La francofonía existe. Sus ramas cubren las cuatro partes del mundo. De Bruselas, en Europa, a Montreal en el Nuevo Mundo, pasando por Cotonú, la africana, y Port Vila, en el Pacífico. Expresa en francés, entre muchos otros idiomas, la existencia de la diversidad lingüística del mundo. Diversidad que, según una declaración universal de la UNESCO de 2001, se tiene que preservar al igual que la biodiversidad de la naturaleza.

A tal efecto, casi todos los territorios francohablantes participan de estructuras institucionales comunes. Constituyen un entramado de capacidades institucionales cooperativas que sorprende por su amplitud. El denominador común de este conjunto lingüístico estructurado tiene una evidencia que no merece muchas explicaciones, pero, no se le nota un dinamismo particular, ofensivo o defensivo. Hoy en día, como hace diez o veinte años, le falta un sentido colectivo, lo que le quita fuerza y eficiencia. Queda por entender esta contradicción. Una contradicción que no es coyuntural, sino que está ligada a la historia misma de esta institución. ¿Cómo, efectivamente, entender que un idioma tan organizado entre sus distintas partes sea tan poco radiante?

 

Una pirámide compleja 

La francofonía se define simplemente como el espacio en donde la población, en su totalidad o en parte, habla francés. La palabra, inventada por un geógrafo colonial, Onésime Reclus, a finales del siglo XIX, no tuvo otro contenido que este, descriptivo, durante años. La francofonía institucional apareció un siglo más tarde. Organizó los usuarios del idioma, sean gobiernos nacionales, regionales, locales, o grupos de hablantes sin representación.

Esta estructuración se forjó en un desorden tardíamente regulado; regulación que pidieron voces africanas o canadienses francesas más que voces oriundas de Francia. Fue en el tercer congreso de la lengua francesa en Canadá, en 1952, cuando se intentó por vez primera asociar las distintas partes de la francofonía. Volvieron a plantear la propuesta, a finales de los años sesenta, tres jefes de Estado africanos: el tunecino Habib Bourguiba, el nigeriano Hamani Diori y el senegalés Léopoldo Sedar Senghor. El proyecto maduró en Niamey, capital de Níger, para cuajar el año siguiente con la fundación de la ACCT (Agencia de Cooperación Cultural y Técnica), estructura común, madre de la OIF.

La francofonía, hoy en día, tiene la apariencia de una pirámide cuya cabeza, la OIF (Organización internacional de la Francofonía), contra toda lógica, fue casi la última en crearse (2006). La OIF integró estructuras anteriores, a veces de muchos años. La coordinación universitaria francófona, por ejemplo, fue creada en 1961 y la asociación de los parlamentarios de lengua francesa, en 1967.

La OIF reagrupa hoy países o entidades francófonas con países que nunca lo fueron: de los 88 territorios miembros, solo 32 lo tienen como idioma oficial o cooficial.

Independientemente de esta cronología establecida al revés, los miembros de la organización tienen otra característica un tanto desconcertante. La OIF nació como organización mutualizando territorios en donde el francés tenía una realidad oficial y social. Sean europeos como Francia, Bélgica, Luxemburgo y Suiza. Sean excolonias francesas de África o de Asia. Sean americanos como Canadá, Quebec y Haití. Sin embargo, hoy en día, reagrupa países o entidades parcialmente o totalmente francófonas con países que nunca lo fueron, como Bosnia-Herzegovina, Corea del Sur, los Emiratos Árabes Unidos, Kosovo, Qatar o Ucrania. Hasta tal punto que, de los 88 territorios miembros, solo 32 lo tienen como idioma oficial o cooficial.

En este contexto, los objetivos actuales de la francofonía oficial se reparten entre iniciativas y programas dedicados al idioma con objetivos distintos, relativos a valores –los de la democracia, de los derechos humanos, del desarrollo, de la paz– que emparentan la OIF con la ONU o al Consejo de Europa (que no tiene nada que ver con la Unión Europea). Al margen de estas organizaciones asociando poderes públicos, se crearon, y siguen constituyéndose, ONG e instituciones sin finalidad lucrativa, que aparecieron de forma espontánea, a partir de la proximidad lingüística. Muchos de ellas son culturales, y pretenden presentar el abanico de la creatividad cinematográfica, literaria o musical en francés.

