El 8 de julio de 2021 se abrían las puertas del palacio del Elíseo, en París, para rendir homenaje y celebrar los cien años de vida de Edgar Morin, un referente del pensamiento humanista europeo. Con su característico pañuelo de cuello, símbolo de diversidad, con una excepcional vitalidad y lucidez, tomaba la palabra para evocar su aproximación al conocimiento del ser humano.

Nacido en París en el seno de una familia judía de Tesalónica de origen sefardí, de nombre Nahoum, adoptaría como nombre propio el que había utilizado como militante en la clandestinidad de la Resistencia: Morin.

Antes de iniciar su vida más propiamente académica, tuvo una intensa y arriesgada actividad política, participando en acciones de apoyo a la República Española durante la Guerra Civil, colaborando activamente con la resistencia francesa durante la ocupación nazi, implicándose en el debate ideológico de posguerra, posicionándose contra el estalinismo y siendo excluido del partido comunista, siempre comprometido con la regeneración del pensamiento humanista y de izquierdas.

La larga trayectoria académica e intelectual de Edgar Morin se inició con unos primeros estudios de antropología cultural (L’homme et la Mort, 1948) y de sociología sobre la nueva cultura de masas de los años 50 y 60. A estas primeras obras seguiría una larga etapa de estudio sobre el método y el pensamiento complejo, radicalmente interdisciplinario, centrándose finalmente en la reflexión sobre grandes temas del ser humano y la vida, como la potencialidad de la crisis, el elogio de la diversidad, la renovación de la educación, el ecologismo, los riesgos y esperanzas del nuevo siglo.

Por lo que se refiere a la comunicación y la cultura, sus primeros estudios estuvieron dedicados al cine (Le Cinéma ou l’homme imaginaire, 1956; Les Stars, 1957) y culminarían en un libro de referencia sobre la cultura de masas: L’esprit du temps (1962).

 

Investigador transdisciplinario

Su enfoque no fue bien recibido precisamente por parte de la sociología académica francesa de la época. Morin se defendió diciendo que, para él, ser sociólogo era ser capaz de pensar en correlación con los fenómenos económicos, sociales, psicológicos, culturales, religiosos, mitológicos. Eso implicaba rebasar los límites de las «disciplinas» académicas. Esta perspectiva lo llevará al pensamiento complejo y habrá de marcar toda su trayectoria intelectual

En las décadas posteriores (1970 a 2000) elaborará su obra más propiamente epistemológica, La Méthode, seis volúmenes en los que desarrolla su pensamiento interdisciplinario, no únicamente entre las ciencias sociales y las humanidades, sino también con las ciencias de la vida y la cibernética. Este trabajo sobre el método se compaginaría con ensayos sobre temas críticos de la contemporaneidad: la democracia, la idea de Europa, la educación y la diversidad cultural, el medio ambiente. En resumen, sobre la condición humana y su existencia en el mundo.

PUBLICIDAD
CaixaForum + La plataforma gratuita de cultura y ciencia. Búscate una excusa.

 

Observador de los cambios culturales

Morin, en su larga vida intelectual, ha podido constatar y revisar los cambios que se han ido sucediendo en el sistema cultural. En 1975, por ejemplo, publicaba una nueva edición de L’esprit du temps, de 1962, y constataba que la estructura cultural descrita en aquella época había perdido vigencia: «el espíritu de los tiempos» había cambiado.

Se habían producido los hechos de mayo de 1968 con la renovación de los movimientos culturales contestatarios, enfrentados a los modelos dominantes en la sociedad capitalista desarrollada, pero también enfrentados a los esquemas de la izquierda dogmática. La crisis de 1968 había agitado las aguas tranquilas y eufóricas de la cultura de masas, que empezaban a perder su carácter homogeneizador, unificador, integrador y euforizante. La cultura de masas que había nacido de los medios de comunicación se extendía al consumo, al ocio, a las vacaciones, hasta el más pequeño rincón del universo doméstico.

A finales del siglo XX, Morin será testigo de un nuevo cambio de paradigma social con la irrupción de las nuevas tecnologías de conectividad y la globalización, que representaban un cambio en el escenario de las relaciones humanas a escala mundial. Será incisivo en la crítica a las nuevas formas de información, aislada en burbujas y condicionada por los algoritmos, lamentando que en un planeta atravesado por redes la incomprensión todavía sea generalizada. No obstante, se distancia del pesimismo y señala las oportunidades que pueden representar las tecnologías de la información para el intercambio, la educación y la hibridación cultural. La técnica es también la herramienta que puede ayudarnos a compartir la diversidad cultural y la unidad humana.

Propone considerar el concepto de «metamorfosis», más que el de «revolución», para fundamentar nuestra esperanza en el futuro.

Ya en el siglo XXI dejará de utilizar la expresión genérica «el hombre» —por su sesgo masculino— para utilizar los términos «humano» y «ser humano». También irá asociando cada vez más el pensamiento humanista al ecologismo, expresando una preocupación global por el futuro del planeta y de la especie humana: el hombre necesita la Tierra y la Tierra necesita al hombre (Terre-Patrie, 1993). Frente al desarrollo técnico-científico-económico que aumenta las desigualdades y degrada la biosfera —efectos ignorados o justificados por los nuevos autoritarismos demagógicos—, ahora se trata de transformar nuestras vidas y nuestros modos de organización, «de ecologizar» al ser humano (Écologiser l’Homme, 2016).

