Un paseo por el parque

Verdadero corazón de la ciudad de Huesca, el parque Miguel Servet es también un privilegiado lugar de memoria. Desde que se iniciara su construcción en 1928, cada régimen político, cada alcalde con ínfulas o sin ellas y cada movimiento ciudadano han intentado dejar su huella en el recinto, generalmente mediante algún conjunto escultórico, de tal manera que un paseo mínimamente atento por sus espacios nos permite recorrer un siglo de historia de la localidad.

Allí está para atestiguarlo, en la entrada de su ensanche, la imponente «Estatua a los reyes pirenaicos», una obra de 1976, fruto de un contexto en el que interesaban tanto las referencias que permitieran la reconstrucción de la identidad regional como aquellas que, indirectamente, trataran de consolidar un difuso sentimiento monárquico, tareas ambas para las que resultaba más seguro remitirse al pasado remoto que al reciente. De forma todavía incómoda, a este último se refiere el «Monumento a los defensores de Huesca», obra de juventud del artista Ángel Orensanz, que recibió en 1962 dicho encargo del Ayuntamiento y el Consejo provincial del Movimiento para conmemorar el aniversario del final del sitio republicano sobre la ciudad durante la guerra civil.

A la muerte del dictador, se le eliminaron los bajorrelieves y se lo rebautizó como «Monumento a los oscenses muertos en guerra», con la fallida pretensión de que pasara a representar a la totalidad de sus habitantes, y no únicamente a los vencedores. Al menos, cuestión de justicia poética, la excesiva verticalidad de la obra de Orensanz la ha hecho pasar siempre totalmente desapercibida, mientras que todos los que hemos sido niños en Huesca guardamos el recuerdo de habernos deslizado por la base de los reyes pirenaicos.

En otras ocasiones, resignificar un conjunto resultaba sencillamente imposible, como sucedía con el más antiguo monumento a los caídos franquistas, situado en la zona de los pinares, que cayó a su vez, aunque víctima en esta ocasión de la piqueta democrática. Eso sí, de manera vergonzante y al amparo de la noche, en toda una parábola de lo que fue la transición en muchas pequeñas capitales de provincia. Como está poniéndose nuevamente de manifiesto a nivel global, hacer caer estatuas para levantar otras ha formado siempre parte de la historia, y eso no significa necesariamente querer borrarla o modificarla, sino que cada sociedad y cada generación seleccionan los valores y los referentes que quieren o rechazan proyectar, y en los que desean o no sentirse reflejados.

A este respecto, si hay un monumento particularmente querido por la ciudadanía democrática, característico del parque Miguel Servet y, por extensión, de la propia Huesca, esas son «Las Pajaritas», nacidas en el año 1929 y obra de don Ramón Acín Aquilué. Todos nos deslizábamos por la base de los reyes pirenaicos, pero las Pajaritas eran algo más, algo difícil de explicar, eran el permanente telón de fondo del paseo en familia del domingo, de los cambios de estación, de las clases de dibujo del colegio, de los primeros intentos de sacar una buena fotografía, de las primeras salidas con la cuadrilla de amigos que se convertían en las primeras citas… las Pajaritas fueron y son la sensación de estar en casa.

 

Conchita Monrás y Ramón Acín en su casa, en Huesca en 1927, con una jaula con un pájaro de papel. Fotografía de Ricardo Compairé. Fundación Ramón y Katia Acín

Conchita Monrás y Ramón Acín en su casa, en Huesca en 1927, con una jaula con un pájaro de papel. Fotografía de Ricardo Compairé. Fundación Ramón y Katia Acín

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«La pareja de más altura moral e intelectual que tenía la ciudad»

A medida que fue pasando el tiempo, el monumento de las Pajaritas también se recontextualizó, con el añadido de una pequeña fuente y una estela con un retrato en bronce de su autor. Para la generación nacida en la transición, las preguntas empezaban también a acumularse, incluso sin el amparo de la noche: Ramón Acín, clásico apellido del Alto Aragón, polifacético artista plástico y profesor de dibujo en la Escuela Normal de Magisterio, nacido en Huesca el 30 de agosto de 1888 y fallecido también en Huesca y también en agosto, el día 6, pero de 1936.

La publicación de los primeros catálogos sobre su obra en 1982 y 1988 y la recuperación y exhibición por parte del Museo de la ciudad de la mayoría de su producción –si tienen ocasión, la cruda sencillez de su escultura «El agarrotado» merece con creces un desplazamiento– comenzaron a hacer justicia a su memoria. También respondieron a las preguntas más urgentes: fallecido no, asesinado por los golpistas, como lo sería Conchita Monrás, su esposa, apenas dos semanas después, el día 23, en una represalia de esos heroicos defensores de la ciudad tras un bombardeo republicano. Quedaban, no obstante, otras muchas cuestiones por resolver, alguna de ellas obvia, ¿por qué los franquistas no habían destrozado su monumento más emblemático?

Razones tenían sin duda para ello, pues Conchita Monrás y Ramón Acín representaban los avances sociales por los que se venía luchando desde finales del siglo XIX –desde la ampliación de la instrucción pública y la mejora de las condiciones de vida de la clase obrera hasta los derechos de la mujer–, es decir, todo aquello que los fascistas oscenses, y buena parte de la derecha tradicional radicalizada, odiaban a muerte. Además, Ramón Acín nunca había escondido sus ideas, al contrario, «sabía levantar la voz» –como él mismo escribía sobre Francisco de Goya a propósito de su centenario– ya fuera en su vertiente artística y profesional o como activista político.

