El periodista Simon Kuper ha narrado el ascenso y el declive del FC Barcelona, desde la adopción por fases del modelo del fútbol total holandés hasta la segunda llegada a la presidencia de Joan Laporta y la despedida de Leo Messi para ir al Paris Saint Germain. Es la historia de un club al que el gran choque globalizador del fútbol de los años 90 lo pilló bien preparado, gracias a la influencia holandesa y a la Masia, y al que el choque de la pandemia en 2020 lo pilló en un mal momento, por no haber sabido gestionar el éxito de los 30 años anteriores.

El Barça encontró la tecla del fútbol total holandés por el método de ensayo y error, copiando lo que tenía éxito en el mundo a finales de los años 60 e inicios de los 70. De ahí llegaron el entrenador Rinus Michels y el Cruyff jugador. Luego vino una etapa de dudas, en la que se importaron otros modelos de éxito encarnados por entrenadores y jugadores alemanes, argentinos e ingleses, hasta que volvió el revolucionario Johan Cruyff como entrenador y se impuso la gestión con mano de hierro de Josep Lluís Núñez, que dejó un club económicamente potente, independiente de intereses políticos y privados, y con una fábrica de producir jugadores desde la cantera: la Masia. Estos factores, y la suerte, dieron lugar a los mejores años de la historia del club, entre 1992 y 2015, explotando a partir de 2008 con la mejor generación de jugadores de la cantera de la historia y con buenos entrenadores partidarios del fútbol ofensivo y arriesgado como Guardiola y Luis Enrique.

El mejor fútbol total no se juega hoy en Barcelona y el Barça ha dejado de mirar hacia fuera para mirarse a sí mismo y recrearse en su propio pasado.

El modelo de imitar lo que mejor funcionaba en otros lugares, se dejó de aplicar en algún momento, y el Barça se convirtió en un estudio de caso sobre cómo no se debe preparar el futuro. Los dirigentes que heredaron el Barça de la mejor cantera creyeron que los éxitos se producían gracias a ellos («la pelota no entra por azar», nos decían, pensando que el determinismo lo aportaba su brillante gestión).

El libro de Simon Kuper sobre el Barça nos explica que misma destrucción creativa que llevó al éxito, difusión y adaptación del fútbol total holandés, ha llevado a otros clubs a superar al Barça en los últimos años. Cada semana, cada día, en los campos de entrenamiento y en los partidos oficiales, se prueban cosas nuevas, intencionadamente o por azar. De ahí surgen jugadas y tácticas nuevas que los jugadores y entrenadores difunden con sus migraciones y sus exhibiciones televisadas. Dejar de innovar y de imitar a los mejores te condena a la decadencia. Hay pocos entrenadores que marquen la diferencia: su función principal es difundir estilos de juego exitosos en una dinámica evolutiva polimórfica.

El mejor fútbol total no se juega hoy en Barcelona y el Barça ha dejado de mirar hacia fuera para mirarse a sí mismo y recrearse en su propio pasado: recuperamos a Koeman, Laporta, Jordi Cruyff, Xavi Alves, Sergi Barjuan, Rafa Márquez, el doctor Pruna… mientras el mejor fútbol se juega en Inglaterra y Alemania, protagonizado a veces por jugadores africanos, americanos o asiáticos en los que se fijaron oscuros expertos alejados de los focos y las tertulias mediáticas, y en los que el Barça sólo se fija cuando ya tienen precios astronómicos.

 

El elogio debilita

Resulta difícil no establecer paralelismos con la evolución de la sociedad catalana de los últimos años con el procés. El narcisismo, el victimismo y el supremacismo hacen perder la tensión para superarse uno a sí mismo. Consecuencia de ello son la falta de asunción de responsabilidades, el no querer tomar decisiones difíciles de explicar, creer que la ilusión lo arregla todo, denigrar a quien señala los defectos, y la falta de talento en la gestión. El elogio (sobre todo el autoelogio) debilita. El fuerte componente de azar que tiene el fútbol promueve la lucha por atribuirse los éxitos, con lo cual dejan de concentrarse los esfuerzos en la innovación constante.

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Todo lo contrario, el sector dominante del Barça se enorgullece de su vinculación con los fracasados sectores independentistas. En su libro sobre el Barça, el propio Kuper se estremece al pensar cómo sería un Manchester United liderado por un brexiter populista. Este mismo autor tiene un libro sobre Boris Johnson (Chums), al que ha comparado con Laporta: los problemas que para otros ejecutivos son un problema de gestión, para ellos son un problema de comunicación.

El sector dominante del Barça se enorgullece de su vinculación con los fracasados sectores independentistas.

Sin duda, la débil presidencia de Bartomeu, incapaz de renovar las estructuras deportivas (excepto el fútbol femenino), la pandemia y las demandas desorbitadas de Jorge Messi desestabilizaron al club y lo dejaron en una situación muy delicada. Parece mentira, sin embargo, visto en perspectiva, que alguien pudiera pensar que la elección de Laporta por segunda vez era la mejor decisión para hacer frente a una situación de crisis. No sólo la masa social, sino la opinión pública y publicada catalana, hicieron la vista gorda a sus precedentes.

