Este no es un año Mahler, pero viendo como inauguraron sus temporadas los auditorios barceloneses, todos con sinfonías de aquel compositor, y las que todavía han de venir antes de acabar la temporada musical, lo parece. El año pasado sucedía lo mismo con Brahms. Programar a trompicones no es el mejor sistema, pero se debe haber dado algún tipo de conjunción astral para que este repentino interés por Mahler coincida con la publicación de Antoni Ros Marbà, músic (Dinsic), la biografía que Lluís Brugués ha dedicado al director que en los años 60 del siglo pasado introdujo al público catalán, y después al de Madrid, en el conocimiento del gran compositor austríaco.

El Liceo abrió temporada no con ópera ni con los cuerpos estables de la casa. Lo hizo con la Orquesta de la Ópera de París y Gustavo Dudamel, que dirigió la Sinfonía núm. 9 de Mahler. El Auditori inauguró la suya con la OBC y el nuevo director titular, Ludovic Morlot, interpretando la Sinfonía núm. 4. Y la programación propia del Palau de la Música empezó con la Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán, bajo la dirección de Riccardo Chailly, con la Sinfonía núm. 1 ‘Titán’.

En el transcurso de la temporada habrá otros mahler, pero lo más significativo y, sobre todo, coherente, es lo que quiere hacer Josep Pons con la orquesta del Liceo. El proyecto Univers Mahler durará cinco temporadas con la integral de la obra sinfónica del compositor. Para empezar, el próximo mes de abril Pons dirigirá la Sinfonía núm. 3 y en julio, la Sinfonía núm. 6. No es casualidad que quiera hacer este ciclo. El director musical del Liceo había sido alumno de Ros Marbà en el entonces Conservatorio Municipal de la calle Bruc.

Con veintiséis años Ros Marbà ya se atrevió con Mahler, y poco después llenaba el Palau hasta los topes con la Sinfonía núm. 2.

A la obra de Mahler, que murió en 1911 después de componer nueve sinfonías y dejar una decena sin acabar, le hizo mucha sombra Richard Strauss. En vida del autor se interpretaron sus sinfonías suscitando reacciones muy enfrentadas. A su muerte, aquellas obras monumentales quedaron muy arrinconadas, si dejamos aparte la tozudez del director Bruno Walter, que siempre las defendió.

En los años 50 y 60, la obra de Mahler se volvió a interpretar gracias a directores como Leopold Stokowski, Dimitri Mitropoulos, Leonard Bernstein y, más tarde, Bernard Haitink y Claudio Abbado. Aquí, como todo en aquellos años, llegó más tarde, pero tampoco tanto, porque en 1963, cuando Ros Marbà tenía veintiséis años, dirigió un concierto de la Orquesta Municipal de Barcelona (OMB) con la Obertura Leonora núm. 1, de Beethoven; Metamorfosis sinfónicas sobre temas de Weber, de Paul Hindemith, y La canción de la tierra, del casi desconocido Mahler (Hindemith también era desconocido), un programa que la crítica recibió con elogios.

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Según recoge el biógrafo del director, al cabo de unos años Ros Marbà decía: «La mayor temeridad, naturalmente, fue atreverme con Mahler. Comprender la grandiosidad de este mundo tan extraordinariamente complejo, de este personaje a la vez torturado e insensible, requiere años y años de maduración. Eso solo se puede hacer con la inconsciencia de la juventud.»

 

El éxito de la ‘Resurrección’

Casi diez años más tarde, en 1972, Ros Marbà, al frente de la formación que había pasado a llamarse Orquesta Ciudad de Barcelona (OCB), volvió a arriesgar interpretando la Sinfonía núm. 2, Resurrección, de Mahler. Esta obra monumental, con doscientas personas en el escenario entre orquesta y coro, se había interpretado una única vez en el Palau de la Música en 1910, pero era totalmente desconocida para aquella generación del público.

