Dar carpetazo. Salir por la puerta grande del bar, la tienda o la oficina que hasta ese momento te daba de comer para no regresar nunca. Espetarle a tu jefe que no se moleste más en hacerte la vida imposible: ésta ha pasado a no depender de sus abusos. Largarse, y hacerlo después de haberle tomado el pulso a una balanza que ya no compensa porque insiste en inclinarse hacia el lado de la explotación. Me refiero a la Gran Dimisión, un fenómeno de la historia reciente de Estados Unidos que ha ocupado decenas de titulares e informativos junto a los cientos de carteles que indican la falta de mano de obra en sectores clave como la hostelería o el transporte.

Más de doce millones de personas repartidas entre los meses de agosto, septiembre y octubre han decidido dejar voluntariamente sus puestos de trabajo según los últimos datos, que son inauditos desde que comenzaron a elaborarse estas estadísticas en el año 2000. Algunas se han incorporado de nuevo al mercado laboral; buena parte de la desbandada corresponde a una cifra incierta de jubilaciones anticipadas, muy difíciles de rastrear en un país donde los ahorros personales suelen ser los que determinen la edad de retirarse; se sabe que muchas de estas renuncias las están protagonizando mujeres que, constreñidas por las obligaciones familiares y la ausencia de asistencia social ante el cierre de colegios debido a los brotes de covid19, optan por poner fin a sus contratos y dedicarse a los cuidados, a lo cual contribuye una brecha salarial que las separa de sus compañeros hombres: ellas ganan, de media, unos 80 centavos por cada dólar que ingresan ellos, mucho menos si son negras o latinas.

Más allá de los datos por grupo demográfico –tremendamente inestables y borrosos– existe un agotamiento generalizado que, tras casi dos años de pandemia, está disparando una suerte de recapacitación colectiva rara vez vista en el país norteamericano: ¿por qué trabajamos y cuánto aguante es necesario a cambio del maltrato recibido?; ¿hasta qué punto es incompatible la vida familiar con las responsabilidades laborales?; habitando todavía tan cerca la muerte, con más de 800.000 cadáveres a las espaldas de un virus que no da tregua, ¿vale la pena dedicar todo el tiempo –que es afecto y ocio, posibilidad de otorgarle sentido al cuerpo que aún late– al trabajo?

 

El trabajador quemado

Estas preguntas, tan complejas e íntimas que intentar responderlas supondría no hacer justicia a quienes las enuncian, flotan en el aire, con algunas pistas que quizá consigan encaminarlas: una encuesta del think tank The Conference Board realizada el pasado octubre reveló que un 77% de los entrevistados habían reportado sufrir el síndrome del trabajador quemado o burnout por esas fechas, mientras que sólo el 55% informaron de los mismos síntomas en abril. El deterioro de la salud mental parece ser una de las causas que ha motivado las huidas. Este desgaste se podría considerar prácticamente ubicuo en las múltiples economías nacionales interconectadas que conforman el capitalismo global, comenzando por la española y llegando hasta la china, donde cada vez son más los que cuestionan el temido modelo del «996»: trabajar desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche seis días a la semana.

Cada vez son más los que cuestionan el temido modelo del «996»: trabajar desde las 9 de la mañana hasta las 9 de la noche seis días a la semana.

No obstante, las particularidades laborales de Estados Unidos logran que la desprotección del empleado sea alarmante gracias a un estado del bienestar famélico donde ni las bajas por enfermedad, ni las parentales o las vacaciones pagadas son obligatorias por ley. A eso se añade una carencia de sanidad pública que mantiene a unos 30 millones de personas sin seguro de salud, a otras tantas con pólizas que cubren un mínimo porcentaje de las facturas médicas, a ambos grupos sometidos a las inclemencias de un virus que campa a sus anchas por un territorio donde apenas el 60% de la población está vacunada.

 

Dinámicas opresivas

No es casualidad que hayan sido los trabajadores de los sectores más expuestos al covid-19, aquéllos empleados en bares y restaurantes, puestos de atención al cliente y hasta personal sanitario, los que se hayan marchado en manada. A grandes rasgos, éstos padecen una precariedad que no sólo se manifiesta en la ausencia de prestaciones sociales, sino también en el sueldo: el salario mínimo federal lleva estancado en 7,25$ la hora desde hace más de diez años, una cantidad que, ajustada al IPC, los sitúa en niveles muy próximos a la pobreza, cuando no directamente en su seno. Si el trabajo resta más de lo que suma, parecen gritar, la solución quizá radique en desecharlo. Y, sin embargo, la iniciativa individual se muestra insuficiente ante unas dinámicas opresivas que sólo se mitigan parcialmente a base de manos solitarias.

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No es casualidad que hayan sido los trabajadores de los sectores más expuestos al covid-19 los que se hayan marchado en manada.

Concomitante a la Gran Dimisión se han sucedido una serie de huelgas de trabajadores que, en ocasiones desafiando la prohibición de efectuar un parón y la imposibilidad legal de sindicarse, han dicho basta desde una voz conjunta. Se estima que se han producido unas 180 huelgas en el año 2021, algunas de ellas en empresas que emplean a miles de personas. Si la ley de la oferta y la demanda ha logrado ligeras subidas de sueldos motivadas por las renuncias, una movilización social cada día más amparada por la opinión pública ha resultado en mejoras notables negociadas directamente con la patronal.

