Buena parte de la historia de la creación musical del siglo XX pasa por Internationale Gesellschaft für Neue Musik, la Sociedad Internacional para la Música Contemporánea, que el pasado mes de agosto celebraba sus cien años de vida en Salzburgo, la ciudad donde nació. En Barcelona, en los años 30 del siglo pasado, hubo un momento musicalmente brillante y único en el cual esta asociación tuvo un papel muy destacado. Las relaciones entre lo que se cocía en Europa en una época de grandes cambios formales y estéticos y lo que se hacía aquí gozaban de una fluidez que el cataclismo de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial truncó.

El Café Bazar, junto al río Salzach, fue el escenario donde el 11 de agosto de 1922 se constituyó la ISCM (por sus siglas en inglés) promovida por los compositores vieneses Rudolf Réti (de origen serbio) y Egon Wellesz, con el apoyo del presidente del Festival de Salzburgo, que era Richard Strauss, y con la participación de representantes de quince países. Durante el pasado verano se pudo ver una exposición (un poco mezquina, la verdad sea dicha), en el vestíbulo de la Universidad Mozarteum de aquella ciudad, que recordaba la efeméride.

En el momento de la creación de la ISCM, hacía solo cuatro años que había acabado la Primera Guerra Mundial que había dividido Europa colocando a compositores y músicos en general en trincheras reales y metafóricas contrarias. Con la asociación se pretendía dar por acabado este enfrentamiento, pero, sobre todo, había la necesidad de difundir la música del momento y la de crear una red de intercambio entre compositores de todo el mundo. Los autores presentes en el nacimiento de la ISCM eran ni más ni menos que Béla Bartók, Arthur Bliss, Paul Hindemith, Arthur Honegger, Zoltán Kodály, Darius Milhaud, Ethel Smyth y Anton Webern. Todos ellos se comprometieron a organizar un festival internacional de música que, primero, se celebró en el Mozarteum de Salzburgo y que anualmente, hasta hoy en día, convoca a los compositores en diferentes ciudades del mundo.

La ISCM nació para superar las divisiones de la Gran Guerra, para difundir la música del momento y crear una red de intercambios.

Durante estos cien años, la ISCM puede presumir de haber estrenado en sus encuentros obras que el tiempo ha situado entre las mejores o más influyentes del siglo XX. Por ejemplo, Erwartung, de Arnold Schönberg, y la Lyrische Suite, de Alexander Zemlinski (Praga, 1924); Le Marteau sans Maître, de Pierre Boulez (Baden-Baden, 1955), o la versión escénica de Moses und Aron, de Schönberg (Zuric, 1957). Otros autores que han estrenado obras en los festivales anuales son Hindemith, Hans Eisler, Mauricio Kagel, Györgi Ligeti o Karlheinz Stockhausen. Y más recientemente, Michael Nyman, Pascal Dusapin, John Cage, Unsuk Chin, Chaya Czernowin o Wolfgang Rhim.

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Berg en Barcelona

Durante su estancia en París, el compositor y director barcelonés Antoni Nicolau (1858-1933) había forjado estrechas relaciones con músicos europeos, entre ellos, Richard Strauss, que vendría cuatro veces a Barcelona. También Lluís Millet estaba bien conectado con el compositor alemán. Pau Casals, con el gran renombre que tenía en todas partes como violoncelista y director, también hizo una gran contribución a la proyección de la vida musical barcelonesa creando la orquesta que llevaba su nombre (1920-1937). Pero sería el vallense Robert Gerhard quien pondría a Barcelona en el mapa de la nueva música que se hacía en aquel momento.

Él trajo a vivir a Schönberg en Barcelona, en una casa de Vallcarca, entre 1931 y 1932, y también hizo venir a Anton Webern a la ciudad. Todo ello gracias a las amistades y complicidades que había creado durante sus años vividos en Viena y Berlín. En 1936, Gerhard ayudó a convertir Barcelona en el gran escaparate europeo de la música contemporánea. En abril de aquel año, la ISCM celebró su reunión anual en la ciudad y trajo el festival coincidiendo con el tercer congreso de la Sociedad Internacional de Musicología, cuyo secretario general era Higini Anglès.

