Una de las principales características de la cultura, concretamente del arte, es que su influencia sobre las personas no solo se da con obras imperecederas, como el Partenón o la Capilla Sixtina, sino también a partir de momentos efímeros que, pese a estar destinados a desaparecer, se acaban imponiendo más allá del tiempo de exposición.

Los debates filosóficos organizados en el salón del barón de Holbach en París, al cual acudía Diderot para polemizar sobre religión, fueron instantes de lucidez que no pudieron quedar inmortalizados, si exceptuamos alguna carta en la que se daba noticia de ellos o se comentaba algún rumor surgido en la velada. Fueron efímeros, pero su fuerza para cambiar la vida de la escena artística de París es como la esencia de un perfume que todavía desprende su poder cautivador, pese a que, pasadas las horas, pierda el instante de mayor intensidad. Fueron momentos efímeros que dieron el bon ton de la época.

Lo mismo ocurrió en los cafés de Viena, Lisboa o Madrid, en los que se reunían artistas para hablar en voz baja entre cigarrillos, cafés y bebidas espirituosas; con su arte podrían cambiar el mundo creando manifestaciones artísticas como el Dadaísmo, el Surrealismo o el Futurismo italiano o portugués. En las tertulias de estos cafés, como pasaba en La Closerie des Lilas en París o en el Cafè A Brasileira en Lisboa, los artistas dibujaban espontáneamente en servilletas, cuadernos o manteles obras que no verían nunca la luz y que, sin embargo, servirían de esbozo, tentativa e influencia para obras venideras.

Lo efímero es capaz de fijarse, paradójicamente, más allá del tiempo que le está asignado, más allá del instante. Esta paradoja queda perfectamente ilustrada en la obra del escritor italiano Italo Calvino. Durante dos años se dedicó a recopilar doscientos cuentos para crear una antología de antiguas fábulas italianas que, principalmente, se explicaban y transmitían de forma oral. Calvino, como una especie de antropólogo, se dedicó a transcribirlas para, como él mismo lo expresa, impedir que este noble y amable arte del pasado se perdiera sin dejar huella. Es una recopilación de relatos destinados a ser contados, no para perpetuarse en forma de libro o ilustración, sino para ser divulgados oralmente. Por eso, el objetivo de estos relatos era provocar una profunda impresión en los niños y los adultos que los escuchaban. La esencia de lo efímero se extiende en el tiempo y lo invade de sensaciones, percepciones y anhelos que acaban llegando, como un perfume, hasta nosotros.

 

La frescura de las flores

En 1989 la Fundación Picasso acogió las obras de Odilon Redon pertenecientes a la colección privada del norteamericano Ian Woodner. La exposición permitió celebrar la belleza y la sofisticación de los colores y trazos del gran artista simbolista, y mostraba obras tan importantes como Beatrice, Ofelia, El hombre cactus o Germinación. No obstante, las obras que más me impactaron representaban la relación entre las flores y los jarrones que las contienen, como

Geranios y otras flores en un jarrón de gres, El jarrón marrón o Ramo de flores. Redon había captado con enorme precisión la frescura de las flores, sus colores todavía calentados por el sol, la belleza breve que parecía evolucionar ante la mirada del espectador hasta el momento en que habría de acabar desvaneciéndose. Redon consiguió fijar en sus cuadros la elegancia y el vínculo de la sociedad francesa con las flores.

Hace unos meses, una buena amiga en París nos hizo desviar de nuestra ruta, ya bien entrada la noche, para ir a reencontrarse con una flor que le habían regalado la noche anterior y que, por una distracción, había olvidado en un café. Al preguntarle por qué era tan importante recuperar aquella pequeña flor blanca, nos respondió que era para no desprenderse de la noche que había vivido. Redon había producido en mí el mismo efecto. Al salir del Museo Picasso, tras varias horas sometido al influjo de los colores encendidos y breves de las flores, volví sobre mis pasos para mirar de nuevo aquellas efímeras y fantásticas criaturas por última vez. Redon nos mostró que es posible pintar una flor sin que pierda la intensa potencia de su efímera belleza. Consigue, paradójicamente, atrapar lo efímero, no para convertirlo en algo imperecedero, sino para mostrarlo con todo su valor estético. Mi encuentro con los jarros de flores de Redon fue efímero y, no obstante, todavía domina mi percepción cuando contemplo un ramo de flores. Su poder cautivador, por breve que fuese, sigue manifestándose treinta y nueve años después.

Lo que nos ofrece lo efímero, cuando conseguimos captar su poder evocador, es activar lo sensible, dar curso a la imaginación para que restablezca ese instante que creemos que ya pasó y advertir que sigue de forma permanente en nosotros. Por eso es tan importante que nos demos cuenta, ahora que nadie hace nada sin prudencia, orden y seguridad, de que la existencia, como el arte, se basa en los sucesos, en acontecimientos imprevisibles, en encuentros, en aproximaciones y en correspondencias que nacen y creemos que mueren en el momento y que, pese a todo, perviven en nosotros.

No se trata de acumular experiencias para después exhibirlas, sino de tener vivencias para posteriormente desplegar en nosotros su dimensión sensible y estética. Lo efímero necesita lo íntimo y privado para sobrevivir más allá del tiempo en que se produce el encuentro, del mismo modo que las experiencias necesitan lo público para certificar que hemos formado parte de ellas. Por este motivo, el efecto de lo efímero sobre nosotros empieza a debilitarse en nuestra cultura. Lo efímero, para poder sobrevivir, necesita huir del documento, del sonido y de la imagen; lo efímero huye de la exhibición.