Entre Aragón y Cataluña existe un fenómeno geográfico singular porque en esas tierras, aun siendo aragonesas, una parte importante de la población tiene como lengua común el catalán. Sin ningún tipo de identidad territorial, muchos de los hechos culturales y sociales, incluida la creación literaria, se identifican con la catalanidad. Esta zona se extiende desde el Pirineo hasta el Matarraña, entre el río Cinca y el Noguera Ribagorzana, para continuar en el margen derecho del Ebro. Resulta difícil dilucidar cómo surgió y pervivió esta singularidad. En su día, Pau Vila lo identificó como un territorio de marca. Personalmente, no creo que sea así porque el territorio siempre ha tenido movimientos migratorios poblacionales del interior a la costa y del Pirineo a las zonas llanas.

A mediados del siglo XX, es decir, recientemente, se empezó a llamar a este territorio «la Franja de Ponent», denominación de origen catalán. Aunque este nombre podría tener un leve matiz de marginalidad, al ser aceptado y valorado por la propia población como positivo y satisfactorio se fue popularizando, e incluso en Zaragoza hay quien se refiere a la «Franja d’Orient».

Considero que el hecho de que todas las tierras de Lleida, Tarragona, Huesca, Zaragoza y Teruel de esta zona limítrofe tengan una actividad agraria común basada en la irrigación y la intercomunicación de las aguas es un elemento decisivo. En efecto, desde el Segre hasta el Cinca y el Ésera, pasando por el Noguera Pallaresa y el Noguera Ribagorzana, todos los ríos van a parar al vértice de Lleida, que se convierte en capital de un amplio territorio común. El abastecimiento y el mercado de toda esta amplia zona definen a Lleida como capital de este territorio.

La construcción durante el siglo XX de los embalses hidráulicos a lo largo de los ríos mencionados por arte de La Canadiense, Fecsa y la Enher de Victoriano Muñoz, refuerzan los vínculos territoriales que dan apoyo a las tierras vecinas y a la propia Franja. La confluencia del transporte ferroviario en la ciudad de Lleida confirma el papel central de la capital. La prestación de los servicios de educación (los chicos y chicas de la Franja venían a estudiar a Lleida), sanidad y profesiones liberales se llevaba a cabo desde la ciudad, creando una red de vínculos e influencias.

Desgraciadamente, las relaciones entre Aragón y Cataluña se vieron afectadas por la segregación de parroquias del Obispado de Lleida, todas incluidas en el antiguo Obispado de Roda y que durante muchos siglos constituyeron un vínculo permanente entre sí. La aceptación de la separación de 121 parroquias del Obispado de Lleida para agregarlas al Obispado de Barbastro y Monzón decretada por el Vaticano en 1992, sin protestas de ningún tipo por parte del Gobierno catalán del presidente Pujol, cuando a todos nos consta que tenía buena relación con la Iglesia, supuso consentir por omisión un hecho que difícilmente tiene explicación.

Las relaciones entre Aragón y Cataluña se vieron afectadas por la segregación de parroquias del Obispado de Lleida.

Hay que decir, sin embargo, que un cierto movimiento separatista desde las parroquias aragonesas del entorno de Roda había sido propiciado por una campaña activa de su rector, el padre Josep Maria Llimiana, que convirtió el robo de Erik el belga en un elemento mediático de propaganda personal. El padre Llimiana, formado en el seminario de Lleida y antiguo rector de La Mariola, lideró desde la rectoría de Roda un sacerdocio populista que tuvo muchos seguidores y que fue la raíz del cuestionamiento del vínculo con Lleida.

Lo que Erik el belga demostró que se podía hacer con los robos del arte religioso de la parroquia de Roda, se convirtió en el inicio del conflicto entre Aragón y Cataluña. La política del obispo Messegué de Lleida para intentar evitar la desaparición del arte religioso de muchas parroquias sin recursos para custodiarlo, fue utilizada, a partir de la movilización de los feligreses encabezada por el padre Llimiana, como un motivo de división del Obispado. Por otra parte, el hecho de que el Obispado de Barbastro se volviera cada vez más poderoso por su vinculación a Torreciudad y a la Obra da coherencia a la decisión del Vaticano.

La Franja es, para mí, un ejemplo de lo que deberían ser las relaciones entre territorios vecinos: respeto, cordialidad, colaboración y defensa de las diferencias. Cuando fui elegido alcalde de Lleida, en 1979, me invitaron a ser pregonero de la fiesta mayor de Monzón, que no es propiamente un municipio de la Franja, pero tiene un vínculo importante con Lleida. Este hecho, y la participación a lo largo del tiempo en las ferias, fiestas y acontecimientos de estas poblaciones limítrofes, atestiguan la bondad de estos vínculos comunes.

No deja de ser un agravio que las nuevas inversiones se hagan en la comunidad vecina y no en la nuestra.

Lleida sufre en estos momentos las consecuencias de la tensión con Aragón, y eso no es bueno. Lleida tiene que ser un referente por muchos motivos, no solo para la Franja, sino para todo Aragón. Una evidencia lo pone de manifiesto: las empresas encuentran más facilidades para instalarse en Aragón que en nuestra tierra y los nuevos asentamientos se desplazan al territorio vecino. Para Lleida ciudad esto no es dramático, dado que sigue siendo capital de servicios de todo el territorio, pero no deja de ser un agravio que las nuevas inversiones se hagan en la comunidad vecina y no en la nuestra.

Hay que corregir la situación y buscar puntos de entendimiento. Creo que estaría bien plantear un foro catalanoaragonés para trabajar elementos de colaboración, propuestas para el territorio, las nuevas infraestructuras tan necesarias y la coexistencia de la cultura catalanoaragonesa en la Franja de Ponent o d’Orient como un ejemplo de lo que debemos cuidar y no dilapidar.