Era una noche oscura en Charlottesville, una ciudad de poco más de 40 mil habitantes del estado norteamericano de Virginia. Era el 11 de agosto de 2017, y quien se diera una vuelta por el campus de la Universidad de Virginia podía quedarse pasmado al ver cómo, liderados por Richard Spencer y Mike Enoch, unos cuantos centenares de nacionalistas blancos se manifestaban gritando consignas supremacistas como Blood and soil, o Jews will not replace us con antorchas encendidas y simbología neonazi, amenazando a quien se les pusiera delante.

Esos manifestantes se habían congregado en esta ciudad después de saber que el ayuntamiento tenía la intención de retirar un monumento a uno de los generales más importantes de la Confederación, Robert Edward Lee. El jaleo no había hecho más que empezar. Alarmados por la asistencia masiva de supremacistas blancos, neonazis, miembros del Ku Klux Klan y otros nacionalistas blancos, varios centenares de manifestantes antirracistas se concentraron al día siguiente, 12 de agosto, para mostrar su rechazo al odio de estos grupos.

Vale la pena recordar que hacía poco más de medio año que Donald Trump había ganado las elecciones, pese a haber recibido casi tres millones de votos menos que su rival demócrata, Hillary Clinton. En 2016 nadie podía imaginar que un recién llegado a la política como Donald Trump se convertiría en el candidato de la Confederación, el corazón de la división racial de los Estados Unidos.

La Confederación no había tenido candidato desde la candidatura del gobernador de Alabama George Wallace en 1972. Los once estados confederados eran, históricamente, demócratas y segregacionistas. Cuando Johnson votó las leyes de Derechos Civiles y del derecho de voto para la minoría de color, dijo: «Acabo de perder el Sur.» Y efectivamente, el Sur le dio la espalda al partido demócrata en las elecciones presidenciales. Trump, liderando el partido de Lincoln, el partido abolicionista, se convirtió, en el fondo, en un demócrata del Sur, segregacionista y supremacista.

Trump, liderando el partido de Lincoln, abolicionista, se convirtió en el fondo en un demócrata del Sur, segregacionista y supremacista.

El peso electoral de los once estados confederados es muy importante. La lista así nos lo indica: Carolina del Norte (15) y del Sur (9), Misisipi (6), Florida (29), Alabama (9), Georgia (16), Luisiana (8), Texas (38), Arkansas (6), Tennessee (11) y Virginia (13). En total 160 grandes electores de los 538 posibles. Trump empezaba el partido 160 a 0. En las elecciones del 2020, Trump perdió Georgia, pero mantuvo los otros 10 estados confederados.

 

La derecha alternativa

Ya hacía años que se estaba cociendo a fuego lento un magma heterogéneo de personas (mayoritariamente, hombres jóvenes) que estaban radicalizándose en Internet a través de memes y bromas políticamente incorrectas, en foros anónimos como 4chan; estaba naciendo la Alt-Right, la «derecha alternativa». Estos jóvenes, normalmente desencantados de la política, vieron por primera vez un candidato que no sólo tenía una visión del mundo similar a la suya, sino que incluso les reía las gracias, hasta el punto de compartir por las redes sociales piezas audiovisuales creadas en estos foros con una alta carga racista (T. Golshan, vox.com, 15-8-2017).

Con la euforia acumulada tras las elecciones presidenciales de 2016, y por primera vez en mucho tiempo, grupos abiertamente supremacistas blancos fueron capaces de mostrar músculo fuera de la pantalla y pasaron a expresarse en masa y sin vergüenza en la vida real. Frente a la contramanifestación antirracista, empezaron las agresiones supremacistas y estallaron diversos conflictos en las calles de Charlottesville. Las consecuencias fueron nefastas, ya que la Unite the Right Rally, que es como se acabó conociendo la manifestación, terminó con docenas de heridos, con el atropello mortal intencionado de Heather Heyer, una contramanifestante antirracista asesinada por un joven supremacista blanco de solo 21 años, y con la muerte accidental de dos efectivos de la Guardia Nacional después de que su helicóptero sufriera una avería en pleno vuelo mientras se dirigían a pacificar la situación.

Inmediatamente después de estos incidentes, el entonces recién elegido presidente Donald Trump hizo unas declaraciones que quedaron en la ignominia. En una rueda de prensa que pasará a la historia por el precedente que marcó, fue capaz de equiparar a ambos grupos atribuyéndoles a partes iguales la culpa de los hechos ocurridos. Cuando los periodistas le preguntaron qué opinaba sobre ellos, y si tenía pensado condenar los ataques por parte de los grupos supremacistas, adoptó una posición ambivalente, y jugando con las palabras, evitó condenar a los grupos nacionalistas blancos.

