En el prólogo de este volumen, después de afirmar que el elemento determinante de la presidencia de Pasqual Maragall fue la apuesta para elaborar un nuevo Estatuto de Autonomía, el historiador Josep Maria Muñoz recuerda la amplísima mayoría con la que fue aprobada la propuesta en el Parlament. Votaron a favor 120 de los 135 diputados. Esta mayoría, según Muñoz, sería «la prueba más concluyente e incuestionable de que la reforma del Estatut era una necesidad ampliamente sentida y compartida en la sociedad catalana».

En el epílogo del libro, redactado conjuntamente por los autores de cada uno de los capítulos y por el equipo que lo ha diseñado, se hace una afirmación sobre el largo proceso estatutario que se complementa con la de Muñoz: «la realidad posterior ha demostrado, por tanto, la necesidad y la urgencia de aquel ejercicio de revisión radical que había propugnado Maragall contra las resistencias de los unos y las reticencias de los otros». Tanto unos como otros, al hablar del nuevo Estatuto, concluyen que era una necesidad.

La paradoja es que justo antes de la segunda cita se ha afirmado que, la del Estatut, fue «una apuesta perdida». Si una apuesta política se pierde, pese a sus buenas intenciones, ¿se puede considerar una apuesta necesaria? Yo diría que este es el nudo gordiano que habría que atreverse a cortar para poder hacer lo que pretende Maragall i el govern de la Generalitat: les polítiques del canvi: un análisis sectorial, ponderado y ecuánime de la obra del Gobierno autodenominado catalanista y de izquierdas presidido por un Maragall optimista como siempre y fatigado como nunca. Cortarlo no solo para poder hacer el repaso de la acción de aquel Gobierno, sino también para que el libro sea útil a la hora de ayudarnos a salir del callejón sin salida en el que se encuentra nuestra política desde hace al menos una década.

 

Conclusión transparente

Planteémoslo con esta frase excesivamente enrevesada: hasta qué punto el proyecto maragalliano para la Generalitat no se consolidó lo suficiente precisamente porque avanzó en paralelo a una elaboración estatutaria que, entre los intereses de unos y otros, y las zancadillas de los propios, diezmó la autoridad presidencial, ya que se llevó adelante obviando la posición de la contraparte a la hora de suscribir un pacto que, de facto, obligaba a una reforma constitucional y que, tras la sentencia del Constitucional, ha implicado un encorsetamiento del autogobierno. O digámoslo de una manera políticamente incorrecta: ¿podemos decirnos ya, de una puñetera vez, que la aventura del Estatut fue antes que nada un error propio que todavía estamos pagando? El libro no pretende afirmarlo así, al contrario, pero yo diría que esta es la conclusión transparente que se desprende de la suma de miradas metódicas que lo constituyen.

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

¿Podemos decirnos ya, de una puñetera vez, que la aventura del Estatut fue antes que nada un error propio que todavía estamos pagando?

Situémonos. En el primer punto del Pacto del Tinell, en virtud del cual Maragall fue elegido presidente de la Generalitat, se explicitaba que el nuevo gobierno impulsaría el Acuerdo Nacional sobre el Autogobierno y la Financiación que habría de desembocar en la elaboración de un nuevo Estatut y la adopción de un nuevo sistema de financiación. Nada que no recordemos. Lo que sorprende, pasados los años, es haber olvidado la dirección en la que se quería orientar de entrada la redacción. En el apartado de contenidos del Pacto queda claro que originariamente se pretendía avanzar hacia «la consideración constitucional de la Generalitat como Estado», es decir, explorar caminos legales que permitieran a la Generalitat formar parte de decisiones, de nombramientos o de la mecánica institucional del Estado asumiendo la naturaleza compuesta —nacionalmente compuesta— de ese Estado.

Se postulaba un cambio de cultura política profunda, opuesta al regionalismo pujolista, sin que se hubiera hecho nada para modificar la idea política del país que había consolidado el poder convergente. No cuesta demasiado recordar cómo el espíritu maragalliano del Estatut se desnaturalizó en la misma ponencia parlamentaria, alejándolo del horizonte del federalismo asimétrico que quería constitucionalizar la noción de «nación de naciones» y reconvirtiéndolo de manera que actuara como una palanca de tensionamiento del modelo autonómico.

