Más de dos siglos después de que Napoleón vaticinara que cuando China se despertara, el mundo temblaría, todo lleva a pensar que ha llegado la hora de tomarse seriamente el pronóstico del emperador. Desde que el otoño pasado, durante el vigésimo congreso del Partido Comunista Chino, fue reelegido para un tercer mandato el presidente Xi Jinping, se han multiplicado los datos relativos a un cambio de paradigma en las relaciones internacionales, que incluye la revisión del capitalismo tutelado, promovido en primera instancia por Deng Xiaoping, la movilización de la diplomacia china como potencia mediadora para la resolución de conflictos calientes —el restablecimiento de relaciones entre Irán y Arabia Saudí, la guerra del Yemen, el ofrecimiento para buscar una salida a la inacabable crisis palestinoisraelí— y la carrera tecnológica con los Estados Unidos, donde está en juego buena parte del resultado de otra carrera: la competición por la hegemonía a escala global.

¿Donde queda Europa dentro de este marco de referencia? ¿Hasta qué punto las servidumbres de la guerra de Ucrania y la gestión estadounidense del conflicto dejan fuera la voz de Europa? ¿Pueden los europeos hacer realidad una relación con China diferenciada de la de los Estados Unidos con la gran potencia de Asia? Las respuestas a estas tres preguntas las ha resumido el presidente de Francia, Emmanuel Macron, al reclamar para la Unión Europea una mayor autonomía estratégica, que es tanto como decir un margen más grande de maniobra en una situación de gran inestabilidad sin fecha de caducidad.

 

Esperar y ver

El debate abierto por Macron no es nuevo, pero la crisis ucraniana lo hace especialmente importante porque otros dirigentes europeos han viajado a Pekín desde finales del año pasado para calibrar cómo es posible conseguir un modus vivendi con China y sacar el máximo provecho. Primero fue Olaf Scholz quién voló a la Ciudad Prohibida, después fue Pedro Sánchez y posteriormente Emmanuel Macron, acompañado por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Es evidente que el motivo de estos desplazamientos no fue exactamente el mismo cuando se planificaron, incluso cuando se realizaron —caso del de Scholz, ennoviembre del año pasado—, pero a partir del momento en que China hizo pública su propuesta de doce puntos para un alto el fuego en Ucrania (24 de febrero), todo ha adquirido un cierto sentido unitario. A diferencia del secretario de Estado, Antony Blinken, que poco menos que lo despreció, algunas cancillerías europeas prefirieron llevar a la práctica la vieja táctica del wait and see, esperar y ver para sopesar si todo ello es una maniobra de distracción o, verdaderamente, la alianza estratégica de China con Rusia, mencionada tan reiteradamente, no es tan estratégica como subrayan las declaraciones oficiales en Moscú y en Pekín.

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