Texto de la conferencia inaugural del Any Cerdà pronunciada por el profesor Manuel de Solà-Morales el 11 de junio de 2009 en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona; publicada originalmente en L’agenda Cerdà. Construint la Barcelona metropolitana, J. Fuster (coord.), Institut Cerdà, Ajuntament de Barcelona, 2010; también en Cerdà / Ensanche. Manuel de Solà-Morales, C. Crosas (ed.) Edicions UPC-ETSAB, 2010; incluido en Miradas sobre la ciudad. Manuel de Solà-Morales, O. Clos (ed.) Acantilado, 2011.


 

Si caminamos por Barcelona, encontraremos un barrio que está creciendo como una seta. Nuevas viviendas, oficinas, museos, residencias y guarderías, nuevas actividades y nuevas empresas se mezclan sustituyendo el antiguo paisaje industrial. Es el 22@. Doscientas hectáreas en transformación acelerada por un proceso que una inteligente normativa ha provocado como atractivo de iniciativas industriales, inmobiliarias y culturales.

¿Qué tiene este barrio que permite esta explosión rápida y simultánea, que no es una operación única sino la acción simultánea de muchos operadores? En diez años, se han desarrollado más de sesenta proyectos del tamaño de media hectárea, unos cuarenta mil puestos de trabajo, unos dos millones de metros cuadrados de techo, quince mil viviendas.

Para hacer ciudad dos cosas son necesarias: una infraestructura de soporte y una idea de urbanidad. La idea de urbanidad es, aquí, la de mezclar densamente oficinas, viviendas y equipamientos públicos elementales, con libertad de formas y arquitecturas que estimulen la innovación y los valores de la modernidad. Pero la infraestructura de soporte son las calles que el Plan Cerdà definió hace ciento cincuenta años (¡ciento cincuenta!) reforzadas ahora con todos los condicionantes de la tecnología moderna.

Imagen mental y soporte físico; esto es urbanismo.

En el Eixample inicial estas dos condiciones iban juntas. La alineación de las calles definía alcantarillado, transporte y movimiento, arbolado…, tanto como las fachadas de los solares. En el 22@ la forma de los edificios se independiza del soporte, la infraestructura de las calles define los límites de las cantidades, la densidad de aprovechamiento, pero la edificación puede ser muy autónoma, quizá demasiado. Las nuevas arquitecturas herméticas del 22@ no parecen capaces de expresar la memoria urbana del suelo que pisan. Porque la memoria no es solo un problema de conservación monumental. No soy yo partidario de conservar la materialidad del enjambre de construcciones, parcelas, pasajes y corrales que componían el precioso tejido antiguo del Poblenou. Pero sí que lo soy de reclamar a la arquitectura actual la capacidad de hacer lo que sólo la buena arquitectura puede hacer: expresar en tres dimensiones, de forma más rica, la complejidad conceptual del lugar en el que se asienta; ser transmisora de significación urbana y de inteligencia histórica.

Pero, ¿por qué hablo del 22@? Porque su ocasión es posible gracias al soporte neutral del Eixample, a la malla de aquellas calles que Cerdà hizo aprobar hace ciento cincuenta años. Unas calles organizadas ortogonalmente desde la directriz suroeste-noreste de la Gran Via, trazada con una línea que, pasando tangente a los bastiones más exteriores de la muralla, establecía la orientación definitiva de lo que quería ser un ensanche indefinido.

A partir de la Gran Via, y con la Meridiana orientando la conexión territorial hacia Montcada y el Paral·lel estructurando la conexión hacia Molins de Rei, por Sants, se implanta una retícula de calles que, después de sucesivas aproximaciones, dimensionando anchos de vía, medidas de casa, de patio y de esquina, se estableció en manzanas cuadradas de 113 metros de lado y 20 metros de calle. Más claramente que la opción de las orientaciones noreste-suroeste y noroeste-sureste, que se escogen casi por sentido común como las más higiénicas en relación con el viento y el soleamiento, la opción del cuadrado de 113 x 113 —la manzana más grande conocida, solo por debajo de la de Berlín y casi tan grande como la de Buenos Aires— es su decisión morfológica más representativa. Y, por tanto, busca una demostración científica. La asignación de suelo necesario para las casas, más las calles, más los patios, más el «premio de la cuadratura», le llevan a una medida óptima.

