De joven, cuando sólo era un aprendiz de escritor, Truman Capote solía ir a una biblioteca pública de Manhattan, y con frecuencia coincidía allí con una señora ya mayor y muy bien vestida. Una tarde de invierno, empezaron a hablar y, cuando ella quiso saber cuáles eran sus escritores preferidos, Truman Capote tomó el camino seguro de referirse a los clásicos.

Cuando la mujer insistió un poco más, y le preguntó por sus preferencias contemporáneas, él mencionó el nombre que al empezar la conversación le había venido a la cabeza: Willa Cather (1873-1947), quien resultó ser la mujer que tenía delante, la autora de Mi Antonia (1918), una novela de lectura tan ineludible para los estudiantes norteamericanos como lo sería años después El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Puede constatarse la influencia que ha ejercido esta escritora recordando una secuencia de Ángeles sin brillo, una película de Douglas Sirk, en la que la protagonista confiesa que sólo ha leído un libro en su vida, y recuerda con nostalgia los días de su adolescencia en los que tuvo la suerte de poder conocer la novela de Willa Cather.

Hay varios motivos que explican esta aceptación: es una novela sobre una cuestión muy arraigada en el imaginario del país, la llegada de los pioneros europeos y el esfuerzo que tuvieron que hacer para adaptarse al entorno americano, pero es también un relato que se sumerge de lleno en el mito de la tierra prometida y en el espejismo de la abundancia de oportunidades que parecían al alcance de quien se atrevía a actuar con intrepidez y audacia. El éxito de Mi Antonia puede radicar en el hecho de que es una celebración de la energía colectiva, pero el mérito indiscutible de Willa Cather es que no se olvidó de escribir sobre las flaquezas individuales que zarandean el ánimo y entristecen sin motivo aparente.

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