La puerta del jardín se cerró repentinamente, con un golpe seco acompañado de un crujir de vidrios mal sujetos. Una risotada sonora y alegre se esparció por toda la casa y unas palabras de bienvenida nos confirmaron la llegada de los invitados.

Mis primos, nacidos en Inglaterra y recién llegados de Londres tras unos años de exilio, hacía rato que habían apagado la luz del dormitorio. Mientras, mi hermana y yo hojeábamos algún libro de cuentos, apoyadas sobre el cojín, antes de zambullirnos entre las sábanas frías, casi heladas, de uno de aquellos días de febrero de finales de los 50.

Por el ojo de la escalera retumbaba la voz de aquel hombre, que debía andar entre los 30 y los 35 años y que seguía hablando animado por las expresiones de complacencia de su mujer. A duras penas terminaba las frases, que se intuían hiperbólicas: una carcajada general interrumpía a menudo su discurso ocurrente. Mis padres respondían divertidos a los arranques del invitado, admirados por su agudeza y satisfechos ante la perspectiva de pasar una velada que ya prometía un magnífico entendimiento. Lentamente, la casa se llenó de un ambiente indiscernible de cordialidad en el que no faltaba un cierto regusto de contubernio.

El alboroto quedó amortiguado de repente, cuando alguien ajustó la puerta de la sala de estar, seguramente para no despertar a las criaturas —ocho, entre hermanos y primos— apretujadas en las dos habitaciones del primer piso. Unos pasos opacos se dirigían hacia nuestro dormitorio, donde todavía remoloneábamos nosotras con la luz encendida y el oído aguzado. Recuerdo que me hice la dormida pensando en la bronca que me caería. Con siete años recién cumplidos, era la más pequeña y ya hacía rato debería haber estado durmiendo. Por la puerta entornada del dormitorio apareció la cabeza de mi madre con expresión suplicante: unos amigos quieren oírte tocar el piano.

PUBLICIDAD
Renfe / Somos tu mejor Opción

Bruscamente, me encontré bajando en camisón por aquella escalera oscura que tanto miedo nos daba cuando la subíamos por la noche para ir a dormir. El ojo de la escalera llegaba hasta muy arriba y solamente una luz amarillenta, pegada a las paredes estucadas, guiaba nuestros pasos medrosos: en las fantasías infantiles, siempre imaginábamos extraños personajes que nos acechaban desde lo alto. Avergonzada —no tanto por tener que tocar el piano como por mi indumentaria, que entre los muchos lavados y lo que yo crecía, se había quedado escandalosamente esmirriada—, fui bajando los peldaños sin prestar atención a las explicaciones de mi madre.

 

Unos ojos vivos y penetrantes

En cuanto entré en la sala, unos ojos vivos y penetrantes recorrieron mi cuerpo, no sé muy bien si por vocación paterna, por curiosidad musical o por afición a los atributos femeninos aunque fuesen prematuros. El hombre que con tanta atención me observaba era Oriol Bohigas.

Un rondó y el primer tiempo de alguna sonata de Mozart, escogida al azar, eran las piezas de rigor que, a fuerza de interpretarlas, me salían solas, casi tocadas de forma maquinal. Para acabar, no faltaba nunca un preludio de Bach sacado del primer libro de El Clave bien temperado.

Con aire desafiante, el cigarrillo bien apresado entre los labios y mirando de reojo a mis padres, se puso a tocar al desgaire unos valses de Chopin.

En aquella casa, Chopin y, en general, los compositores románticos estaban prácticamente prohibidos. Siempre habíamos oído decir que solo los mal interpretaban las señoritas que tocaban el piano para pasar el rato mientras coqueteaban con algún chico. En cambio, el barroco y, fundamentalmente, Bach requería un esfuerzo y una comprensión musical superior y más rigurosa. Por tanto, si queríamos estudiar piano con seriedad, debíamos saber tocar Bach, Beethoven y Mozart.

