Podría ser que la crisis de valores suscitada por las vicisitudes económicas y la pandemia haya propiciado el retorno de la literatura al ámbito rural, como una forma de intentar recuperar algún paraíso o alguna certeza moral más allá de la realidad apocalíptica de las ciudades: los libros de Ramon Erra, Pere Maruny, Elisenda Bartomeu, Carlota Gurt y un cuento de Jordi Masó, representan unos cuantos testimonios de esta nueva manera de vivir.

Al principio de Far West gitano, la novela de Ramon Erra (Vic, 1966), que obtuvo el premio Marian Vayreda en 2014, Noé y Sandra, una pareja castigada por la crisis económica, en vez de deprimirse por las adversidades, deciden postergar la realidad del paro y, con la indemnización por los años trabajados, se van de viaje para no tener que decidir nada durante las siguientes semanas: «el oeste no figuraba en ninguno de los planes, pero entendió que su situación exigía movimiento, dirigirse hacia algo significativo, y por eso dijo lo que dijo, aunque no lo pensaba». Lo que proclama Noé es «ir hacia el oeste, ¡y que vengan días, como los gitanos!»

Es una actitud similar a la de Pere Maruny (Manresa, 1974) en La mort dels altres, que recupera el espíritu de las primeras novelas de Hermann Hesse y, como Peter Camenzind, el protagonista y narrador de la novela abandona el hogar familiar y sale a ver mundo, como si entendiera el viaje como una forma de dejar atrás los hábitos protectores de la infancia, las trivialidades del pueblo natal: Pere Maruny ha escrito una novela iniciática, de nomadismo social, con la voluntad de recuperar la naturaleza del mundo alejado de la civilización tecnológica y como si los vientos y las montañas, las nubes y los árboles —y el corazón de los habitantes de los extrarradios de las ciudades— se convirtieran en los símbolos de una concepción espiritual del mundo.

El viaje del narrador se puede emparentar con el deseo de recuperación de una especie de confianza romántica en la bondad humana, pero en el fondo el esquema de La mort dels altres puede recordar el de la parábola evangélica del hijo pródigo, como si Pere Maruny también creyera que el viaje al exterior y a sus curiosidades solo sirviera para mostrar que no es en la vida del mundo donde el hombre se encuentra a sí mismo y encuentra su salvación, sino que la verdad última está en el retorno a una verdad última y más elevada, a una sabiduría que puede ofrecer respuestas a los misterios cotidianos.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

Lo mismo sucede con Fòrvid, que también puede leerse como otra variante de la parábola del hijo pródigo —el retorno al hogar familiar para conocer el mundo que no ha conocido fuera—, tamizada aquí por las lecciones de Lovecraft, las fantasmagorías góticas y las obsesiones oscuras, hostiles y letales que el personaje protagonista desconoce tener: después de perder su trabajo como técnica de sonido, Isis deja la ciudad y vuelve al mundo rural de sus antepasados, en la Franja de Ponent, y se instala en una propiedad familiar, en la Torre Delosir; pero la dirección que emprende Elena Bartomeu (Vilablareix, 1978) en Fòrvid no tiene nada que ver con la narrativa del redescubrimiento de unas formas de vida tradicionales, sino que se sitúa de lleno dentro de las reglas de juego de la literatura de terror: la casa se alza solitaria en medio de una llanura que se extiende «más allá de donde alcanzaba la vista, describiendo una suave pendiente, interrumpida por algún almendro que marcaba un ritmo irregular y estrafalario. Los márgenes dibujaban hileras mal afeitadas con una malla infinita que delimitaba la gama de marrones y grises de la tierra. Los campos se notaban vivos. Tenían la vida latente de la espera, de aquello que estaba bajo tierra, al acecho de una oportunidad».

No hay nada anómalo en el paisaje, pero junto a la torre hay un pozo, el sótano siempre está inundado de agua, los libros de la biblioteca y las cosas de los armarios tienden a caerse al suelo y, además, se oyen unos ruidos difíciles de precisar. La gracia de Fòrvid procede del instinto de Elena Bartomeu para operar con lo sobrenatural y lo terrorífico de acuerdo con lo que piensa Isis, «que un tópico podía neutralizar otro tópico y, entonces, ambos desaparecían y el tema se podía tratar de modo particular».

 

Los libros La mort del altres, Les males herbes, Far west gitano, Sola, Solitud i Fòrvid.

Los libros La mort del altres, Les males herbes, Far west gitano, Sola, Solitud i Fòrvid.

 

Dejar atrás Barcelona

En Fòrvid hay monstruos y fenómenos paranormales, pero la voluntad de Elena Bartomeu no es convertirlos en la metáfora o el símbolo de nada: es solo la expresión de alguien muy consciente del entramado verbal que tiene en las manos, y que le permite exhibiciones descriptivas de esta categoría: «Isis prestó atención a los [ruidos] que la atacaban en aquel momento. Componían una extraña melodía, parecida a la de un lavaplatos. Por un lado, había algo similar a un burbujeo, subrayado por un zumbido vibratorio. Con un ritmo más lento, se oían unos sonidos que podría describir como un golpeteo cerámico. Esporádicamente, emergía de repente una resonancia metálica que desaparecía poco a poco, dejando una estela rugosa y picante.»

Mei, la protagonista de ‘Sola’, después de perder el trabajo en una editorial, decide que ha llegado el momento propicio para dejar atrás Barcelona.

