Lo escribe diáfanamente en su autobiografía: de niño ya odiaba a todo el mundo, cada caricia le daba ganas de vomitar, despreciaba a la humanidad porque la veía como un poder que se enfrentaba a la ley suprema de su voluntad —«la voluntad no es otra cosa que una oscura manifestación del Absoluto en el reino animal»—, y se veía como alguien decididamente ridículo, divertido y tímido, como alguien desobediente y criminal —robaba porque sí, de noche rompía los vidrios de las ventanas de las casas vecinas, ponía piedras en las vías del tren e incendiaba gavillas de grano.

A los 16 años ya había insultado seriamente a la Iglesia, el Estado y la Corona —el Imperio Austrohúngaro le vedó el acceso a cualquier centro educativo—, se fugó con la segunda esposa de su padre para tratar de hacerse una idea aproximada del incesto, recorrió Austria y Suiza sin temor a la indigencia y, como estaba convencido del deber de desviarse sistemáticamente de toda norma humana, y de que cualquier trabajo o compromiso social era «el súmmum de la infamia» —aunque en Praga trabajara de ferroviario, fabricara una especie de sucedáneo de tabaco y lustrara zapatos en el vestíbulo de un hotel mientras la tuberculosis le iba minando los pulmones, y se alimentara exclusivamente de alcohol y de gusanos—, no es de extrañar que un compatriota suyo, Karel Capek, dijera que a su lado Diógenes dentro de su barril parecía un suntuoso terrateniente: si se hiciera una lista de los autores que voluntariamente decidieron marginarse del mundo, el escritor checo Ladislav Klíma (1878- 1928) podría ser un candidato seguro a ocupar uno de los puestos de honor.

A partir del momento en que el protagonista descubre una infidelidad de su esposa, el lector se adentra en una zona de terror.

De su obra en gran parte póstuma —los ensayos, los aforismos y la narrativa que sobrevivieron a la quema de papeles que hizo durante un ataque de rabia contra el mundo— Bohumil Hrabal aprendió que escribir sobre la realidad tenía que ser algo parecido a lanzar un chorro de agua fría sobre un diente cariado, Milan Kundera siempre valoró la habilidad con que las digresiones de carácter filosófico no sólo no debilitaban, sino que corroboraban la disciplina de sus composiciones narrativas, y Vaclav Havel no dejaba de elogiar el hecho de que su tendencia al escándalo no pudiera dejar a nadie indiferente.

 

La euforia del trastorno

El lector de Els sofriments del príncep Sternenhoch quizá no se indignará como lo hicieron los contemporáneos de Ladislav Klíma en el momento de la publicación de la novela, en 1928, y el horror que se extiende por todas sus páginas no alterará el sueño de nadie, pero es indiscutible que la conjunción arrebatada de desvarío grotesco y pesadilla voraz que devora al protagonista le brindará el privilegio de ver de cerca las llamas del infierno de una mente varada en la euforia del trastorno: el sadomasoquismo psicológico y físico parece regir cualquier relación humana, la violencia y la tortura devienen una práctica ordinaria, el amor se convierte en un interminable calvario fantasmagórico al fondo del cual sólo hay lugar para la locura y la muerte, y el alcohol y la embriaguez llenan la vida real de penumbra y reacciones siniestras, como si el príncipe Sternenhoch estuviera perpetuamente sumido en el colapso, en la incapacidad para estar despierto y soportar la vida, o mejor dicho, la sucesión de los hechos de la vida, como si su interior se afanara drásticamente en construirse una forma demoníaca y diabólica, inhumana en cualquier caso, mientras el mundo exterior sigue su curso tan despacio como siempre.

 

La fealdad de lo grotesco

Como si parodiase desde la sátira, la fantasía y el humor negro a Goethe y Los infortunios del joven Werther —las aventuras del príncipe Sternenhoch constituyen una novela de aprendizaje demencial—, Ladislav Klíma narra la historia exaltada de un amor cruelmente apasionado para constatar, al fin, la distancia existente entre la realidad y lo que cada uno cree que es.

Escrita en primera persona al modo de un diario, en Els sofriments del príncep Sternenhoch todo tiene la fealdad de lo grotesco: «puedo decir sin vacilar que tengo buena planta», dice el protagonista, «a pesar de alguna imperfección, como por ejemplo que mido sólo un metro y medio y peso cuarenta y cinco kilos; que apenas me queda algún diente y que soy casi calvo y barbilampiño, además de un poco bizco de un ojo y bastante cojo».

Según él, es uno de los altos dignatarios del imperio, no duda que su posición social le llevará a conseguir un cargo altísimo en la cancillería, pero el azar hace que durante un baile de la alta sociedad coincida con Helga, «más pobre que una rata, pero descendiente de un linaje celebérrimo», y porque sí, porque «soy muy proclive a las excentricidades», sin haber intercambiado ni una sola palabra, y a pesar de no amarla nada —«si entre mis emociones había una pizca de este sentimiento, la repulsión que sentía por ella era diez veces más fuerte»—, decide que le resulta inevitable casarse con ella a pesar de «encontrarla francamente fea», con «una silueta larguirucha y flaca que espeluznaba», de parecer «un cadáver accionado por algún tipo de mecanismo» y de no haber visto nunca «un rostro tan repulsivo y espantoso como aquel».

Ladislav Klíma es un artista a la hora de crear escenas tan oníricas como un infanticidio o la profanación de un cadáver.

Y a partir de aquí, a partir del momento en que el protagonista descubre una infidelidad de su esposa, el lector se adentra en una zona de terror —a veces se puede pensar que se está leyendo la novela gótica que podría haber escrito Nietzsche— donde el bien y el mal, la vida y la muerte, se encabalgan en un frenesí narrativo en el cual el lector oscila entre la risotada salvaje —sin pausa ni clímax, el príncipe es un artista de la ridiculez cómica— y el escalofrío feroz: Ladislav Klíma es un artista a la hora de crear escenas tan oníricas como un infanticidio o la profanación de un cadáver —«defequé sobre su cara y, después de embadurnarme uno de mis calcetines, se lo embutí en la boca. También le lancé un par de escupitajos, me soné la nariz sobre su rostro…»—, como si también creyera lo que decía Kafka, que «la realidad más genuina es siempre irreal».

 

Ladislav Klíma i el seu llibre Els sofriments del príncep Sternenhoch.
Ladislav Klíma. Els sofriments del príncep Sternenhoch. Barcelona: Ediciones de 1984, 2021. 240 págs.

 

Hilarante y furibunda

Y es esta sensación de irrealidad, justamente, lo que domina los avatares de Els sofriments del príncep Sternenhoch porque Ladislav Klíma juega con el cambio constante entre sueño y realidad, entre fantasía y cotidianeidad, entre la normalidad y la exageración, entre la verdad y la mentira, como si todo fuese un conjunto de paradojas en el que una cosa puede ser la otra y al revés, como si no existiera ninguna frontera lógica para distinguir la vida de la muerte.

El lector siempre tiene dudas sobre si el príncipe está soñando o despierto, si percibe la realidad o sufre alucinaciones, si Helga está viva o muerta. «En un momento la locura puede parecer la razón; en otro, la razón parece una locura», escribe Ladislav Klíma. Es solo un poco inconsistente y una obvia concesión a la convención literaria —es una de las pocas objeciones que se le pueden hacer a esta novela hilarante y furibunda— que al final se revele que el protagonista se ha vuelto loco y que todos los acontecimientos tempestuosos y las visiones horrorosas han sido solamente fruto de su mente enferma.