Después de que Milan Kundera cotejara personalmente la versión francesa de su opera prima, la novela La broma, traducida a la mayoría de lenguas occidentales, y se diera cuenta de las elecciones libérrimas en aquella edición, su amigo Pierre Nora, historiador al frente de la revista Le Débat en Gallimard, le propuso componer una suerte de glosario, o diccionario personal, con las palabras clave de su obra. Este se incluyó en El arte de la novela, en la sección titulada «Sesenta y siete palabras». Presentamos aquí, a modo de homenaje, algunas entradas y completamos otras originales de aquel peculiar reto.

 

América latina

Cuando se trasladó a Francia en 1975, Kundera estrechó lazos con autores de Latinoamérica como Carlos Fuentes, a la sazón diplomático en París. En aquel inmenso territorio cultural —«descuidado, despreciado, abandonado, paria», como Centroeuropa— vio una peculiar familiaridad. Eran «dos límites de Occidente situados en extremidades opuestas», unidos por un «puente plateado, sutil, trémulo», y durante el siglo xx ambos tuvieron un papel crucial en la evolución de la novela. Cien años de soledad es pura poesía, dijo, «libertad de fantasía»; Abadón el exterminador, un espejo de esas novelas vienesas que aspiraban a «abarcar la vida humana como un todo».

 

Centroeuropa

Cada vez que impartía un curso en la Escuela de Estudios Superiores de París, Kundera empezaba trazando en la pizarra un mapa de Europa en el que marcaba las tres capitales que conformaban su triángulo de interés intelectual: Budapest, Viena y Praga. Allí el género novelístico evolucionó hacia una novela que piensa, que se concentra en lo esencial y dice «lo que solo ella puede describir y decir». Hermann Broch fue la encarnación de ese giro —junto con Musil y Gombrowicz— porque en él «había quedado grabada toda la tragedia de la Europa de su tiempo».

 

Dostoievski

Tras la irrupción en Praga de los tanques soviéticos, los libros de Kundera se suprimieron de librerías y bibliotecas. Tampoco se le permitió ejercer como escritor. Si lo hizo, fue firmando con nombre falso. Un director de teatro le propuso adaptar El idiota. Al volver a sus páginas, entendió que prefería morir de hambre antes que aceptar el encargo. A su modo de ver, había demasiado sentimentalismo agresivo y fatalismo servil en Dostoievski. En su mundo, el del homo sentimentalis, «el sentimiento se ha elevado al rango de valor y verdad» (La inmortalidad).

 

Exilio

Las preguntas sobre su experiencia del exilio fueron una constante en las entrevistas que le hacían. Implicaba la pérdida del hogar, pero ¿qué era el «hogar» en Francia cuya lengua no tiene una palabra específica para designarlo? «La palabra “hogar” es muy hermosa en su exactitud. Perderla, en francés, es uno de esos diabólicos problemas de la traducción —apuntó en 1984—. (…) Me pregunto si nuestra noción de hogar no es, al fin y al cabo, una ilusión, un mito. Si la idea de tener raíces no es solo una ficción a la que nos aferramos». Los personajes kunderianos encarnan debates de este tipo: en La insoportable levedad del ser, Sabina quiere liberarse de sus raíces, mientras que para Tereza todo lo que está más allá del hogar es un desierto. Como Stravinsky, Kundera abominaba de la noción negativa del exilio. En cualquier caso, para un autor de una lengua minoritaria, «las traducciones lo representan todo». Antes de Francia, los Kundera barajaron instalarse en Islandia, Martinica y Córcega.

 

Franz K.

«Cuando no leo a Kafka, pienso en Kafka. Cuando no pienso en Kafka, echo de menos pensar en él. Después de no pensar en él durante un tiempo, lo saco y lo vuelvo a leer». Son palabras del escritor húngaro László Krasznahorkai extraídas de una entrevista de 2013, pero podrían ser también de Kundera. Porque el de Praga es la figura que nos recuerda que «se puede salir de la tradición y escribir de otra manera».

