Un equipo de curling está formado por cuatro jugadores. Cada uno de ellos ocupa por turno la posición de lanzador. Este es el que se encarga de deslizar por el hielo una piedra de 20 kilos y soltarla delante de una línea reglamentaria para que acabe lo más cerca posible de una diana dibujada en la pista. Sus tres compañeros hacen de barredores. Son los que con escobas de distintos tipos cepillan y barren el hielo para que la superficie helada ofrezca mayor o menor rozamiento a la piedra para alcanzar mejor su objetivo en forma de diana o de desplazamiento de las piedras rivales.

La pista de hielo de Jaca iba a ser la sede de la prueba de curling en el caso de que la candidatura olímpica de los Juegos de Invierno de los Pirineos para el año 2030 hubiera llegado a buen puerto. Sin embargo, los equipos encargados de diseñar el proyecto (el Comité Olímpico Español, la Diputación General de Aragón y el Govern de la Generalitat) tuvieron buenos lanzadores de piedras, en forma de bravatas y reproches, pero nadie que barriera luego el hielo para que el bloque de granito acabara en el objetivo.

El plan, que debía ser un modelo de cooperación entre dos administraciones autonómicas y el COE y concebido en Madrid como una operación de Estado dentro del nuevo clima de relaciones Gobierno-Generalitat expresado en la mesa de diálogo, terminó descarrilando tras un tortuoso recorrido a pedrada limpia. Así cabe considerar las descalificaciones del presidente aragonés, Javier Lambán, a la parte catalana del proyecto, con acusaciones de supremacismo, deslealtad y desdén a los aragoneses, que llegaron a salpicar a la estrella del baloncesto Pau Gasol, tachado por el líder socialista aragonés de ser «un aliado del independentismo».

Como una pedrada fue recibida, asimismo, en Aragón la declaración de la consellera de Presidència de la Generalitat, Laura Vilagrà, quien sostuvo el pasado 21 de enero que Catalunya lideraba la candidatura y que «la mayoría de las pruebas deberían celebrarse en territorio catalán». Y una tercera pedrada fue la atribuida por El Confidencial al presidente del COE, Alejandro Blanco, quien le habría dicho a Artur Mas, en noviembre del 2019, en el marco de una presunta negociación secreta de la propuesta del 2030, que «a los de Zaragoza, ni puto caso».

Parece evidente que, con esos mimbres, la aspiración de Barcelona-Pirineos 2030 (nombre cuestionado en Aragón, por cierto) tenía poco recorrido. Una mezcla del ancestral anticatalanismo (que los socialistas aragoneses comparten en este caso con la derecha tradicional), el deseo de la Generalitat de aparentar que juega en una liga distinta de la autonómica (según el relato oficial del procés) y las escasas dotes políticas del COE para limar asperezas entre las administraciones eran un cóctel que amenazaba con convertir el experimento en una pérdida de tiempo y en una perniciosa exaltación de los viejos recelos entre dos comunidades vecinas. Al final, Aragón dinamitó la candidatura, pero Catalunya, que tuvo en su mano contentar a los aragoneses con la separación de género de las pruebas de esquí alpino (los hombres en unas sedes y las mujeres en otras), no hizo nada por impedirlo.

 

¿Maná para el territorio?

La reacción de las comarcas pirenaicas ante el fiasco ha sido de perfil bajo. Ni la candidatura, que muchos consideraban más política que deportiva, levantó grandes entusiasmos, ni su fracaso ha generado excesiva decepción. En Jaca, que había optado en dos ocasiones a unos Juegos de Invierno, sin éxito, este objetivo se veía con más escepticismo que ilusión. El manido discurso de que un gran acontecimiento deportivo es una especie de maná para la región está muy superado en los sufridos pueblos pirenaicos.

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Y, por otro lado, el juego de victimismos entre Zaragoza y Barcelona no ha encontrado demasiado eco en los centros invernales y en la zona. Así lo indica, por ejemplo, que los socialistas de Huesca, aunque muy prudentes, no hayan compartido la estrategia agresiva de Lambán. Pese a que los Juegos del 2030 podían haber sido una buena oportunidad, el Pirineo tiene mayores problemas. Dos de ellos, muy graves: la despoblación y el cambio climático.

La cordillera hispano-francesa-andorrana tiene prácticamente el 90 % de las especies animales y vegetales de la cadena alpina.

