Hace tres días que vagan como sonámbulos por el campo de batalla entre los cadáveres, pero a pesar de tener la cabeza tan nublada como para darse cuenta de que después de la noche oscura vuelve a caerles encima un sol inclemente, hablan y ríen y avanzan o retroceden con movimientos rápidos y seguros: son los supervivientes de la duodécima batería, seis artilleros y un oficial, el narrador, que reconoce y, a la vez, no reconoce nada de lo que le rodea —todo parece conocido, pero atravesado por un misterio infinito—, y que en cuanto cierra los ojos ve como en una imagen inmóvil fragmentos de la habitación de su casa —un trozo de pared con un papel pintado azul, un jarro de agua polvorienta, una lámpara con una pantalla verde sobre una mesita— y a su esposa y a su hijo insomne en la habitación contigua, una anomalía doméstica que le perturba tanto que lo lleva a preguntar a un soldado por qué no duerme el niño y «él me explicó largamente y con todo detalle no sé muy bien qué, ambos asentimos con la cabeza. Y él todavía se rio, arqueando la ceja izquierda y guiñando el ojo maliciosamente a alguien de detrás. Pero detrás solo se veían las plantas de unos pies… y nada más».

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El cielo está negro con algunas franjas de un rojo de fuego, pero cuando despuntan las primeras luces del día empieza a llover y el aguacero adquiere un aspecto tan amenazador como los obuses que silban y explotan, como los truenos de los cañones: la lluvia trae a la memoria del narrador el pensamiento «de una cosa agradable y tranquila de mi infancia o de mi primer amor», y, mientras tanto, el agua va resbalando por la cara amarilla y obesa de un artificiero herido de muerte. Y entonces, de repente, el narrador se da cuenta de que tiene delante a un soldado joven, de una palidez extraordinaria, que le saluda con la mano derecha en la visera, como si ese gesto le pudiera quitar de encima el miedo demencial que le impide pronunciar ninguna palabra y que solo permite a sus labios una sonrisa temblorosa.

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