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Humor

«Yo tenía melancolía de Bohemia. Milan escribió El libro de la risa y el olvido [durante un verano en Belle-Île-en-Mer] para que yo no estuviera triste», contó Véra Kundera, su viuda. Una de sus constantes fue interrelacionar la novela europea tirando del hilo del humor —de Rabelais a Gógol—, una herramienta forjada por el desengaño que nos recuerda la banalidad de todas las cosas. Para él, Kafka no era un escritor trágico, sino que los «eruditos» y los «especialistas» habían opacado su comicidad. Kundera evitaba a los que no tenían sentido del humor — los mismos que Rabelais llamaba con un neologismo de origen griego, agélastos, «el que no ríe»— o a los que veían un sacrilegio en toda broma, aunque sea esa precisamente la esencia del humor.

 

Janáček

Durante la preproducción de la adaptación cinematográfica de La insoportable levedad del ser, Kundera sugirió que para la banda sonora se utilizara el repertorio del compositor checo de quien fue un gran promotor su padre, el pianista y musicólogo Ludvík Kundera. «Mi propósito es, al igual que Janáček —declaró en una entrevista—, liberar a la novela del automatismo de la técnica novelística, del hilvanado novelístico de las palabras». Kundera admiraba la determinación del autor de Jenufa para «ir directamente al corazón de las cosas. (…) Sólo tiene derecho a vivir la nota con algo esencial que decir».

 

Lítost

Cada lengua defiende sus intraducibles, palabras que no tienen equivalente en las demás, tal vez animales y plantas autóctonas, objetos, fenómenos que no se dan en otras partes del mundo. Y, sobre todo, de ciertos sentimientos, como la nostalgia. Según el Dictionnaire des intraduisibles, hay más de un término equivalente «para designar el malestar o malaise característicos de una cultura o genio nacional»: la saudade portuguesa, el dor rumano, el Sehnsucht alemán, la toská rusa… Kundera llegó a definir al europeo como aquel que siente nostalgia de Europa. Hay otras modulaciones de la tristeza humana como la tuga búlgara, el dolor por aquello que no ocurrió, o el lítost checo, por la conciencia de la propia miseria. Lítost también es el «exhibicionismo moral», como cuando reproduce una pintada de la Primavera de Praga que dice: «¡No queremos concesiones, sino la victoria!». Este concepto, junto con otro checo, el souicit [compasión], atraviesa toda su obra.

 

Modernidad

 «Uno de los hechos más sorprendentes de la vida moderna —declaró en una entrevista a The New York Times de 1984— es hasta qué punto el periodismo (es decir, las noticias) se ha apoderado de la cultura, en que la política ocupa el primer lugar en la escala de valores. Tanta gente tiene esta visión que reduce su cultura a «las noticias». (…) «Si escribo una historia de amor y en ella hay tres líneas sobre Stalin, se hablará de esas tres líneas y se olvidará el resto». El flujo de noticias como máxima expresión de la modernidad.

 

Novela

La novela se convirtió en el refugio de Kundera contra la «lírica del totalitarismo». Toda dictadura tiene sus rapsodas. Viniendo de la poesía —sus tres primeras publicaciones fueron poemarios—, para Kundera la novela fue algo más que un género literario, más bien un acto de «resistencia, desafío y rebeldía», el espacio de la hipótesis y el juego. Porque la novela, a su modo de ver, no se alinea con una política, una religión, una ideología moral o un colectivo, como refleja este diálogo de Los testamentos traicionados: «¿Es usted comunista, señor Kundera?». — «No, soy novelista.» — «¿Es usted disidente?» «No, soy novelista.» — «¿Es usted de izquierdas o de derechas?» — «Ni lo uno ni lo otro. Soy novelista.» Una definición novela a partir de sus límites: «pieza larga de prosa sintética basada en un argumento con personajes inventados».