La vida de estas instituciones, como la de todas las organizaciones, les conduce a inventar razones para perpetuarse. Siguen captando permanentemente nuevos miembros. Tienen una agenda de reuniones muy rica. Las cumbres de la OIF tienen lugar cada dos años, los juegos de la francofonía cada cuatro. En los últimos años nueve territorios se afiliaron a la OIF: 2 en 2014 (Kosovo, México), 3 en 2016 (Argentina, Canadá-Ontario, Nueva Caledonia), 4 en 2018 (Gambia, Irlanda, Luisiana, Malta).

 

Sin una brújula común

Los analistas y observadores, periodísticos o universitarios, que estudiaron la francofonía hacen diagnósticos paralelos. «El papel de la OIF, es complejo y nebuloso», escribieron por ejemplo en una de las últimas publicaciones de referencia, dos universitarias, Maria Candea y Laélia Véron (Le français est à nous!, Paris, la Découverte, 2021).

PUBLICIDAD
Neix DFactory Barcelona, la fàbrica del futur. Barcelona Zona Franca

El rico florecimiento institucional de la francofonía no consiguió históricamente, y tampoco lo consigue actualmente, dotar al movimiento francófono de una brújula común coherente. Desde el principio, contradicciones múltiples y no superadas erosionaron objetivos que se podían pensar compartidos. Esta paradoja no tiene una explicación única. Es fruto de interpretaciones cruzadas y, a veces, incompatibles de lo que es la francofonía por sus distintas partes. Casi cada uno de sus miembros se afilió llevando objetivos particulares.

La francofonía asocia, en efecto, países o territorios que siempre, en un horizonte histórico moderno, lo fueron, y lo son por naturaleza. Otros lo son por casualidad, por herencia colonial. Los primeros privilegian la dimensión lingüística y diplomática de la OIF, la influencia que uno puede sacar de un idioma globalizado, y los otros, los del sur en emergencia, subrayan el aporte que los francófonos desarrollados pueden o tienen que llevar a los países subdesarrollados que fueron colonizados por francófonos ricos.

Por otra parte, la francofonía fue, y en cierta medida es todavía, un espacio internacional legitimador antes de ser un espacio cooperativo entre territorios que comparten el francés. Lo fue, y lo es, para Quebec. Quebec, provincia canadiense, consiguió afiliarse a la OIF, organización inicialmente intergubernamental. Así logró un reconocimiento diplomático. Ottawa, intentó rebajar el ámbito de la entrada de Quebec en la OIF, contestando con un «café para todos», autorizando la membresía de otras provincias (Nuevo Brunswick, Ontario), que se beneficiaron así del mismo derecho internacional extraordinario que Quebec.

Este espacio fue tanto competitivo como cooperativo. En los años 1981-1982, los dos gobiernos, el federal y el quebequense, invitaban paralelamente delegaciones parlamentarias francesas que veían como dos coches protocolarios iniciaban una carrera de velocidad en las pistas del aeropuerto de Montreal para llegar primeros al pie del avión. Esta dimensión competitiva fue ulteriormente instrumentalizada por otros actores. Por Canadá, que cuestionó a Francia el papel de centro del movimiento, reivindicando sedes y articulación. La francofonía, para Ottawa, fue también una puerta de entrada a las excolonias belgas y francesas de África, ricas en potencialidades energéticas y mineras. Y, con iguales intenciones, países del Golfo Pérsico que nunca fueron francófonos, solicitaron y consiguieron afiliarse a la OIF para tener un mejor acceso a la francofonía africana.

Esta dimensión cada vez menos lingüística abrió un espacio creciente para los países que buscan una salida diplomática a sus conflictos territoriales internos, o cómo conseguir a un precio mínimo un primer reconocimiento internacional. Fue el caso de Kosovo, y de países del este europeo, de Ucrania, por ejemplo, que, a la espera de una afiliación a la OTAN y a la Unión Europea, aprovecharon la OIF, en donde podían entrar sin muchas trabas ni tramites. Francia para quitarse la patata caliente caledonia, entre tres consultas relativas a la independencia, concedió en 2016 a Nueva Caledonia lo que Canadá se resolvió a conceder a Quebec, su afiliación a la OIF.