Acín siempre entendió el arte como un reflejo de su compromiso con la sociedad, pero un compromiso carente de dogmatismos estéticos, lo que se tradujo en una obra heterodoxa, plena de imaginación y libertad. Del mismo modo, la educación significaba para él apertura de horizontes –una beca de la Diputación le permitió formarse en varias ciudades españolas, aunque distintas circunstancias le impidieron disfrutar de una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios–, pero ante todo justicia social, como siempre recordaron agradecidos sus alumnos. También es bien conocida su militancia desde 1915 en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), la gran plataforma del anarcosindicalismo y el pensamiento libertario, de la que Acín fue ponente de prensa y propaganda en su reunión de 1919 en el madrileño Teatro de La Comedia.

Hombre igualmente de acción, al ser agraciado con el gordo de la lotería en 1932, utilizó la mayor parte del dinero para financiarle a otro paisano heterodoxo una película de denuncia, Las Hurdes. Tierra sin pan, cuyo rodaje ha sido recientemente llevado al cine de animación en Buñuel en el laberinto de las tortugas, presentando a Ramón Acín al gran público. Unos años antes, en 1930, se había vinculado a la sublevación de Jaca liderada por los capitanes Fermín Galán y García Hernández, cuyo fracaso provocó la salida del artista al exilio parisino y el fusilamiento de ambos militares –sus tumbas, un clásico de la peregrinación republicana, se encuentran en el cementerio civil y religioso de Huesca, respectivamente, no lejos del precioso bajorrelieve que adorna la sepultura de Ramón y Conchita, por si quieren aprovechar el viaje al museo–.

A su regreso a España, inmediatamente después de proclamarse la Segunda República, Acín volvió a unir arte y compromiso con la elaboración para la ciudad pirenaica de un ambicioso conjunto escultórico a la memoria de Galán y García Hernández, sabedor de que el nuevo régimen también necesitaba referentes a los que rendir homenaje. El monumento, de democrática horizontalidad, debía servir de entrada al actual Paseo de la Constitución pero, tras el golpe de Estado del verano de 1936, una de las primeras acciones de los triunfantes falangistas fue destrozar a martillazos sus moldes de escayola, que se encontraban ya listos para ser fundidos en bronce.

Las Pajaritas, como hemos visto, se libraron de correr la misma suerte. Probablemente, los gestores franquistas de la ciudad, entre los que se contaba Vicente Campo, alcalde de la ciudad con Primo de Rivera e impulsor de la creación del Parque –donde cuenta con un busto, y no de la posguerra, sino perpetrado en 1995–, consideraron que se trataba de un mero monumento para niños, simple e inofensivo. Sin embargo, de nuevo, las Pajaritas son mucho más de lo que aparentan. Son la belleza de lo cotidiano frente a la grandilocuencia de las grandes esculturas historicistas, la cercanía que permite tocarlas, sentirlas e interactuar con ellas frente a las inaccesibles alturas de un pedestal infinito.

Sus sencillos materiales, unas «chapas de metales baratos animadas por sencillas dobleces», como los describía el propio Acín, son todo un manifiesto de cómo entender la práctica artística, más como artesanía que como búsqueda del espectáculo. Y, efectivamente, están dedicadas a la infancia, porque para la pedagogía libertaria «los niños son la única esperanza de un mañana mejor». En ocasiones, los gestos más aparentemente banales, como el aleteo de una pajarita, pueden ser los más revolucionarios.

Conchita y Ramón no tuvieron tanta fortuna. Una hermosa fotografía en la que aparecen juntos, velando una jaula que contiene una pajarita de papel, nos ayuda a entender hasta qué punto no podían entenderse el uno sin el otro. Por ello, cuando los «buenos vecinos de Huesca» acudieron a golpear a Conchita para que revelara el paradero de Ramón, el artista salió de su escondite para terminar con el maltrato de su compañera. De nada sirvió. Si alguien quiere saber lo que fue la dictadura de Franco, que consulte los expedientes de responsabilidades políticas que se les abrió a ambos, incluso después de asesinarlos –el portal «DARA-memoria democrática» los alberga en libre acceso–, y compruebe la espiral de delaciones, envidias y afán de rapiña con la que trataron de borrar su recuerdo.

Afortunadamente, no lo consiguieron. Fue la Barcelona revolucionaria, aquella que narró deslumbrado George Orwell –justo antes de salir hacia al frente, precisamente al cerco de Huesca, donde se conserva su trinchera, y ya se están quedando sin excusas para no venir–, la primera que rememoró a Ramón Acín, al dedicarle una calle, la actual Baix de Sant Pere, en agosto de 1937. Y es que, como todo buen aragonés, el artista se encontraba fuertemente vinculado a las «tierras del Este»: no sólo Conchita Monrás era barcelonesa, sino que la maqueta de las Pajaritas fue presentada por primera vez al público en la exposición que realizó Acín en 1929 en las míticas Galerías Dalmau. En 1991, en atención a todos estos antecedentes, así como a la tradición libertaria del barrio, una hermosa réplica de las Pajaritas voló de nuevo hasta Barcelona para posarse en la Rambla del Clot.