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Frases como «había muy buenas personas en ambos lados», «hubo violencia en los dos bandos», o «¿y qué me decís de la Alt-Left que atacó a la Alt-Right, como vosotros la llamáis?, ¿ellos no tienen ninguna culpa?», salieron de los labios del cargo público más poderoso de los Estados Unidos, que daba pie de este modo a las próximas incursiones violentas de la Alt-Right.

 

Carta blanca a los supremacistas

El pasado agosto se cumplió el quinto aniversario de estos hechos, que creemos que acarrearon consecuencias a largo plazo durante la legislatura de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos y que han culminado con la sentencia del Tribunal Supremo al abolir la sentencia Wade versus Roe de 1973. Un Tribunal renovado por Trump con el ala más conservadora de la judicatura, lo que ha roto el equilibrio histórico de 5 a 4 de sus 9 miembros. Hoy son 6 a 3 a favor de los conservadores.

Con sus declaraciones después de los incidentes, equiparando a ambos grupos (consciente o inconscientemente, es difícil de discernir) Trump dio de facto carta blanca a los grupos supremacistas para continuar reuniéndose y atacando a colectivos minoritarios de la sociedad norteamericana, y lo que es peor, criminalizó a los individuos que luchan para defenderlos, empleando la violencia si es necesario.

Podría pensarse que aquello fue un exabrupto, una de las muchas salidas de tono del presidente, y existía la impresión generalizada de que se iría moderando, pero sucedió exactamente lo contrario, ya que tras un par de años de mandato, y con las mid term elections cada vez más cerca, volvió a repasar sus declaraciones de 2017. A mediados de 2019, dijo que sus palabras habían sido mal interpretadas intencionadamente, porque, según él, sólo se dirigió a las personas que «estaban allí para defender el monumento de Robert E. Lee. Eso lo sabe todo el mundo», evitando así criticar abiertamente la manifestación.

 

El Southern Poverty Law Center

A fin de cuentas, no había ninguna diferencia sustancial entre lo que dijo en 2017 y lo que intentaba decir dos años más tarde, ya que desde el primer momento el acto estaba repleto de centenares de supremacistas blancos y neonazis, y había sido etiquetado precisamente como un punto caliente del supremacismo blanco por el Southern Poverty Law Center (7-8-2017) ya días antes de que se realizara. Concretamente, el SPLC es la organización antirracista de referencia en los Estados Unidos, y uno de los think-tanks progresistas más importantes y con más influencia en la política norteamericana. Lleva un recuento histórico de crímenes racistas y simbología supremacista y desenmascara a personalidades políticas con vínculos con la Alt-Right, entre otras cosas. Es el think-tank de referencia a la hora de buscar información sobre el movimiento supremacista blanco en los Estados Unidos, en todas y cada una de sus ramas.

El SPLC es la organización antirracista de referencia en los EEUU, uno de los ‘think-tanks’ progresistas con más influencia en la política norteamericana.

Con estas sutiles jugadas, Trump demuestra a los integrantes de la Alt-Right que es una persona en la que pueden confiar, ya que no los desacreditará nunca, y que, después de décadas de presidentes «moderados» respecto a la dimensión racial de la política, ahora cuentan con un aliado que piensa como ellos. ¿Qué sucede? Que no puede decir esto en voz alta ni de forma clara por motivos evidentes, así que se ve obligado a ocultar el mensaje a través de lo que se llaman dog whistles, que son acciones, palabras y expresiones que pueden parecer naïfs a la mayoría del electorado, pero que llevan en sí una carga racial para las personas que pueden interpretarlas. Del mismo modo que un silbato para perros sólo será escuchado por el animal, mientras que pasará desapercibido para todo aquel que no tiene el oído adiestrado para captarlo. Una forma recurrente de hacerlo es la que hemos descrito anteriormente: poner a agresores y agredidos en la misma balanza y atribuirles la misma parte de culpa para evitar condenar enérgicamente acciones orientadas a avivar el odio racial.

 

El asalto al Capitolio

Pero los momentos en los que Trump ha desistido de criticar abiertamente o de deslegitimar las acciones llevadas a cabo directamente por supremacistas, o que salen de su entorno, no se reducen solo a los relacionados con la mencionada manifestación, sino que se multiplican en los años siguientes y acabarán culminando en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, después de dar crédito a las fake news propagadas sobre el posible pucherazo electoral. Los repasaremos brevemente:

Tras el asesinato de George Floyd a manos de un policía racista, estallaron diversas manifestaciones por todos los Estados Unidos a través del movimiento Black Lives Matter. Uno de los focos más importantes fue la ciudad de Minneapolis, donde vivía Floyd. Trump, pese a lamentar el asesinato, declaró varias veces que las personas que se manifestaban eran thugs (matones) y que había dado a los militares órdenes directas de disparar ante cualquier intento de saqueo (J. Colvini Z. Miller, apnews.com, 30-5-2020).