 

Versión local de Gil y Gil

Quien había pasado de querer encarnar a un Kennedy barcelonista a parecerse a una versión local de Gil y Gil, acumulaba una trayectoria bien conocida: había dejado un club arruinado en su primera etapa, era un comisionista confeso (había cobrado de Uzbekistán por hacer negocios con el club), había provocado la desaparición del Reus, había utilizado el club para hacer carrera política, estaba asociado con un magnate audiovisual con un pasado de escándalos laborales, contractuales y legales… pero incluso la prensa más seria tapaba todo esto con la «ilusión» que generaba (observad el paralelismo con el procés) cuando, más que nunca, tanto en el Barça como en Catalunya hace falta recuperar la seriedad, ignorar las monsergas, condenar la corrupción, pensar a largo y no a corto plazo, ser más claros con la afición y con la ciudadanía, y tener gente más competente en el gobierno del club (y del país).

Parece mentira, visto en perspectiva, que alguien pudiera pensar que la elección de Laporta por segunda vez era la mejor decisión para hacer frente a una situación de crisis.

¿Qué ha pasado desde la elección de Laporta? En un año y medio se han hecho 18 fichajes que se han financiado mayoritariamente vendiendo patrimonio en forma de derechos audiovisuales y digitales (renunciando a ingresos a medio y largo plazo), sin que haya mejorado la estructura de costes e ingresos, ni la situación deportiva (más bien nos alejamos de la élite europea). Lo mejor que hizo fue abrirle la puerta a Messi, pero su salida no se planificó deportivamente (el día antes de ser anunciada, el entrenador todavía contaba con él) y tenía que haberse hecho mucho antes para obtener una plusvalía. Pero el populismo manda y, de hecho, lo que hizo el nuevo presidente en la campaña electoral fue prometer que convencería fácilmente a Messi para que continuara a base de carisma y magia.

La creciente apariencia de saqueo a la luz del día es la consecuencia de tener a un comisionista declarado al frente del club.

El framing de las palancas (la privatización parcial del club) no puede ocultar que el Barça, antes de que se acabe de vender del todo, se ha convertido en una empresa familiar, en el peor sentido. No sólo se contratan parientes y amigos, sino que una sociedad del hijo del presidente tiene vínculos con jugadores y agentes de jugadores fichados por el club. La creciente apariencia de saqueo a la luz del día es la consecuencia de tener a un comisionista declarado al frente del club en el momento de más compras y ventas de activos (entre jugadores y otros derechos) de su historia. Todo esto cuando se aborda la remodelación del estadio, un proyecto imprescindible de gran complejidad que en estos momentos está rodeado de niebla, pero que seguro que obligará al Barça a jugar en Montjuïc al menos durante una temporada.

 

Una deuda de 2.000 millones

El economista Jaume Llopis, que ha salido escaldado de los órganos del club, ha denunciado la falta de transparencia y profesionalidad de los mismos, y explicó en una entrevista con Albert Ortega en El Confidencial, que el club ha pasado con Laporta a tener menos patrimonio y más masa salarial, al tiempo que contrae obligaciones con pagos crecientes en el tiempo para los nuevos jugadores. Estima la deuda del club en unos 2.000 millones de euros, y cree que aumentará significativamente. Esa es una cantidad de dinero imposible de devolver, y obligará al club a formas más o menos encubiertas de rescate y privatización acelerada. La temeraria apuesta por la resurrección (el gambling for resurrection que cualquier manual de finanzas desaconseja) ha fracasado.

El populismo sin restricciones institucionales que gobierna el Barça impide adoptar una perspectiva a medio y largo plazo. El uso de datos en la gestión es mínimo. Al contrario, se valora mediáticamente el rol de exjugadores (Arrigo Sacchi decía que ser un buen caballo no te convierte en buen jinete), y nadie repara en la ausencia de dirección deportiva. Los cambios de entrenadores del filial para poner exjugadores en lugar de técnicos de la cantera que hacían bien su trabajo, ilustra el problema de la generación de inestabilidad. Estos problemas afectan tanto a la gestión de Bartomeu como a la de Laporta. La distinción entre rosellistas y laportistas a mí me parece superficial.

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Veremos qué futuro le espera a la Superliga europea (calificada de neoliberal en la última edición del famoso libro Soccernomics de Kuper y Szymanksi), pero es previsible que la estructura de las competiciones internacionales experimente cambios en los próximos años, dando lugar a un nuevo choque en el fútbol globalizado. No está clara cuál es la estrategia del Barça en este contexto, qué modelo defiende el club y cómo encaja en todo ello, más allá de ir, por ahora, a remolque de un Real Madrid que ha tomado más decisiones a tiempo (remodelar el estadio, deshacerse de vacas sagradas).

 

Aprender de los demás

El fútbol no es una burbuja, sino un tesoro que quiere ser utilizado para todo tipo de objetivos. La Premier League, como precursora del Brexit en su estrategia de captar capital global sin fijarse mucho en los detalles, se ha aprovechado de la hiperglobalización desregulada y de la libertad de circulación en la Unión Europea para importar a los mejores entrenadores y jugadores. Esta liga inglesa, las superestrellas y la corrupta FIFA son, de momento, los grandes ganadores de la globalización del fútbol. El aficionado culé también estuvo entre los ganadores durante un tiempo, pero ha dejado de estarlo, y se le engaña haciéndole creer que se puede hacer la travesía del desierto sin sangre, sudor y lágrimas.

El Barça sobrevivirá, pero a corto plazo tendrá dificultades para seguir siendo competitivo en el mercado de fichajes; por ejemplo, para retener el talento joven que sigue produciendo, atrayendo y acumulando (Pedri, Gavi, Balde, Araujo, Ansu Fati). Se pueden mantener algunos elementos de la cultura (el fútbol ofensivo, arriesgado) que nos ha hecho singulares, pero hay que estar dispuestos a aceptar que actualmente hay quien pone mejor en práctica esa cultura: hay que aprender de los demás.