¿Qué explica que quienes han ejercido una función diplomática se sientan empujados a narrarla ya sea en forma de diario, recuerdos, epistolario o, lo que es más frecuente, memorias? Probablemente, la excepcionalidad de las circunstancias vividas, a veces peligrosas para la integridad física del diplomático y de la familia -si lo ha acompañado-. Casi siempre cada misión habrá requerido la adaptación a condiciones materiales y culturales diferentes de las de su país; además, se trata de una función poco agradecida, ignorada por el gran público, y, aun así, trascendente en muchos casos, puesto que puede haber evitado conflictos, salvado vidas, mejorado las relaciones entre gobiernos. Con todo ello, una función útil, también en tiempos tecnológicos que parecen querer liquidar las formas convencionales de relación.

Este reto diplomático y vital lo ha afrontado Josep María Lloveras al frente de las delegaciones de la Unión (entonces de la Comisión Europea) en zonas críticas y en momentos especialmente delicados: en Bangui, capital de la República Centroafricana, un país situado en medio de África sin salida en el mar, independiente de Francia desde 1960, de unos 623.000 km² y unos cinco millones de habitantes, con un PIB por habitante de 460 € (2022) -el PIB medio de la Unión Europea es de 35.455 € (2023)- y un gasto público en salud por habitante de 3 € (2022), que ha pasado por gobiernos militares, motines, golpes de estado, intervenciones exteriores, una sacudida detrás de otra.

Y en Belgrado, cuando era la sede parlamentaria y administrativa de la Unión Estatal de Serbia y Montenegro (febrero 2003-junio 2006), entidad que sustituyó parcialmente la desmembrada República Federal de Yugoslavia y que se disolvió en 2006 como consecuencia del referéndum de independencia de Montenegro. La efímera Unión Estatal contaba con una superficie de 102.350 km² y unos 10,83 millones de habitantes.

No todas las memorias de diplomáticos aportan datos de interés, descripciones aclaratorias de acontecimientos, interpretaciones valiosas de la posición de los gobernantes del Estado receptor, muchas no pasan de ser un anecdotario de viajes y curiosidades, otras han sido una fuente imprescindible de información. Los historiadores de las causas de la Segunda Guerra Mundial han rebuscado a menudo en las memorias de los diplomáticos de la época.

Si bien tampoco hay que esperar grandes revelaciones porque la función diplomática comporta, precisamente, una necesaria reserva, que moralmente -quizás también reglamentariamente- obliga a mantenerla una vez acabada la misión e incluso durante la jubilación.

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La diplomacia no se ejerce en la plaza pública aireando a los cuatro vientos las prácticas del oficio. La función diplomática consiste en la defensa de los intereses del Estado que se representa y esto requiere de la reserva mencionada; no se puede pedir transparencia –“el final de los secretos, sería el final de la política”, dice el filósofo Byung-Chul Han, y, por supuesto, de la diplomacia, que es una manifestación de la política-.

El jefe del Estado centroafricano tardó semanas en recibirlo para la presentación de las cartas credenciales, una manera de hacerse valer.

La función se complica, deviene un gran reto profesional si los intereses representados no son los del Estado propio, sino los de una Organización sui generis -expresión que se emplea respecto a construcciones jurídicas y políticas que no encajan en las plantillas usuales- como por ejemplo la Unión Europea formada por veintisiete Estados, sucesora de la Comunidad Europea que a su vez había absorbido la CEE y esta, anteriormente, la CECA y la Euratom.

 

Serenidad y finura

Lloveras consigue transmitirnos con serenidad y finura, con diplomacia pues, las dificultades de la representación de unos intereses poco definidos -los de la Unión- a caballo de la cooperación, ceñida a proyectos cerrados, y de la política con un objetivo genérico: la estabilidad por la vía de la democratización, pero sin poder disponer de una planificación por etapas ni de unos medios adecuados para un objetivo ambicioso en países que salían de estadios acusadamente no democráticos: la República Centroafricana, de la colonización francesa, Serbia y Montenegro,  del titismo autocrático y de la desintegración de Yugoslavia.