La estrategia de comunicación de Trump culminó con las declaraciones de pucherazo electoral durante las elecciones presidenciales de 2020.

Previsiblemente, estas declaraciones fueron muy bien recibidas en los foros ultraderechistas, como también lo fue su anuncio de clasificar el movimiento antifascista como una organización terrorista (La Vanguardia, 31-5-2020), o su velado apoyo a Kyle Rittenhouse, un joven de 17 años que viajó casi 50 kilómetros para irrumpir en las manifestaciones derivadas del asesinato de Floyd con un rifle de asalto y asesinar a tres personas, del cual dijo que «es un buen chico» (A. Wise, npr.org, 31-8-2020). Los ejemplos son inacabables, pero todos de la misma cuerda: defensas veladas, guiños sutiles, dar crédito a fake news, tildar los problemas raciales de exagerados, entre muchos otros.

Trump intentó impedir el voto por correo reduciendo el presupuesto de la agencia federal de correos.

Esta estrategia de comunicación culminó con todas las declaraciones e insinuaciones de pucherazo electoral durante las elecciones presidenciales de 2020. Realizadas en plena pandemia, fueron unas elecciones singulares, en las cuales el voto por correo era mayoritario en varios estados, especialmente en estados demócratas. Después de intentar impedir el voto por correo reduciendo el presupuesto de la agencia federal de correos, y viendo que no sería posible evitar que los votantes ejercieran su derecho a votar por este medio, la estrategia electoral tomó un tono más agrio.

 

Detener el recuento

Ya durante la precampaña, el equipo de comunicación de Trump empezó a propalar fake news creadas en entornos ultraderechistas en las que se alertaba de una posible manipulación a través del voto por correo. La espiral de mentiras cobró auge y, tras un recuento muy lento y con un resultado ajustado, el entonces presidente no dejó claro si admitía la derrota, ya que no paró de difundir noticias sobre el supuesto pucherazo orquestado por las «élites» —desde la más pura visión populista del magnate— para evitar que ganase él. Y de allí hasta el asalto del 6 de enero.

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Todo empezó con un discurso multitudinario que Trump pronunció a poco más de un kilómetro del Capitolio, donde se estaban contando los votos del colegio electoral para escoger nuevo presidente. Mientras esto sucedía, el magnate neoyorquino arengaba a sus miles de seguidores sobre el supuesto fraude y sobre la necesidad que tenían de pararlo, tratando a su vicepresidente, Mike Pence, de traidor por seguir los procedimientos establecidos constitucionalmente y no parar la votación.

En ese discurso se colaron varias frases destinadas a mandar a la gente hacia el Capitolio para parar el recuento. Finalmente, miles de personas acabaron siguiendo lo que les dictó su líder y llegaron en masa al perímetro policial, que superaron sin demasiados problemas. El resto es historia. Centenares de personas rebasan las líneas policiales y entran en el Congreso y el Senado, mientras los parlamentarios tienen que ser evacuados con urgencia ante el temor por su seguridad.

Trató a su vicepresidente, Mike Pence, de traidor por seguir los procedimientos establecidos constitucionalmente y no parar la votación.

Tras más de cuatro horas frenéticas, Trump cuelga una declaración en Twitter pidiendo a los manifestantes que lo dejen correr, que se vayan a casa. En el video no se desdice en ningún momento de las mentiras propaladas durante los días y horas anteriores, sino que se reafirma en ellas, apoyando a los atacantes y tratándolos de «buenos patriotas», y añadiendo que los quiere, como si fueran sus hijos. Porque, de hecho, mirándolo fríamente, lo han acabado siendo.

 

Hacia una democracia iliberal

El modo en que Trump se relacionó, y sigue relacionándose, con las personalidades supremacistas y racistas durante su mandato ha servido para darles alas. Sin prestarles un apoyo explícito, pero evitando criticar explícitamente sus acciones, ha conseguido normalizar actos injustificables en cualquier democracia consolidada, actos que han llegado al extremo de intentar parar un recuento electoral con su apoyo implícito.

Lo que comenzó en Charlottesville hace justo cinco años y que se ha materializado en otras ocasiones, como en el asalto al Capitolio o en los últimos tiroteos provocados por el odio racial, está lejos de haberse acabado, y más aún teniendo en cuenta que Trump tiene previsto presentarse a las primarias republicanas en 2024. Habrá que ver cómo reacciona un Partido Republicano cada vez más escorado a la derecha extrema y más aislacionista (America, First), en una sociedad de la postverdad, de fake news, y con un discurso populista que se encamina hacia una democracia iliberal. ¡Pauvre Alexis de Tocqueville!