Pero Cerdà no era un ingenuo de la geometría; no probó las medidas de una manzana y después dijo simplemente: «Así está bastante bien, haced mil como esta». Conocía bien la inmensidad de su cuadrícula.

¿No hay también, en la colocación de las manzanas sobre el plano, en su ajuste a los datos significativos del territorio, la señal de un criterio superior que determina el porqué de estas medidas? ¿Son los 133 (113 + 20) metros producto de un cálculo analítico, y es una casualidad que equivalga exactamente a la quinta parte entre el Baluard de Tallers y el Portal Nou, los dos puntos que determinan el trazado de la Gran Via? También quince veces este módulo (3 veces 5) es exactamente la anchura del casco antiguo y, además, cinco módulos (5 veces 133) será la distancia al eje de Sant Joan y diez veces la medida entre este y el centro de Les Glòries. Las dudas que, por escoger estas medidas, en la fase final de su trabajo explica Cerdà, enseñan bien cómo —igual que en todo buen proyecto— el cálculo es una buena aproximación, pero la forma final se fija ajustando modelo y base real, idea y territorio.

Hoy en día nos gusta el trazado de Cerdà por esta libertad tan moderna de utilizar el módulo como base de muchas excepciones.

Esto nos da una imagen de un Cerdà atento al ajuste y a la explicación más que la de un aplicado determinista de ideas preconcebidas. El trazado del Eixample se basa efectivamente en el módulo de los 133 metros, pero ¡cuántas veces este modelo está deformado, distorsionado en el Plan! El Eixample incorpora ritmos de calles más anchas cada cinco, cada cuatro, ocasionalmente, cuando le conviene que se modifiquen las proporciones de las manzanas. La Rambla de Catalunya se desplaza, y el Passeig de Gràcia se deja dónde estaba, aunque altere el ritmo de las verticales. Las diagonales y las rondas crean manzanas triangulares; los chaflanes crecen en Letamendi, en Tetuán y en Creu Coberta, manipulando la modulación, a conveniencia del diseño general. Hoy en día nos gusta el trazado de Cerdà por esta libertad tan moderna de utilizar el módulo como base de muchas excepciones. La perfección no se busca en la regularidad de la norma repetida, sino en la capacidad de admitir hechos contradictorios.

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Soy consciente del esfuerzo de imaginación que ello implica. Hablo como si tuviésemos delante el plano de la ciudad y cuento con la memoria geográfica del lector. Al fin y al cabo, creo que todo buen ciudadano conoce bien lo que camina.

El urbanismo, tal como he dicho antes, ha de fijar un apoyo físico y enseñar una idea. El urbanista se mueve entre la precisión aplicada y el concepto modélico. El mérito, el gran mérito de Cerdà, es haber reunido tan brillantemente la distancia entre estos dos niveles de trabajo. Es verdad que la Teoría general de la urbanización es un tratado que lo coloca entre los grandes pensadores de la urbanización y entre los teóricos de la ciudad industrial, por delante de ingleses, alemanes y franceses, que han sido normalmente más divulgados. Es verdad también que fue un intelectual progresista, activista político, preocupado y consciente de la dimensión masiva de las poblaciones y de la exigencia de habitación como argumento principal del crecimiento urbano.

Pero Cerdà es importante, y es famoso, porque es autor del Eixample de Barcelona. Sin esta obra, práctica y concreta, excelente e imperfecta, su figura sería quizá la de uno de aquellos ilustrados visionarios, interesantes para el debate erudito. La fuerza del proyecto de Eixample es la que da sentido a los volúmenes de la Teoría general, y como memoria del Plan es como fueron presentados. No nos engañemos, no es el Plan consecuencia de la Teoría: es al revés. Es la autoridad de quien ha creado la ciudad de nueva planta más grande de la Europa moderna lo que nos hace mirar atentamente sus escritos.