 

«Nunca me ha interesado Bach»

Oriol Bohigas, que no congeniaba en absoluto con este talante —seguramente el mismo que vivió en su casa, de pequeño—, se levantó enérgicamente del sofá y, con un golpe de nalga, me desplazó hacia el ángulo del taburete del piano. Con aire desafiante, el cigarrillo bien apresado entre los labios y mirando de reojo a mis padres, se puso a tocar al desgaire unos valses de Chopin. En esa demostración pianística, en la que menudeaban unos rubatos excesivamente tiernos, había sin duda una primera andanada hacia aquella generación de catalanes —noucentistes tardíos— que entendían la música en clave barroca y se acurrucaban en torno a las interpretaciones de Wanda Landowska y del clavicémbalo como único instrumento para entender el barroco.

PUBLICIDAD
Fabriquem oportunitats per al teu futur. Zona Franca de Barcelona.

A Oriol no le entusiasmaban ni las interpretaciones de Wanda Landowska, ni el clavicémbalo —que consideraba un armatoste viejo y anticuado— ni los bienintencionados catalanes noucentistes. «Es más», dijo en plena exaltación, «nunca me ha interesado mucho Bach».

Gran consternación en la sala mientras sonaban las últimas notas del vals, melosas y ajenas al disgusto que habían provocado: «La auténtica revolución musical», siguió diciendo, sentado a mi lado en el taburete, «la hemos de buscar en el período que comienza con el neoclasicismo y acaba con el romanticismo. Es decir, de Mozart a Wagner. Tanto en la música como en la poesía y la literatura de aquel período, los alemanes fueron los grandes pioneros. Claro que los barrocos dejaron bien establecidos unos nuevos parámetros en el orden métrico y tonal. Pero los grandes innovadores fueron Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, Chopin y Wagner. A partir de Wagner, la música alemana, con Mahler, Bruckner y la escuela vienesa, vuelve a resultarme lejana. Creo que la batuta pasó entonces a manos de los compositores franceses, con Debussy, Ravel, Fauré, César Franck, y de los rusos, con Tchaikovsky, Stravinski y Shostakóvich.»

 

Geometría musical

Han pasado sesenta y tantos años desde que escuché atentamente aquellas primeras opiniones opuestas a las que yo estaba acostumbrada a oír y que fueron fundamentales para mi formación musical. Lo que resulta más sorprendente, sin embargo, es que hasta hace poco todavía hablaba con Oriol de la importancia de los cambios que Bach introdujo en la música.

«Bach no fue un gran innovador ni mucho menos un revolucionario. Fue un genio, más asimilador que iniciador» (Oriol a Beth).

«Lo que más me atrae de Bach», le comentaba tiempo atrás, cuando, con los años, mi formación se había ido consolidando, «es la precisión geométrica que excluye toda posibilidad de interpretación romántica. Escúchalo interpretado por Glenn Gould. Con su fascinante uso del non legato, prescindiendo totalmente del pedal, Gould ha dado el paso que Bach no se atrevió a dar en su momento: dibuja la geometría musical con una lógica compacta y precisa, extremadamente rica en pensamientos melódicos que se enredan alrededor de los núcleos temáticos, con una repetición insistente que lo vuelven absolutamente contemporáneo.»

«No veo, justamente, la contemporaneidad», responde Oriol con la misma vehemencia de hace 60 años; «Bach no fue un gran innovador ni mucho menos un revolucionario. Fue un genio, más asimilador que iniciador. Su obra es un magnífico laberinto de revisiones históricas, donde el lenguaje alcanza casi dimensiones enciclopédicas. Hizo una auténtica aportación a la historia de la armonía y el contrapunto y, sobre todo, a la regulación del temperamento.»

 

«No puedo estar más en desacuerdo»

«La contemporaneidad», respondo, guiada por la intuición, «la veo en su capacidad de improvisa