El último ejemplo ha sido la huelga de Kellogs, una protesta que ha durado diez semanas y acabó con un incremento de la remuneración ajustado a la inflación y la expansión de la cobertura sanitaria, así como de las contribuciones empresariales a los planes de pensiones. Si bien las políticas públicas anunciadas por Biden en materia laboral han caído en saco roto, el presidente se ha mostrado numerosas veces favorable a que la gente reclame una ampliación de derechos en el lugar de trabajo y reivindique la posibilidad de afiliarse a un sindicato como forma de alcanzar una anhelada «clase media» que a menudo se evoca con nostalgia.

 

Hartazgo colectivo

Para entender el fenómeno tendríamos que remontarnos a la escalada de desigualdad que lleva fraguándose en Estados Unidos –y en gran parte del mundo occidental– desde hace décadas; más recientemente, las alusiones a la decadencia fabril del país y el declive, en general, del American Dream, fueron rentabilizadas electoralmente por un Trump que vociferaba una vuelta imposible al boom industrial de antaño con su famoso Make America great again.

En la actualidad, se podría afirmar que la pandemia ha exacerbado esa sensación de hartazgo colectivo, de engaño surgido tras la ecuación fallida que garantizaba una vida mejor a cambio de esfuerzo. Los últimos comicios presidenciales, llenos de promesas del lado demócrata aún por materializarse, animaron a los colectivos más vulnerables a creer que era posible medrar si se aprobaban medidas de corte social. No se hizo, pero se creó el momentum preciso para imaginar otra relación con el trabajo, otra existencia menos sumisa a su yugo.

Me decía recientemente Laurie Garrett, premiada con el Pulitzer, que por primera vez en Estados Unidos se acepta socialmente criticar el capitalismo.

En una conversación reciente, me decía la escritora Laurie Garrett, galardonada con el Premio Pulitzer, que por primera vez en Estados Unidos está socialmente aceptado criticar el capitalismo. Aunque la afirmación pueda juzgarse como exagerada, en la tierra del do it yourself que acuñó la búsqueda de la felicidad –entendida como prosperidad– en su Declaración de Independencia, lo cierto es que se está extendiendo una profunda interrogación respecto al sistema económico que nos envuelve, sus oportunidades y prácticas deletéreas, especialmente entre los jóvenes.

Ellos –nosotros– son los más perjudicados por un andamiaje social donde estar empleado no conlleva necesariamente subir los peldaños que con mayores facilidades escalaron las generaciones anteriores. Según datos de la Reserva Federal, los millenials componen la mayor parte de la población activa pero acumulan un 5% de la riqueza, mientras que los boomers poseen el 53% y tenían, cuando se situaban en la franja etaria de los millenials, un 21%.

 

Consolidación de la economía ‘uberizada’

La Gran Dimisión, la concatenación de huelgas acaecidas, nos hablan así de una distribución injusta del capital que abarca el trabajo pero también el encarecimiento de eslabones básicos del bienestar como la sanidad, la educación y la vivienda, de un entramado tributario que perjudica a las clases medias y bajas, y de unos recortes en derechos laborales que remiten directamente a la consolidación de la economía gig o uberizada. El hecho de que una porción de los que abandonan el mercado sean jubilados prematuros encuentra ecos en esa fractura generacional y la desigualdad que destila.

El gran dilema a que nos enfrentamos se estrella constantemente con un abismo llamado futuro, amenazado igualmente por un cambio climático antropogénico que, de nuevo, interroga el modelo económico, lo vapulea y nos lo devuelve en forma de desastres naturales, carestía de alimentos y otros recursos. Por si fuera poco, la pandemia ha acelerado un boom tecnológico en marcha que apunta a la automatización del empleo en un mundo donde lo virtual parece estar a punto de reemplazar la labor humana. Frente a este cúmulo de circunstancias, muchos son los economistas que abogan por la implantación de una renta básica universal como salvavidas de una población progresivamente pauperizada y sin opciones factibles de escalar la pirámide social.

Entre ellos se encuentra la profesora de la Universidad de Pensilvania, Ioana Marinescu, quien ha propuesto implementar este ingreso incondicional financiándolo con un impuesto al carbono, lo cual proporcionaría un colchón de subsistencia básico desde el que buscar empleo en condiciones más favorables o reinventar directamente el paisaje laboral mientras se fomenta una disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero. Otros investigadores, como el antropólogo David Graeber, han secundado medidas similares e incluso una mudanza radical de paradigma que implicaría la instauración de una economía de cuidados en sentido amplio: más enfermeras, terapeutas, docentes y artistas contra la desolación reinante.

Lo que quiera que sea que nos depara el tiempo por venir, algo ha estallado en nuestras sociedades occidentales contemporáneas; algo se ha roto, ha saltado por los aires o está en proceso de hacerlo; los cuerpos exhaustos no pueden más y esto ha quedado patente hasta en el corazón del país capitalista por excelencia. Sólo resta esperar – y pelear, y gritar, y reivindicar– que lo que nos aguarde supere en vida y dignidad, en latido, a lo presente.