 

Meditada agenda del cambio

Después de veintitrés años de Convergència i Unió en la presidencia, el proceso del Estatut sería durante más de un lustro el centro de la política catalana. No lo serían las novedades que implicó aquella oxigenante alternancia en el gobierno. Del nuevo gobierno, de hecho, lo noticiable parecía que lo fueran sobre todo las desavenencias o los tiros al pie con los cuales se estrenó la coalición tripartita. Pero pese a los mareos sufridos a bordo del Dragon Khan, las políticas del Gobierno —sobre todo las de los consellers socialistas (especialmente Nadal y Castells)— respondían al afán de implementar una meditada agenda del cambio, por decirlo con el título del ensayo de Josep Maria Vallès, también conseller de aquel Gobierno. Era una agenda en la que el entorno de Maragall había estado trabajando desde el momento en que decidió presentarse a la presidencia de la Generalitat y que se reforzó durante su período como jefe de la oposición mediante el trabajo del Gobierno Alternativo. Este conocimiento acumulado quedó en buena medida fijado en el grueso del Pacte del Tinell.

Analizar su grado de implementación durante los tres años posteriores es lo que se propone el volumen que motiva esta reflexión. Una implementación considerable y modernizadora, en buena parte exitosa, que se pudo llevar a cabo, paradoja sobre paradoja, pese a no disponer del nuevo Estatut, pero sí gracias a contar con un ambicioso plan estratégico, para decirlo con una idea empleada por Maragall en sus años de oposición. El programa del pujolismo se había vuelto obsoleto para sincronizarse con las necesidades de la Cataluña del siglo XXI y, mientras tanto, el maragallismo había estado elaborando otro alternativo. Examinar cómo el programa socialdemócrata se convirtió en acción política es lo que hacen los cuatro académicos que han escrito el libro.

La politóloga Gemma Ubasart se dedica a estudiar la acción para ampliar el autogobierno y la calidad democrática. Carles Rivera, que dirigió el gabinete del conseller Castells, expone cuál fue el modelo de desarrollo económico pactado entre académicos y distintos agentes —el Acord estratègic per a la internacionalització, la qualitat de l’ocupació i la competitivitat de l’economia catalana— y explica las claves del nuevo modelo de financiación. La doctoranda Júlia Miralles-de-Imperial muestra de que modo el primer tripartito emprendió una serie de políticas para que la acción social cambiara de mentalidad, pasando de la asistencia al servicio a las personas (lo ejemplificaría la primera ley sustantiva aprobada por el Gobierno: la Ley de Barrios).

Examinar como el programa socialdemócrata se convirtió en acción política es lo que hacen los cuatro académicos que han escrito el libro.

El campo de las políticas territoriales, urbanas y ambientales es lo que analiza Joan Vicente Rufi. La suma de las cuatro aportaciones es más descriptiva que interpretativa, pero la enumeración de lo que se hizo, que tuvo continuidad con el Gobierno Montilla, o que simplemente quedó esbozado, basta para concluir que el balance del Gobierno Maragall, pese a la mala prensa y pese al Estatut, fue claramente positivo.

 

Josep M. Muñoz (ed.). Maragall i el govern de la Generalitat: les polítiques del canvi. Barcelona: RBA, 2021. 472 págs.

 

Ningún elogio

Pero es precisamente la centralidad del Estatut en los últimos veinte años de política catalana lo que ha impedido e impide calibrar la potencia de la acción transformadora que se llevó a cabo durante aquellos tres años. Parece que nadie la ha querido hacer suya, pese a que era y es una alternativa a nuestra parálisis política. Por ello, este libro debería intervenir en el debate de Cataluña después del procés. Para volver a centrar el debate. En Una certa distancia, Josep Maria Bricall lo dijo mejor que yo. «Los denominados gobiernos tripartitos acometieron una interesante política de barrios desatendidos, de acción, de salud, de infraestructuras (metros, carreteras, etc.) y de enseñanza, que es desde mi punto de vista la más apreciable en Cataluña desde de la Guerra. Pues bien, esto no ha merecido ningún tipo de elogio, ni de la oposición —naturalmente— ni de los partidos que lo posibilitaron —menos naturalmente. Acomplejados por elucubraciones inútiles, estos últimos han querido ocultar su aportación o han acabado tirándose los platos a la cabeza. ¡Insólito!»