El Eixample es el experimento paradigmático del debate flexibilidad-rigidez. Cuanto más firme el apoyo, más flexible el resultado. Por eso, no confundamos las distorsiones de la ley geométrica de la manzana tipo como un descuido fortuito. No tendría sentido hablar de flexibilidad y de excepciones si no fuese por la fuerza extraordinaria de la racionalidad reguladora de la cuadrícula: quizá es la norma pública más permanente y más fielmente seguida de cuantas leyes ha tenido este país en más de un siglo. Constituciones y gobiernos, regímenes y poderes fácticos han ido cambiando sin inmutar las rayas de aquel plano que dibujaba cómo tenía que construirse la «huerta y viñedo» de Barcelona.

Es la flexibilidad dentro de este soporte rígido lo que está haciendo posible el 22@, igual que hace años, a otra escala, permitió la célebre fachada de la manzana de la discordia del Passeig de Gràcia, entre Consell de Cent y Aragó, en la que Domènech i Muntaner (Casa Lleó-Morera), Puig i Cadafalch (Casa Ametller) y Gaudí (Casa Batlló) coincidieron con arquitecturas completamente diferentes, sin más regla que el respeto a la calle, creando uno de los episodios urbanos y arquitectónicos más interesantes de la ciudad. Y es la misma flexibilidad la que incluye en la retícula, sin problemas, piezas de dimensión superior, como las del Clínic, la Escuela Industrial o el Hospital de Sant Pau.

El Eixample es el experimento paradigmático del debate flexibilidad-rigidez. Cuanto más firme el apoyo, más flexible el resultado.

La firmeza del soporte es la prenda de la libertad arquitectónica y de la belleza urbana. Ya los antiguos filósofos escolásticos decían que la belleza estaba en la «unidad hecha con la variedad», y Hegel escribía que la belleza no es sino «la expresión sensible de una idea». Es una idea de ciudad, de convivencia, de esfuerzo y de respeto, la que la trama de soporte del Eixample garantiza.

Por ello manipular este apoyo es tan peligroso. Cuando hemos visto algunas calles desfiguradas en su sección acera–árbol–vial–árbol–acera, por atención a criterios inmediatos, hemos visto perder su pertenencia a una idea unitaria y debilitar su valor de soporte extensivo, genérico.

Es una idea de ciudad, de convivencia, de esfuerzo y de respeto, la que la trama de soporte del Eixample garantiza.

Cerdà quería una ciudad indefinida —lo repite muchas veces—, el trazado de un soporte flexible pero indefinido. Su calle más importante, la Gran Via, espina dorsal de todo el Plan de Eixample, es un eje de río a río sobre el cual el orden vertical de las rieras puede acomodar las calles de una ciudad compacta, del Llobregat al Besòs. Lo que la antigua Travessera romana había hecho por encima de Gràcia y Les Corts, desde Cerdà tiene una posición definitiva a la altura en la que el desnivel topográfico es mínimo, y es desde esta traza que se arma toda la gramática de ortogonales y paralelas. La Gran Via, como su nombre indica, es la aportación fundamental de Cerdà a la forma de Cataluña y, más concretamente, es la referencia que podía haber organizado la metrópolis desde El Garraf hasta Montgat (en cierto modo todavía lo hace, a pesar de la forma torpe en que se ha ido desvirtuando en algunos tramos).

El Plan Cerdà multiplicaba por diez la superficie de la ciudad. El derribo de las murallas abrió espacio para una ciudad nueva que alojase la población que vivía congestionada y toda la que tendría que venir. Cerdà ya tenía muy claro que la ciudad no es un problema, sino una solución, y que dar ciudad era dar progreso, higiene, servicios y trabajo. Por eso propuso un salto adelante: la idea de ciudad indefinida, y el apoyo físico de la idea.

La ciudad indefinida es para Cerdà un axioma a priori que tiene que ver con su voluntad democrática e igualitaria, pero que avanza hacia el futuro y plantea cuestiones especialmente pertinentes en la ciudad de hoy. Que la ciudad es un derecho la hace por principio extensiva a todos, infinita. Que la ciudad es un bien en sí misma la hace extensiva a todas partes, indefinida. Tesis contradictoria que aprendemos cuando contemplamos el legado de Cerdà.

