenlace militar del invierno y también el estado de ánimo de la población ucraniana después de sufrir la temporada de frío probablemente más dura y amarga desde la Segunda Guerra Mundial. Y contará, sobre todo, la capacidad de Estados Unidos, con un Congreso de mayoría republicana, para continuar manteniendo la ayuda militar, y de la UE para perseverar en las sanciones contra Moscú.

 

El escenario más esperanzador

La definición del futuro, en todo caso, la harán los hechos sobre los campos de batalla. Si Rusia consiguiera recuperar por primera vez la iniciativa, cosa improbable, Zelenski se vería abocado a abrir el diálogo y, probablemente, a hacer concesiones territoriales. En caso de que se mantenga el equilibrio e incluso de que se estabilicen los frentes, no se puede excluir un armisticio indefinido sin paz definitiva como el que firmaron las dos Coreas en 1953 y que aún está vigente.

En cambio, si es el ejército ucraniano el que sigue avanzando y recuperando territorios, se abriría el escenario más esperanzador de unas conversaciones de paz favorables para Kiev y, a la vez, el más peligroso de una reacción nihilista y desesperada de Putin, es decir, la temida escalada militar. O alternativamente, la deposición del dictador ruso en un golpe de palacio dentro del Kremlin, una salida clásica en la historia de Rusia como reacción a las derrotas militares, pese a que ahora no haya un solo indicio que pueda constituir la sorpresa que nos traiga el nuevo año 2023.