 

 

En aquella ocasión, vinieron a Barcelona entre otros Wellesz, Bartók, Francis Poulenc, Honegger, y un joven y todavía poco conocido Benjamin Britten y un no tan joven Lennox Berkeley (inspirados por su estancia en la ciudad, los dos compositores británicos escribieron la suite de danzas catalanas Mont Juic). El jurado que escogió las obras a interpretar en el festival lo formaban Ernest Ansermet, Joan Lamote de Grignon, Anton Webern i Boleslaw Woytowicz.

El estreno en Barcelona del Concierto para violín de Berg fue el punto culminante del Festival, al que asistieron Bartók, Poulenc, Honegger y Britten.

La Banda Municipal de Barcelona, dirigida por Lamote de Grignon, abrió el festival el 19 de abril por la mañana, en el desaparecido Palau de les Belles Arts, con obras de Josep M. Ruera, Vladímir Vogel, Ricard Lamote de Grignon (con texto de Josep M. de Sagarra y la voz de Mercè Plantada) y Florent Schmitt. En su diario, Britten calificó la banda de «increíble» y escribió: «Toda clase de instrumentos, en torno a sesenta y cinco, emitiendo los sonidos más celestiales.» Lamentaba, sin embargo, que el programa fuera muy aburrido.

En el segundo concierto, aquel mismo domingo por la tarde en el Palau de la Música, no hubo lugar para el tedio. Ansermet dirigía la Orquestra Pau Casals. Empezó con una obra de Edmund von Borck. Siguió con el ballet Ariel, de Gerhard, y con tres fragmentos de la ópera Karl V, de Krenek. Según Britten, esta primera parte quedó totalmente eclipsada por lo que vino después: el estreno absoluto del concierto para violín A la memoria de un ángel, de Alban Berg. Lo interpretó Louis Krasner, un violinista de Estados Unidos que le había encargado la obra al compositor. Dirigió la orquesta Hermann Scherchen en sustitución de Webern, que había de ser quien la estrenase, pero estaba todavía demasiado afectado por la muerte de Berg cuatro meses antes. Sobre la obra del austríaco, Britten anotó en su diario: «Demoledor, sencillo y conmovedor.» Aquel día también se pudieron escuchar tres fragmentos de la ópera Wozzeck del propio Berg.

El festival duró toda la semana, hasta el sábado 25 de abril. Se pudieron escuchar en él obras de Jacques Ibert, de Britten (la Suite para violín y piano, con Antoni Brosa al violín y el compositor al piano), Bartók, Karol Szymanowski, Albert Roussel, Frank Martin y todo un elenco de músicos españoles y catalanes (Blancafort, Esplà, Halffter, Falla, Bacarisse, Turina, Albéniz, Sanjuán, Garreta, Granados y Pedrell), aunque nada superó el impacto y la repercusión internacional que tuvo la gran obra de Berg.

 

Todo al traste

Todavía no hacía tres meses del festival cuando se produjo el golpe de estado militar contra la República, y la continuidad de todo aquel gran momento musical que se había forjado se fue al traste. La Segunda Guerra Mundial también trastornó el mundo musical europeo. La euforia creativa de antes de la guerra discurrió por otros caminos.

Surgieron otros puntos dedicados a la música contemporánea. Los cursos de verano de la Escuela de Darmstadt creados en 1946 o el Instituto de Investigación y Coordinación Acústica / Música (IRCAM), que nació en París en 1970, son algunas iniciativas bien consolidadas, hoy en día muy relevantes. También es cierto que estos proyectos están más enfocados hacia la creación que hacia la difusión, como es el caso de la centenaria ISCM con sus encuentros anuales para la interpretación de la música contemporánea. En cualquier caso, cien años bien merecen un recuerdo, y aún más desde Barcelona, que le es deudora por haber contribuido a un momento musical único e irrepetible.