Igual que hoy, era necesario entonces un salto hacia delante que permitiera prometer ciudad para todos, cambiar la escala del imaginario cívico y apropiarse de unas dimensiones y de unas formas urbanas nuevas. El Plan Cerdà es admirable porque, con tan pocos instrumentos, fue capaz de dar tan enorme salto adelante: salto de medida, de estructura funcional, de base demográfica, de productividad económica.

Barcelona, hoy, ha de plantearse una vez más el salto adelante. Un salto serio hacia la idea de metrópoli, que es más un salto mental que físico, tomando lecciones de la valentía de Cerdà. Pero no para multiplicar el Eixample, no para cuadricular todo el territorio, como algunos han creído, ni para pensar que las autopistas son como calles, o los ferrocarriles son como rieras. Extender el pensamiento de Cerdà no es extrapolar la cuadrícula por todas partes, ni hacer un ensanche gigante más ancho, más lejos o más blando.

Cerdà ya tenía muy claro que la ciudad no es un problema sino una solución, y que dar ciudad era dar progreso, higiene, servicios y trabajo.

Como Cerdà, sí, hace falta sumar una idea con un soporte. Una idea que ha de ser una suma de acciones. Una idea metropolitana que difícilmente puede salir de la simple coordinación, sino que se ha de conseguir por integración a un programa colectivo. Colectivo y selectivo. Hacer metrópoli es una idea integradora que implica prioridades, jerarquía de intenciones, desequilibrios. Porque es la integración conjunta la que reparte los beneficios. El sentido de la metrópoli es justamente afrontar un salto de escala, no por federación «horizontal», sino por integración en una mayor interdependencia y complejidad.

La historia urbanística del siglo XX en Barcelona es la historia del fracaso repetido de cualquier intento de visión metropolitana más amplia. Ni la «Ciutat del Repòs», ni las visiones de la «Gran Barcelona» de los años treinta, ni el «Regional Planning», ni los esquemas directores metropolitanos de los años sesenta llegaron a buen puerto. Incluso los «centros direccionales» metropolitanos del Plan de 1976 han sido sucesivamente fagocitados por las apetencias municipales respectivas. Barcelona es excelente en el aprovechamiento de lo que ya tenía: el Eixample, los barrios y las poblaciones, el litoral. Con razón, el proceso de transformación de los últimos treinta años ha sido denominado la «reconstrucción de Barcelona». Hemos comenzado desde dentro. Muy bien. ¿Toca ahora el salto adelante? Creo que el Año Cerdà es una buena ocasión para reflexionar —y actuar— sobre este salto adelante.

Pero también creo —y ya que tengo la palabra, me permito opinar— que hace falta un cambio de escala, para seguir a Cerdà a fondo, haciendo lo contrario de lo que él hizo. Ahora, las ideas han de ser acciones físicas concretas, puntuales. El soporte ha de ser de programas y de temas. No se trata de ordenaciones extensivas de carreteras y poblaciones. La idea metropolitana, hoy, no es una zonificación, sino una selección de acciones estratégicas, independientes, injustas a veces, pero significativamente creativas y estimulantes para todos. Acciones que no buscan el equilibrio distributivo, o la repartidora territorial, sino la eficacia para cambiar de escala la vida social y económica de los ciudadanos. Por tanto, el soporte genérico ha de ser programático, temático, político, para hacer posibles las propuestas físicas. Quizá hoy un nuevo Plan Cerdà, que no será de manzanas, ha de ser solo de esquinas, de intersecciones, de cruces…

Uno de los méritos fundamentales del Eixample ha sido justamente convertirse en cruce de conexión de los barrios vecinos. Un lugar de traspaso, un área franca que ha permitido a los núcleos periféricos convertirse en centrales. Es la interdependencia mutua la que los hace céntricos, metropolitanos. Por ello, hacer metrópoli también quiere decir crear redes intersticiales: red de metro y cercanías —no solo cercanías radiales—, red de parques —no solo parques municipales—, red de avenidas supramunicipales, de distritos avanzados, de universidades y de hospitales.

El distrito 22@ puede verse como la metáfora de un área verdaderamente metropolitana. Quiere ser local y global a la vez. Depende directamente de su relación con el mundo exterior tanto como de sí misma. Tal vez podríamos entenderla como si fuese una maqueta, propuesta a escala de una idea metropolitana.

Sobre la sólida base de Ildefons Cerdà.