Los resultados electorales del 23-J han provocado un espejismo, un momento de confusión entre dos realidades. Por un lado, la distribución de fuerzas en el nuevo Congreso de los Diputados ha situado a los partidos independentistas catalanes en una posición central, decisiva, para la conformación de la mayoría necesaria para investir a un nuevo presidente del gobierno central. Esto, no obstante, no se ha producido gracias a un resultado clamoroso de dichas fuerzas, sino todo lo contrario. Este rol determinante en la política general ha hallado al independentismo en uno de sus momentos más bajos de forma y de fuerza.

Desde la culminación dramática del procés en otoño de 2017, seguida de la convocatoria electoral de diciembre, el movimiento independentista catalán ha caído en una clara desorientación estratégica, hecho que ha comportado una creciente división entre sus componentes. Ambos elementos han contribuido al abandono activo de parte de aquel segmento que se había ido acercando al independentismo a lo largo del procés convirtiéndolo en una fuerza transversal, potentísima, pese a que no llegara nunca a agrupar a más de la mitad del país. La concesión de los indultos a los líderes independentistas encarcelados fue la solución más eficaz, porque deshacía el único lazo que mantenía unido a este segmento de apoyo difuso con el núcleo central del independentismo.

Los resultados del 23-J han proporcionado a los dirigentes independentistas una oportunidad de oro para revivir el país del procés, para situar el contador otra vez en 2017 y reforzar el espejismo de su fortaleza, ocultando oportunamente la debilidad evidente del movimiento. Este juego de prestidigitación parece haber funcionado perfectamente entre algunos sectores políticos de Madrid; algunos, fascinados por la reencontrada centralidad del independentismo, otros, ansiosos por reencontrar a un contrincante que en el pasado les ha proporcionado magníficos réditos electorales.

Estamos asistiendo a una acumulación de confusiones, de juegos de espejos, que responden a la necesidad del independentismo de aparecer más fuerte de lo que lo es realmente, de tal manera que pueda asegurarse el cobro del precio más alto a su apoyo a Pedro Sánchez en una eventual investidura.

La primera de estas confusiones (interesadas) es la que señala que el procés está vivo, que Cataluña ha quedado de alguna manera congelada en el año 2017 y que es necesario encontrar remedio a la situación adoptando soluciones contundentes. La segunda confusión es la que asevera que solo mediante una ley de amnistía es posible solucionar, no ya el procés sino todo el «problema catalán», del cual el procés sería la legítima continuación. Finalmente, la tercera consiste en afirmar que únicamente los partidos independentistas pueden ser los intérpretes de la voluntad de Cataluña, dejando al margen a las dos fuerzas que encabezaron las preferencias de los votantes catalanes el pasado 23-J, el PSC y los Comunes.

La preeminencia de los dirigentes independentistas (y principalmente, de Carles Puigdemont) durante las últimas semanas, junto con el silencio clamoroso de otros dirigentes políticos catalanes, ha afianzado estas tres confusiones y, en general, el espejismo de un independentismo reforzado y líder en Cataluña. El marco ha sido adoptado de forma entusiástica por la derecha y de forma tácita por los partidos del gobierno, atrapados en la necesidad de contar con los votos de los diputados independentistas.

Por parte de la derecha, parece evidente que la aceptación del planteamiento independentista es más cínica y busca debilitar las posibilidades de un nuevo gobierno de izquierdas a la vez que le sirve para ocultar la propia imposibilidad del candidato del PP de obtener una mayoría en el Congreso para la investidura. Todo ello genera un cambio profundo en el eje de la conversación política que había dominado hasta el momento, y que fue clave en la victoria insuficiente de Feijóo el 23-J.

Este cambio en la conversación favorece, en Cataluña, por un lado, a las reforzadas (hasta el momento solo en la teoría) formaciones independentistas y, por otro, a la derecha españolista que aparece como su antagonista natural. Los perdedores en el espacio público son las fuerzas que no se sitúan en uno de los extremos de la conversación, singularmente el PSC, que estaba llamado a ser la fuerza dominadora de la escena política catalana y que podría no llegar a lograr este estatus.

En el plano general, el que debía ser un momento que hiciera evidente que el PP de Feijóo no podía contar con ningún otro aliado que la extrema derecha de Vox, ha acabado dando el protagonismo absoluto a la discusión sobre la amnistía. La presión combinada de los independentistas y la derecha sitúa la negociación para la investidura de Sánchez en un desfiladero que se irá estrechando a cada paso. El problema en este tipo de situaciones es que llegue el momento en que sea tan dañina la culminación del acuerdo como echarse atrás. Es decir, que las demandas de los independentistas lleguen a ser inasumibles para los partidos del gobierno, pero que se haya impuesto el marco de la amnistía (muy atizado por Aznar y los suyos) y, por lo tanto, la repetición electoral comporte un riesgo igualmente inasumible para la izquierda. Llegados a esta situación habría que elegir entre conformar un gobierno débil, inestable y de corta duración que llevara a unas elecciones avanzadas en las que la derecha arrasara, o bien ir a la repetición de unas elecciones en las que se enfrentarían los «defensores» de España y los que estuvieron dispuestos a «venderla» a cambio de seguir en el gobierno.

La izquierda no se puede permitir llegar a esta situación en ningún caso. Si lo hace, será el final por muchos años de una posible mayoría progresista al frente del gobierno central y posiblemente, paradojas de la vida, supondrá el enquistamiento de la situación en Cataluña, con un retorno, esta vez sí, a los peores tiempos de desunión interna del país. Hay que evitar como sea el momento fatal en el que continuar adelante o volver atrás comporten resultados igualmente perjudiciales.