Esta dimensión cada vez menos lingüística abrió un espacio creciente para los países que buscan una salida diplomática a sus conflictos territoriales internos

Sin embargo, el elemento que parece de más peso es la dimensión diplomática de los idiomas y de las culturas. La diplomacia lingüística y cultural es un elemento importante de la influencia. Sin embargo, Francia, incluso en la época del general De Gaulle, tardó muchos años en pensar la francofonía como multiplicador de influencia. De Gaulle privilegiaba en materia cultural, como en otras, las relaciones bilaterales para la proyección internacional de Francia, ya sea con las excolonias africanas o asiáticas, como con Canadá y Quebec. En 1967 llegó, en un discurso pronunciado en el Ayuntamiento de Montreal, a alentar el independentismo quebequense provocando una crisis diplomática con el gobierno de Ottawa. Fortaleció en el Ministerio de Asuntos Exteriores un instrumento de influencia cultural estrictamente francés, la DGRST (Dirección General de Cooperación Científica y Técnica). Se fiaba poco de las organizaciones intergubernamentales, sea la francofonía, la OTAN o el Mercado Común europeo. Los presidentes Pompidou y Giscard d’Estaing consolidaron esta vía con las cumbres franco-africanas.

Fue el presidente Mitterrand quien en 1986 organizó en Versalles la primera Cumbre de la francofonía, integrando esta cooperación en la diplomacia de influencia francesa. Para acompañar esta decisión integró en su gobierno una secretaría específicamente dedicada a la francofonía, una iniciativa que, según su principal colaborador en el Elíseo, Hubert Védrine, no resultó convincente: «Para enfrentar la aplanadora anglófona, los francófonos (no deben tener) complejos hablando y escribiendo en su idioma. (…) De lo contrario las cumbres francófonas quedarían como encuentros en donde se toca en francés la misma agenda que en otros foros internacionales, sin que sea reforzado el uso del francés» (Les mondes de François Mitterrand, Fayard, 2016).

La pertinencia de la OIF quedó en el aire desde su nacimiento. La competencia de Francia y Canadá, desde los inicios de la ACCT y la francofonía, las trabas entre Montreal y Ottawa, no facilitaban la búsqueda de un denominador común. La tendencia ulterior a privilegiar la OIF como círculo paralelo al de la ONU, la presión de los socios africanos considerando que la OIF era un canal de ayuda al desarrollo más que una organización de cooperación entre francófonos, crearon otras disonancias colectivas.

La guinda del pastel –el concepto de francofonía lingüística– fue y sigue siendo criticado por escritores africanos, libaneses, canadienses, quebequeses, que no admiten el reparto entre autores «franceses» y «francófonos» (ver al respecto Véronique Corinus, Mireille Hilsum, coord., Lire et donner à lire la littérature francophone, PUR, 2022). Reivindican una francofonía respetuosa de las diversidades, pero entre el francés y otros idiomas. Francés y uolof en Senegal, francés y árabe en el Líbano, por ejemplo. Rechazan todo reparto entre escritores franceses de Francia y escritores supuestamente francófonos y periféricos.

 

Las reglas del mercado

En fin, y acaso, sobre todo, desde el final de la bipolaridad internacional, en los años 90, la globalización económica articula un mundo que se corresponde con las reglas uniformadoras del mercado. El mercado necesita aplanar las diversidades: Estados, idiomas, religiones, culturas obstaculizan las economías de escala que exigen las empresas. Buscan individuos consumidores permutables. Los Estados Unidos, que ganaron la guerra fría por su peso militar, pero acaso más por su dimensión económica, lideraron «naturalmente» la reorganización del mundo, universalizando el mercado, con sus empresas, su moneda, y su idioma como referente. Las grandes corporaciones transnacionales, que no tienen raíces sino intereses, apoyaron esta evolución.

Se banaliza en Francia la acción diplomática exterior: sus altos funcionarios están ahora integrados en un cuerpo de administradores del Estado

Los Estados, medianos y pequeños, están perdiendo poco a poco su legitimidad. Las nuevas normas erosionan y desvalorizan los servicios públicos, el Estado de bienestar, los idiomas nacionales, los símbolos colectivos y, al final, la democracia como marco nacional regulador pacífico de conflictos. Los jefes de Estado, en particular en la Unión Europea, cuyos fundamentos son el mercado y sus reglas, se consideran más como directores generales de países-empresas, definidos como «marcas» que compiten con otras, en inglés, que como herederos de antepasados responsables de los intereses de un país y de sus ciudadanos.

En Francia se banaliza la acción diplomática exterior. Los elementos diplomáticos reflejando la defensa del interés nacional, a través del idioma y de la cultura, pesan cada vez menos. Desapareció la especificad del Ministerio de Asuntos Exteriores en 2022. Sus altos funcionarios están ahora integrados en un cuerpo de administradores del Estado. Francia necesitaría, según sus «responsables» actuales, administradores de bienes materiales, más que inventores de políticas de influencia, basadas en el diferencial lingüístico y cultural.