«Todo el mundo atribuyó a Ros Marbà el mérito de esta inolvidable interpretación, con unos resultados que se proyectaron en el auditorio de modo bien visible. Las entradas se agotaron. La expectación que había despertado se tradujo al final en inacabables ovaciones. Algunos medios dijeron que no se recordaba ningún otro concierto de la OCB con un éxito como aquel», dice el biógrafo. La Segunda de Mahler entraba así en el repertorio gracias a Ros Marbà.

El director dirigiría esta sinfonía y las que llevan los números 1, 3, 4 y 5, y otras obras de Mahler como Canciones a la muerte de los niños, con las diferentes orquestas de las que ha sido titular además de la OMB y la OCB, como son la Orquesta Sinfónica de RTVE, la Orquesta Nacional de España (ONE) o la Real Filharmonía de Galicia.

 

Toldrà y Celibidache

Ros Marbà es el hilo que enlaza con la generación de antes de la guerra representada por Eduard Toldrà, de quien sería asistente en los últimos años y de quien se considera heredero. También conecta con una tradición europea de gran rigor musical representada por Sergiu Celibidache, de quien fue alumno y por el cual todavía hoy manifiesta una gran admiración.

El repertorio del maestro ha sido muy amplio. Mozart es el compositor que más ha dirigido y, entre los compositores españoles, Manuel de Falla. Sin embargo, como se ha visto con Mahler, nunca le dio miedo encarar partituras de autores poco o nada conocidos en años de una cultura musical estancada. Ya en 1964 dirigía obras de Arnold Schönberg, Alban Berg y Anton Webern, pero también de Béla Bartók, Benjamin Britten, Max Bruch, Arthur Honegger, Charles Ives, György Ligeti, los británicos todavía ahora poco interpretados aquí Ralph Vaughn Williams y William Walton, y los sudamericanos Heitor Villalobos y Alberto Ginastera. Y también ha estrenado mucha obra de compositores catalanes como The Duenna de Robert Gerhard, primero en el Teatro de la Zarzuela y después en el Liceo.

En su largo e intenso periplo musical por este país, al director no le han faltado disgustos, siempre con la administración.

En su largo e intenso periplo por la vida musical de este país, a Ros Marbà no le han faltado disgustos. Su experiencia con orquestas europeas, entre ellas la Filarmónica de Berlín, que dirigió en dos ocasiones invitado por Herbert von Karajan, le hizo aún más patentes las insuficiencias que había en Barcelona y la urgencia de mejorarlas. Las promesas no cumplidas y la desidia de la administración municipal respecto a la OCB en las dos etapas en las que fue su director titular (1967-1978 i 1982-1985) le amargaron la existencia hasta el punto de que en ambas ocasiones presentó su dimisión.

Quien salió ganando con estas dimisiones fueron los alumnos del Conservatorio, donde desarrolló un gran trabajo de formación. Con la actual OBC, sucesora de aquella OCB, asegura tener un vínculo emocional. Sin embargo, no hay contacto. Parece como si sus conocimientos, relaciones y experiencia al frente de una orquesta no interesaran, aunque solo fuera por respeto a su veteranía.

Y en su faceta compositiva, en la cual ha creado un largo catálogo, ahora mismo tiene una ópera encallada en el Liceo. En 2016 acabó Benjamin at Portbou, con libreto de Tony Madigan, sobre los últimos días del filósofo alemán en la población fronteriza. La partitura reposa en un cajón del teatro de la Rambla sin fecha de estreno. En 2018, cuando Christina Scheppelmann era directora artística del teatro, se representó una escena dentro de la programación Off Liceo. Y eso ha sido todo.

El libró de Brugués, absolutamente necesario en este país que trata tan mal a sus figuras, posee una gran virtud, que, sin embargo, tiene un efecto perjudicial. La cantidad de documentos que reúne es enorme. Seguramente al autor no se le ha escapado ni un dato, ni una fecha, ni una carta. Está todo, pero este todo hace que se eche en falta una interpretación más en profundidad de la personalidad musical del director que ha hecho historia con y sin Mahler. Pese a todo, esta biografía es más que bienvenida.