Hace tres días que vagan como sonámbulos por el campo de batalla entre los cadáveres, pero a pesar de tener la cabeza tan nublada como para darse cuenta de que después de la noche oscura vuelve a caerles encima un sol inclemente, hablan y ríen y avanzan o retroceden con movimientos rápidos y seguros: son los supervivientes de la duodécima batería, seis artilleros y un oficial, el narrador, que reconoce y, a la vez, no reconoce nada de lo que le rodea —todo parece conocido, pero atravesado por un misterio infinito—, y que en cuanto cierra los ojos ve como en una imagen inmóvil fragmentos de la habitación de su casa —un trozo de pared con un papel pintado azul, un jarro de agua polvorienta, una lámpara con una pantalla verde sobre una mesita— y a su esposa y a su hijo insomne en la habitación contigua, una anomalía doméstica que le perturba tanto que lo lleva a preguntar a un soldado por qué no duerme el niño y «él me explicó largamente y con todo detalle no sé muy bien qué, ambos asentimos con la cabeza. Y él todavía se rio, arqueando la ceja izquierda y guiñando el ojo maliciosamente a alguien de detrás. Pero detrás solo se veían las plantas de unos pies… y nada más».

El cielo está negro con algunas franjas de un rojo de fuego, pero cuando despuntan las primeras luces del día empieza a llover y el aguacero adquiere un aspecto tan amenazador como los obuses que silban y explotan, como los truenos de los cañones: la lluvia trae a la memoria del narrador el pensamiento «de una cosa agradable y tranquila de mi infancia o de mi primer amor», y, mientras tanto, el agua va resbalando por la cara amarilla y obesa de un artificiero herido de muerte. Y entonces, de repente, el narrador se da cuenta de que tiene delante a un soldado joven, de una palidez extraordinaria, que le saluda con la mano derecha en la visera, como si ese gesto le pudiera quitar de encima el miedo demencial que le impide pronunciar ninguna palabra y que solo permite a sus labios una sonrisa temblorosa.

El narrador le pregunta si está asustado, pero no obtiene ninguna respuesta porque, de improviso —el horror siempre nace de improviso— pasa «una cosa incomprensible, monstruosa, sobrenatural. En la mejilla derecha noté un soplo cálido, un vientecillo que me sacudió con fuerza… y nada más, pero ante mis ojos, en lugar de la cara pálida había una cosa corta, plana, roja, de donde manaba mucha sangre, como de una botella destapada, como las que salen dibujadas en los carteles de los anuncios. Y en aquella cosa corta, roja y goteante, todavía perduraba una especie de sonrisa, una risa sin dientes: la risa roja».

 

Locura y horror

Capaz todavía de crispar los nervios y remover la conciencia de cada lector con una fértil lógica fantasmal que evita siempre la invasión del efectismo estéril, en La rialla roja, una novela publicada en 1902 e inspirada en los avatares de la guerra ruso-japonesa, Leonid Andréiev (Oriol, Rusia, 1871 – Mustamäki, Finlandia, 1919) se revela como un artista de las siniestras aventuras y las consecuencias imprevisibles que generan la locura y el horror de la guerra: «… locura y horror» son las dos primeras palabras que el lector encuentra en la primera página y que, en efecto, se van desplegando con todos sus matices a lo largo de La rialla roja, el delirio alucinante y guiñolesco —pero muy veraz— de las escenas bélicas de una guerra que en ningún momento se identifica abiertamente y que se extiende más allá del campo de batalla, una vez que el protagonista y narrador vuelve a su hogar después de que le hayan amputado las dos piernas.

Andréiev se revela como un artista de las siniestras aventuras y las consecuencias imprevisibles que generan la locura y el horror de la guerra.

Atrás quedan la extenuación y el hambre, los heridos que se retuercen como serpientes y la sangre de los muertos, el enloquecimiento colectivo y la voluntad misteriosamente implacable de seguir adelante a pesar del temor que embriaga a todo el mundo, la energía de los soldados a los que les resulta indiferente vivir o morir, pero en su casa el narrador no puede ni sabe liberarse de la pesadilla angustiosa de «la risa roja» —a veces parece que ha tenido el inoportuno privilegio de acceder a la clave de un secreto incomprensible y hermético—, porque entonces ya ha comprendido que «se encontraba en el cielo, en el sol, ¡y que pronto se esparciría por toda la tierra la risa roja!» Y el lector no tarda en constatar que este combatiente mutilado no se equivoca en absoluto: en la segunda parte de la novela el protagonista ya ha muerto y la voz narradora pertenece al hermano de la víctima.

Este no ha sido reclutado por el ejército, no ha experimentado los tormentos de los campos de batalla, pero la atmósfera opresiva de la guerra que se respira por todas partes se apropia de su pensamiento, y escribe: «hay momentos en que ya no soporto más la tortura de estos cercos de hierro que me oprimen el cerebro, y me entran unas ganas irresistibles de salir corriendo a la calle, a la plaza, donde hay mucha gente, y gritar: “Parad ahora mismo la guerra”», o en la estación de tren ve a unos prisioneros temblorosos y aturdidos que bajan de un vagón, lee en los diarios noticias sobre «absurdas batallas sangrientas», en un teatro contempla a los hombres que le rodean y piensa que «cada uno de ellos podría convertirse en un cadáver y todos tenían aire de locos», y, cuando se mete en la cama tiene sueños absurdos y terribles, «como si a mi cerebro le hubieran quitado la tapa y, sin la protección ósea, desnudo, hubiera absorbido dócilmente y con avidez todos los horrores de estos días sangrientos y demenciales». Es durante una noche de pesadilla infernal cuando se le aparece su hermano para explicarle que la cosa enorme, roja, sangrienta y que le ríe con «una boca desdentada» es «la risa roja. Cuando la Tierra se vuelve loca, empieza a reírse así. Porque ya sabes que la Tierra se ha vuelta loca, ¿no? Ya no tiene flores ni cantos, se ha vuelto redonda, lisa y roja, como un campo desollado».

 

Leonid Andréiev La rialla roja Barcelona: Males Herbes, 2021 Traducció de Jaume Creus | 128 pàgs.
Leonid Andréiev. La rialla roja. Barcelona: Males Herbes, 2021. Traducció de Jaume Creus 128 págs.

 

Narración líricamente apocalíptica

Quizá sea cierto que Chéjov no iba tan descaminado cuando observó que en la literatura de Leonid Andréiev había una cierta falta de sinceridad y poca sencillez, pero también es verdad que La rialla roja, a pesar de la evidencia alegórica, es un retrato vívido y palpitante, de un pesimismo que no se excede nunca ni se decanta en ningún momento hacia el sermón, con un tono de voz exacto y con la precisión inconsútil de la narración líricamente apocalíptica, de la devastación física y los estragos mentales que ocasiona en la población, tanto en los habitantes de las trincheras como en la gente que vive en la retaguardia.

Quizá sea cierto que Leonid Andréiev no tiene la panorámica de Tolstoi ni la profundidad de Dostoyevski, y seguramente también debe ser verdad que no llega a la farsa cósmica y tenebrosa de Gógol, ni es capaz de construir unos espectáculos verbales tan nítidos y espontáneos como Turguénev, pero sería injusto olvidar que no son pocos los escritores aparentemente «menores» que, en todas las literaturas, han dado obras maestras tan dolorosamente fascinantes y tan memorables como La rialla roja.