La idea de Flaubert del artista como un monstruo, como un animal recluido y solitario, recorre las páginas de Sola, primera novela de Carlota Gurt (Barcelona, 1976). «Siempre he intentado vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda está golpeando sus paredes, amenazando con socavarla», escribió Flaubert, y eso es también lo que experimenta Mei, la protagonista de Sola, cuando después de perder el trabajo en una editorial decide que ha llegado el momento propicio de dejar atrás Barcelona, alejarse de las horas bajas que atraviesa su matrimonio, instalarse en el pueblo donde pasó su infancia, en una casa rodeada de bosque, y escribir la novela que lleva incubando en su cabeza, una reescritura de Solitud, que es, a fin de cuentas, lo que lee el lector de Sola: Carlota Gurt toma la novela de Víctor Català, manipula creativamente la trama, reorganiza los datos, los combina de nuevo, juega con ellos, y acaba construyendo y atrapando al lector con una extensa y absorbente enciclopedia sobre las caras diversas de la soledad y sus consecuencias.

A veces parece que Carlota Gurt haya querido imaginarse cómo sería Solitud si Bergman hubiera hecho una película sobre ella. A punto para encararse con una íntima y profunda transformación, Mei exorcizará fantasmas, traumas familiares —un viaje al pasado es también un viaje al conocimiento de uno mismo—, una identidad alienada a la deriva. Todo en la más absoluta soledad.

Está en primer lugar la soledad del escritor: en la masía de la infancia, como si participase de una eterna persecución de sí misma, en un eterno girar vanamente en círculo, Mei toma notas, hace fichas que engancha en la pared, escribe sinopsis, el argumento se le desbarata de tanto manipularlo, las palabras parecen perder cualquier contenido de verdad y la novela no avanza. Entonces, estática, letárgica y casi extinguida, cuando se da cuenta de que la torre de marfil de la masía poco contribuye a la creatividad, como si la propia torre se hubiera aliado también con la marea que quiere socavarla, siente que le conviene airearse y entrar en otra dimensión de la soledad: se interna en el bosque, mira el río, contempla las montañas, ve garzas que picotean el suelo, se angustia con el sanatorio que se divisa a lo lejos, pero no puede liberarse de la «sensación de irrealidad»: «el aislamiento está muy bien, pero el charloteo se me acumula dentro».

Entonces hay que ir a comprar cualquier cosa a la tienda del pueblo y escuchar conversaciones vacías, sentarse en el bar a la sombra de un plátano, visitar a un vecino —Flavi, el apicultor, que en Sola interpreta el papel del pastor de Solitud y también cuenta leyendas de la zona—, o llamar al marido, a pesar de que eso implique entrar en otros ámbitos de la soledad, en la vergüenza de la soledad afectiva, en la rabia de la soledad sexual: «A veces, el orgasmo es trágico», dice después de masturbarse.

Los ilusos que, a raíz de la pandemia y de la reivindicación generalizada de la vida rural, han creído que lejos de la ciudad se puede ser feliz irán descubriendo poco a poco los inconvenientes de esa elección.

Y una vez que se produce el único episodio azaroso y truculento de la novela —los territorios por los que se desarrolla Sola son puramente mentales, y escasos atractivos encontrarán aquí los lectores colonizados por el ansia de las peripecias argumentales—, la protagonista entra en el dominio de la soledad incubada desde la infancia, con una madre atrozmente banal, mezquina, cruel e insoportable, y viuda de un padre iluso y soñador; en la soledad de estar sola, en la soledad de sospechar, sin creérselo del todo, que está enloqueciendo; y no existe, antes del final, ningún apoyo sólido salvo los días que transcurren en una cuenta atrás, o las páginas que se van escribiendo con un poco de suerte día tras día, como si fuesen juegos para aplazar la muerte.

 

«El deficiente servicio de correos»

En uno de los cuentos que Jordi Masó incluye en Les males herbes, «Vet aquí uns gats», Lídia y su marido abandonan la ciudad para instalarse en una urbanización de la montaña, con la intención de que su hija crezca rodeada de naturaleza y aire puro. Seis años después, Lídia solo ve los inconvenientes que, poco a poco, irán descubriendo los ilusos que, a raíz de la pandemia y de la reivindicación generalizada de la vida rural, han creído que lejos de la ciudad se puede ser feliz: «El jardín convertido en una selva porque era tan grande que no daba abasto para cuidarlo. El césped lleno de manchas amarillentas. Los árboles que no se habían podado nunca, enfermos, carcomidos o infestados de orugas. Las procesiones de hormigas que invadían los dormitorios en verano. El pánico a las lagartijas y a los ratones de campo que ocasionalmente entraban en casa. Las arañas, sobre todo las arañas. Los perros del vecindario que ladraban de noche y no la dejaban dormir. El deficiente alumbrado de la urbanización. El deficiente servicio de recogida de basuras. El deficiente servicio de correos. La deficiente cobertura telefónica. Los cortes de suministro eléctrico cuando había tormenta. El miedo a los incendios forestales de cada verano. La antipatía de los vecinos. Las peleas en las reuniones de la Asociación de Vecinos. Los cuatro trayectos diarios para llevar a Txell de casa al colegio y del colegio a casa. Las amigas de Txell, que no la visitaban porque vivía demasiado lejos. Las amigas de Lídia, de las cuales se había distanciado cuando se fueron de la ciudad. La canguro que tenían que pagar cada vez que querían ir al cine o a cenar a un restaurante. El frío del invierno. El polen de la primavera (era alérgica). Los mosquitos del verano. Las lluvias del otoño. Los ladrones que robaban en las casas de la urbanización. El temor de que entrara alguien de noche pese a la alarma que habían instalado. Las familias de okupas que entraban a vivir en las casas deshabitadas. El aislamiento. La soledad. El silencio.»