 

Algunas ideas fuertes

Procurando hacer una síntesis del conjunto de ideas aportadas por Morin, podríamos considerar cuatro ideas fuertes: la exigencia del pensamiento complejo, la fecundidad de la crisis, la esperanza en la creatividad humana y el valor de la diversidad.

La idea de pensamiento complejo vas más allá del ámbito de la interdisciplinariedad científica: es una exigencia para la comprensión de la realidad y de la interrelación de los elementos que la componen. El pensamiento complejo es integrador. Así, por ejemplo, ve posible la convergencia entre aspectos positivos de movimientos de ideología política antagónica: la libertaria, para un desarrollo pleno de los individuos; la socialista, para una sociedad mejor; la comunista, para una sociedad fraterna; la ecológica, para integrar la dimensión humana en la naturaleza y la naturaleza en la dimensión humana.

Otro ejemplo: Morin propone considerar el concepto de «metamorfosis», más que el de «revolución», para fundamentar nuestra esperanza en el futuro de un mundo amenazado por la degradación de la biosfera, la economía insostenible, las desigualdades y la guerra. La idea de «metamorfosis» contiene la radicalidad transformadora de «revolución», pero se adapta mejor a la conservación de la vida y a la herencia de las culturas. Es necesaria cierta continuidad para que el gusano se transforme en mariposa.

Siempre propone considerar la dialéctica entre las amenazas y las oportunidades. Constata que las interacciones entre los seres vivos (incluido el ser humano) no son únicamente de conflicto, degradación o depredación, sino que también lo son de interdependencia, solidaridad y complementariedad.

En relación con la fecundidad de las crisis, Morin propone una nueva concepción del acontecimiento: la evolución no surge a partir regularidades estadísticas, sino a partir de fenómenos y situaciones extremas, paradójicas, que juegan un papel revelador. La estadística puede ser una trampa con la que ocultar la importancia de lo imprevisto: no se puede descartar nunca la idea de que un acontecimiento-accidente pueda cambiar el curso de una civilización.

La experiencia del coronavirus confirma sus hipótesis sobre la complejidad y la incertidumbre. El debate sobre las vacunas incluye investigación científica, bioética, política, salud, libertad ciudadana, diplomacia, organización social, comunicación, economía, seguridad, industria farmacéutica, etc. (Twitter, 17-12-2020).

La evolución no surge a partir de regularidades estadísticas, sino de fenómenos y situaciones extremas, paradójicas, que juegan un papel revelador.

La mirada de Morin sobre la condición humana siempre apunta hacia la potencialidad de la creatividad. Así, por ejemplo, sin dejar de lamentar los efectos de la comercialización de los bienes culturales, lejos del estéril debate entre «apocalípticos e integrados», señala el valor de la excepcionalidad creativa de la producción cultural. Ya en sus primeros años, a propósito del cine de Hollywood, se preguntaba: ¿cómo fue posible que aquella industria, pensada en función de los beneficios económicos, fuese capaz de hacer obras de gran calidad? La razón se encontraba precisamente en el hecho de que las películas, como otros productos culturales, no se fabrican como se fabrican los coches. Siempre hace falta un factor de individualidad y creatividad que escapa a la lógica comercial.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Finalmente, si algo caracteriza el pensamiento de Morin es su valoración de la diversidad: «me gusta ver parejas mixtas: blanco y negro, blanco y amarillo, judeocristiano, judeoárabe, francoalemán, etc.» (Twitter3-7-2021).

El pensamiento complejo le hace descubrir la uniformidad oculta que hay detrás de la diversidad: una y otra son inseparables. En la era de la mundialización, el valor de la unidad humana es su diversidad, y viceversa, el valor de la diversidad humana es su unidad. Corresponde a la política crear la ósmosis entre las civilizaciones y las culturas.

 

Presencia en Twitter

Confinado por el coronavirus, con una sorprendente vitalidad, Morin utiliza los nuevos instrumentos tecnológicos de conexión: conferencias en streaming, entrevistas por Skype y, singularmente, su presencia en Twitter, dignificando un medio tan utilizado para difundir improperios y falsas noticias. Con la brevedad de Twitter, es capaz de expresar aspectos sustanciales de las ideas que ha ido elaborando en profundidad durante su vida. Twitter le permite sintetizar, no simplificar, la complejidad de su pensamiento con frases contundentes como:

«La complejidad nos ayuda a afrontar las dificultades de conocer el mundo» (2021).

«La humanidad padece una inmensa deficiencia introspectiva» (2009).

Llegando a los cien años de vida, todavía publicaba dos libros: uno sobre las lecciones de la pandemia (Changeons de voie : Les leçons du coronavirus) y otro, de síntesis, sobre sus vivencias (Leçons d’un siècle de vie).

Preguntado sobre qué le han enseñado estos 100 años, respondía de forma preclara que le habían enseñado a no creer en la perennidad del presente, ni en la previsibilidad del futuro, a saber esperar lo inesperado. Cada vida es una travesía por un océano de incertidumbre, con algunas islas de certeza. Hay que aprender a afrontar la incertidumbre, ya que vivimos en una época cambiante en la que los valores son ambivalentes, en la que todo está entrelazado. No hemos de anestesiar la incertidumbre, sino que hemos de saber orientar la educación para afrontarla.