Diez años después de su fundación, Alternativa para Alemania (AfD) atraviesa su mejor momento político. La crisis de popularidad del Gobierno, la recesión económica y la ola derechista que sacude Europa han catapultado a un partido que, según todas las encuestas, se sitúa en torno al 20% del voto. ¿Cómo es posible que, en Alemania, un partido ultraderechista esté viviendo semejante luna de miel? Para entender cómo se ha llegado a esta situación hace falta remontarse a los orígenes del partido.

En 2013, cuando la AfD se presentó a sus primeras elecciones federales, su agenda era nítidamente euroescéptica: el partido se oponía al euro, criticaba duramente la respuesta alemana a la crisis de la eurozona y denunciaba los rescates a países como Grecia o Italia. Sus primeros apoyos, de hecho, provinieron de sectores económicos, universitarios y periodísticos cercanos a la CDU, pero disconformes con sus políticas europeas. En las elecciones europeas de 2014, el partido irrumpió en la política alemana con siete eurodiputados. La crisis migratoria de 2015 le permitió sumar, a su euroescepticismo, un discurso netamente xenófobo. Además de oponerse a la política de puertas abiertas de Merkel, el partido denunciaba el «fracaso» del multiculturalismo alemán, abogaba por prohibir los burkas y hablaba sobre «Eurabia», la teoría de la conspiración según la cual unas supuestas élites globalistas buscarían «islamizar» Europa para debilitar la cultura occidental.

Pese a ello, la AfD siguió creciendo. A finales de 2017, el partido había logrado representación en catorce de los dieciséis parlamentos regionales alemanes; en las elecciones federales de ese año, irrumpió como tercera fuerza en el Bundestag, liderando la oposición contra la gran coalición de CDU y SPD.

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