Haríamos lo que fuera por nuestros hijos, excepto, en ocasiones, aquello que haría que nuestros hijos vivieran mejor. Nada nos importa más que ellos, decimos, pero les entregamos en herencia una serie de conflictos territoriales en torno al agua o el cambio climático más rápido e intenso del que hay noticia, entre otras lindezas duraderas. No es un rasgo distintivo de nuestra generación, en todo caso. Puede que llegue el día en que hagamos tantas cosas abnegadamente por ellos que nos supliquen que dejemos de hacerlas.

Hay evidencia de que el mundo se enfrenta a una crisis de seguridad hídrica sin precedentes. La actualización del atlas de riesgos hídricos del proyecto Aqueduct del World Resources Institute (WRI), revela que 25 países (una cuarta parte de la población mundial), están expuestos anualmente a un estrés hídrico extremo: es decir, la brecha entre la disponibilidad a largo plazo y la demanda efectiva de agua crece. A nivel mundial, alrededor de 4.000 millones de personas padecen estrés hídrico durante al menos un mes al año; en 2050, esa cifra podría acercarse al 60%.

70 billones de dólares (31% del PIB mundial) estarán expuestos a un alto estrés hídrico en 2050, frente a 15 billones (24%) en 2010. Cuatro países (India, México, Egipto y Turquía) concentrarán más de la mitad del valor de la producción expuesto en 2050, con importantes consecuencias geopolíticas y geoeconómicas. La crisis de seguridad hídrica no es coyuntural ni local y tampoco es únicamente ambiental. Reconocer sus conexiones con las posibilidades de desarrollarse social y económicamente de modo sostenible es esencial. Hoy por hoy, el agua está fuera de foco.

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