Uno de los mejores especialistas en la política exterior de Francia, Frédéric Charillon, hizo por última vez una referencia a la francofonía como instrumento de influencia para Francia en 2011 (La politique étrangère de la France, La Documentation française, 2011). Esta referencia desapareció de los libros que publicó en 2021 y 2022. El presidente francés, Emmanuel Macron, reivindicó la necesidad para los francófonos de entender la diversidad como un puente hacia el inglés, de la manera siguiente delante de una platea francófona: «En Davos, algunos hubieran preferido que me expresara en francés, pero hablar en inglés en un foro que reúne el mundo de los negocios es ser útil, muestra que el francés se construye en el plurilingüismo» (Déclaration sur la francophonie, 20 de marzo de 2019). Un lingüista alemán, Jürgen Erfurt, estudió el concepto de francofonía que tiene el presidente Macron, concluyendo que, para él, «el plurilingüismo quiere decir que los franceses tienen que expresarse en inglés, porque el mercado y las relaciones económicas en el mudo lo imponen» (Ce que francophonie veut dire, Cahiers internationaux de sociolinguistique, 2018).

En este mundo de competencia económica globalizada, a pesar de lo que estipula la Constitución francesa, y la ley Toubon de 1994, relativa a la lengua francesa, el bilingüismo gana cada año más terreno. El documento nacional de identidad, desde 2022, es bilingüe, francés-inglés. El inglés gana espacio en la educación con el auge de las universidades privadas de negocios, pero también en la pública, y cada vez más en la escuela básica privada, que ofrece una educación bilingüe inglés-francés.

Desde arriba, desde todas las autoridades políticas, mediáticas, intelectuales, empresariales, una nueva programación se impone en el cerebro de los ciudadanos a través de reglas de vida que privilegian una ética individual, de consumidores anglófonos. Formatean en la escuela, en los medios de comunicación de masas, tanto antiguos como actuales, a los ciudadanos para que asocien bienestar personal con consumo y modernidad tecnológica, en inglés o, mejor dicho, en angloamericano.

La francofonía, el francés, son cada vez más oxímoros con futuro incierto. ¿Podría desaparecer la lengua francesa?, como sugieren Asia Djebar o Régis Debray

Estamos asistiendo a una evolución rápida del idioma con la introducción de palabras nuevas no traducidas, y la substitución de palabras existentes por otras en inglés. Para dar solo un ejemplo, la palabra «desafío» desapareció del vocabulario de los «influencers», que privilegian «challenge». Estas nuevas formas de «la servidumbre voluntaria», descritas hace más de cuatro siglos por el humanista Etienne de la Boétie, (La servitude volontaire) pasan por los «influenciadores», –responsables políticos, intelectuales–, y la difusión masiva de músicas anglo-americanas en la juventud, hasta la imposición mediática de un nuevo calendario festivo (Halloween, Dark Sunday, San Patricio/Saint Patrick.).

 

A manera de conclusión

Los universitarios que participan en esta legitimación del cambio identitario de los franceses culpabilizan a los que pretenden mantener una prioridad lingüística y cultural del idioma nacional como, por ejemplo, Philippe d’Iribarne, miembro del Centro Nacional de Investigaciones Científicas (CNRS), que escribió un libro revelador de la captación de las élites por el mercado, L’étrangeté française, (La rareza francesa, Seuil, 2006). Así se consolida no solo un idioma sino también una norma que organiza el pensamiento, y que solo permite «evaluar, medir, equiparar», según la profesora de literatura y traductora Pascale Casanova (La langue mondiale, traduction et domination. Seuil, 2015).

En este contexto, la francofonía, el francés, son cada vez más oxímoron con futuro incierto. ¿Podría desaparecer la lengua francesa?, como sugiere la novelista argelina Asia Djebar (La disparition de la langue française, Albin Michel, 2003). O Régis Debray, que escribió este comentario en uno de sus últimos libros, «El francés no vive más en Francia en donde está reinando ahora el “Homo economicus”, que vive en inglés» (Civilisation. Comment nous sommes devenus américains, Gallimard, 2017).

A pesar de lo nublado de estos tiempos para la diversidad lingüística, las traducciones, el francés y la francofonía, siguen vivas dinámicas institucionales de numerosas organizaciones que nadie intenta suspender, la creatividad ciudadana, especialmente en Canadá y en Quebec. Pero todo ello coexiste con una erosión lenta de su pertinencia por la fuerza del mercado y la inercia consentida de las autoridades políticas de la «marca» Francia, corazón de la francofonía.