Lloveras hizo lo que pudo y más incluso en una delegación y en la otra. La República Centroafricana, como se desprende de la narración, no era una prioridad en ningún sentido para la Comisión que en aquel tiempo dirigía una incipiente acción exterior basada en programas de cooperación. Y en cuanto a los Balcanes, los Estados miembros tenían diferentes percepciones (e intereses), diferencias que incidían en la errática acción comunitaria en la región. Francia se afanaba en la reconstrucción de algún tipo de unidad balcánica, Alemania, muy marcada por el pasado infamante de la ocupación militar de los Balcanes (1941-1945), se había precipitado a reconocer Eslovenia y Croacia, cosa que había acelerado la desintegración de Yugoslavia. Para Austria los Balcanes continuaban siendo un “asunto histórico” no resuelto e Italia los miraba con la suspicacia de siempre.

No hay que decir que la experiencia más exótica, también vitalmente,  la vivió Lloveras en la función institucional en la República Centroafricana, acompañado por la familia cuando el país todavía no había sido clasificado como “no apto para la familia”. El jefe del Estado centroafricano tardó semanas en recibirlo para la presentación de las cartas credenciales, una manera de hacerse valer, y pronto Lloveras descubrió las limitaciones al verse solicitado, reiteradamente, para que la Comisión pagara los sueldos de los funcionarios civiles, la policía y el ejército, una prueba de Estado “fallido”, entre otras. Después, en situaciones críticas, el presidente se mostró más preocupado por su granja privada que por la suerte del país. Lloveras asistió a tres intentos de golpe de estado de distintas facciones. La cuarta vez salió bien y tuvo que ser evacuado con la familia por los militares franceses. A pesar de las peripecias, aquel “mundo mágico y a la vez trágico” los cautivó, a él, a la esposa y al hijo.

En Belgrado la experiencia fue de otro signo, más convencional a pesar de  las secuelas de las guerras de Yugoslavia. Lloveras tuvo que hacerse cargo, además de la tarea ordinaria de la delegación suficientemente complicada y pesada en aquel momento, de la transferencia a las delegaciones por la Comisión de las funciones de la Agencia Europea de Reconstrucción (para los Balcanes). De repente, se encontró con la responsabilidad más que doblada. Pudo afrontar el reto gracias a su sólida formación en economía, administración de empresas y función pública, así como por su anterior experiencia financiera internacional.

El trabajo era agotador, pero no desfalleció. El resultado no dependía tanto de él y la delegación, que había sido proveída de recursos, como de una dinámica balcánica endiablada de difícil encauzamiento. Montenegro se independizó el junio de 2006, sin conflicto armado, sin derramamiento de sangre, quizás por el agotamiento de la experiencia de Serbia, pero también tuvo que ver, sin duda, la contención que imponía la expectativa de una futura adhesión a la Unión, la preparación para la cual la delegación alentaba.

A guisa de recapitulación, Lloveras no deja de sentir cierta frustración. En el balance comparativo de la misión africana y la balcánica, escribe: “Fui a África a hacer cooperación y acabé haciendo política. A Serbia para hacer un trabajo político y acabé haciendo cooperación”.

«Fui a la África a hacer cooperación y acabé haciendo política. En Serbia para hacer un trabajo político y acabé haciendo cooperación.»

Todo esto, lo razona sensatamente y lo explica con naturalidad en Hacia el corazón de Europa. Memorias diplomáticas” (RBA, octubre 2023). El título destaca alusivamente la dirección hacia Europa -el norte que lo ha guiado siempre- y la actividad diplomática al servicio de Europa, pero el libro contiene mucho más. A través de la autobiografía retrata una época y el tiempo de una Barcelona gris, con una agobiante presencia de “grises”, y de un país hundido. Lo hemos superado, pero no tendríamos que olvidar aquel tiempo para que no vuelva nunca más y por la deuda contraída con todos quienes, como él, hicieron posible la superación.

 

Josep M. Lloveras Hacia el corazón de Europa. Memorias diplomáticas Barcelona: RBA, octubre 2023 384 pàg.
Josep M. Lloveras. Hacia el corazón de Europa. Memorias diplomáticas. Barcelona: RBA, octubre 2023. 384 págs.

 

Una inquietante sorpresa

Después de dar vueltas por el mundo -Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Bulgaria, Bruselas, África, Serbia, Montenegro- en su etapa de formación académica y en la de su actividad profesional privada y pública, vuelve a Barcelona y encuentra una Cataluña estelada, que le provoca una inquietante sorpresa por el cierre al mundo que significaba mientras que él venía de la apertura integradora de la Unión Europea. En una reacción de rechazo plasmada el verano de 2015 escribe unas reflexiones que titula “10 razones para decir no a la independencia de Cataluña que nos proponen”. Lo que sucedió después, muchos como él, lo recordamos como “la pesadilla de octubre de 2017”.