 

Ocultación

Una de las citas más repetidas por Kundera es aquella de Flaubert —de quien dijo que con él la novela perdió su sentimiento de inferioridad— que dice que el autor debe desaparecer en su obra. O, en otras palabras: «el artista debe hacer creer a la posteridad que no ha vivido». Y así lo hizo: a partir de un momento dado no concedió entrevistas ni apareció en los medios de comunicación. Situó al mismo nivel los servicios secretos soviéticos y a los periodistas, pues ambos saqueaban la vida interior del individuo. En la edición de sus obras completas —Oeuvre, en singular— en La Pléiade, no aparece una biografía suya. Todo lo controló él, algo excepcional. Kafka no pudo hacerlo.

 

Primavera

En conversación con Philiph Roth: «Los hombres nos sabemos mortales, pero damos por sentado que nuestro país posee una especie de vida eterna. Tras la invasión rusa de 1968, todos y cada uno de los checos hubieron de enfrentarse a la idea de que un país podía tranquilamente ser borrado de Europa. (…) En el breve transcurso de medio siglo, [Checoslovaquia] conoció la democracia, el fascismo, la revolución, el terror estalinista y su desintegración, la ocupación alemana y rusa, las deportaciones en masa, la muerte de Occidente en su propia tierra». De ahí la importancia de cierta memoria: «La nación que pierde conciencia de su pasado también va perdiendo gradualmente la conciencia de sí misma».

 

Sexo

Kundera no rehúye el erotismo, al contrario. Las escenas sexuales emiten una luz especial que desvela la esencia de los personajes y sus secretos más profundos. El orgasmo convertido en un destello de verdad.

 

Traducción

A partir de mediados de los años ochenta, Kundera decidió revisar, sin dejar página libre de correcciones, las traducciones al francés de sus títulos hasta la fecha, aunque «el autor que se afana por supervisar las traducciones de sus novelas corre detrás de las múltiples palabras como un pastor tras un rebaño de corderos salvajes». Luego les otorgó el estatuto de originales: «solo el texto revisado por el autor tiene el mismo valor que el texto checo». Desde 1995 empleó el francés como lengua literaria, que le abrió las puertas de la globalización del mercado literario. En una entrevista de 1979 le preguntaron por qué había habido un cambio de estilo tan brusco, del florido de La broma a uno más sobrio. Al consultar la traducción se dio cuenta de que el texto se había «reescrito» con «metáforas embellecedoras» y falta de respeto a las repeticiones y a la puntuación. El cambio de lengua no estuvo exento de críticas, como si ahora se le pudiera atacar por su francés de estilo «seco como un crucigrama», algo vetado antes por desconocer la lengua original del texto. Algunas de sus siguientes obras aparecieron antes en italiano o español, para sortear que la primera fuera la francesa. «El 50% del talento de un escritor es su estrategia», dijo.

 

Ucrania

En la traducción inglesa de Un Occidente secuestrado, originalmente publicado en francés en 1983, Kundera añadió una nota al pie en que comentó la pulsión uniformadora de Rusia hacia sus países vecinos: «Una de las grandes naciones europeas (¡hay casi cuarenta millones de ucranianos!) está desapareciendo lentamente. ¡Y de este enorme acontecimiento, casi increíble, Europa no se da cuenta!». La frontera mental y divisoria dentro del Viejo Continente, que Kundera quiso borrar, avanzó hasta el Donbás a partir de la Revolución naranja.

 

Vigilancia

A lo largo de los años sesenta y hasta mediados de los ochenta, los servicios de seguridad checoslovacos (Státní bezpečnost) llevaron registros de la vida de Kundera, también en el extranjero. El Instituto para el Estudio de los Regímenes Totalitarios de Praga conserva las 2.374 páginas mecanografiadas con el sello «rigurosamente confidencial» que componen su dosier, según el plan «Primero, obligarles a abandonar el país. Segundo, impedirles que regresen». En 1979, a Kundera le quitaron la ciudadanía checoslovaca y no la recuperó hasta 40 años después. «En los legajos de los archivos policiales está nuestra única inmortalidad», escribió en El libro de la risa y el olvido.