Istmo de la península Ibérica y frontera natural entre Francia y España, la cordillera pirenaica tiene una longitud de 491 kilómetros (del cabo de Creus al mar Cantábrico) y cuenta con más de 50 picos que superan los 3.000 metros de altitud sobre el nivel del mar. Un dato habla de la riqueza de la biodiversidad pirenaica: con una superficie que es la sexta parte de los Alpes, la cordillera hispano-francesa-andorrana tiene prácticamente el 90 % de las especies animales y vegetales de la cadena alpina.

Cuatro comarcas aragonesas ocupan la parte central del Pirineo: Jacetania (18.702 habitantes), Alto Gállego (14.916), Sobrarbe (7.764) y Ribagorza (13.177). Su densidad de población, según datos oficiales de la DGA correspondientes al año 2020, oscila entre los menos de 11 habitantes por kilómetro cuadrado del Alto Gállego (Sallent, Biescas) a los 4 del Sobrarbe (Aínsa, Boltaña).

Se trata de una densidad muy baja, como corresponde en toda Europa a las áreas de montaña, pero no automáticamente asimilable a la llamada España vaciada. El auge del turismo (de invierno y de verano) ha hecho que localidades como Benasque hayan pasado, según datos del INE, de los 1.312 habitantes en 1998 a los 2.239 en el 2021. Jaca, que en el año 1900 contaba con 4.934 habitantes, tiene ahora 13.344, que en la temporada de verano pueden ascender a casi 47.000, fruto del fenómeno de la segunda residencia de vascos, navarros y zaragozanos. El alcalde de Villanúa (pequeña localidad del valle del Aragón, próxima a los centros invernales de Candanchú y Astún) recuerda que cuando él llegó al cargo, en el año 2007, había en la escuela 18 niños. Ahora hay 50.

El éxodo a las ciudades (Zaragoza y Barcelona, principalmente, en el caso del Pirineo aragonés) fue una sangría demográfica constante en buena parte del siglo XX, consecuencia de la dureza de la vida en la montaña, del decreciente rendimiento de la agricultura y la ganadería y de la mejor oferta laboral y educativa de las urbes. Pero esa curva a la baja se ha ido corrigiendo con el fenómeno del turismo, que no solo ha afectado a los valles con estaciones de esquí. El Sobrarbe, que no tiene centros invernales, pero cuenta desde 1918 con el inmenso tirón del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, cuenta con más plazas turísticas que las comarcas vecinas. Podríamos hablar, en fin, de comarcas vaciadas, pero solo en algunos momentos.

 

Los Pirineos no son Barcelona

Algunos expertos en demografía han señalado que fenómenos en auge como el teletrabajo y la teleasistencia, así como la creciente demanda de naturaleza prístina, tanto para el ocio como para la vida cotidiana, constituyen puntos a favor de los valles pirenaicos, si bien todavía existen enclaves condenados a una próxima despoblación.

Cabe preguntarse si la organización de unos Juegos Olímpicos de Invierno hubieran sido un estímulo a la hora de fijar población en los valles o, más probablemente, un acontecimiento fugaz que deja unas inversiones, aprovechables o no, de impacto limitado. Es evidente que los Juegos de Verano de Barcelona-92 cambiaron, para muy bien, la capital catalana, pero ese modelo no es trasladable a un espacio tan amplio y diverso como son los Pirineos. Algunos en el mundo de la nieve en Aragón ven con mayor interés la ampliación de las zonas esquiables y la unión de las estaciones de esquí.

El alcalde de Villanúa, Luis Terrén, sostiene que si la nieve aragonesa quiere competir en un mercado global con fuerte presencia de los turoperadores internacionales, debe ofrecer áreas esquiables de más de 200 kilómetros, algo que solo se conseguiría con la unión de Astún, Candanchú y Formigal, una operación que cuenta en sus primeras fases (unión de Candanchú y Astún mediante un remonte) con el apoyo de la UE a través de fondos Next Generation, pero que tiene evidentes costes medioambientales y paisajísticos.

El Pirineo no podrá nunca competir en grandes superficies esquiables con los Alpes o con las montañas de Estados Unidos y Canadá.

Javier Acín, concejal en Jaca por la Chunta Aragonesista, partido de izquierdas que ha estado en contra tanto del proyecto olímpico como de la unión de estaciones, subraya el contrasentido de hacer grandes inversiones en nieve en medio de un acelerado cambio climático. «Unos Juegos con competiciones en manchas de nieve artificial no es un modelo que el Pirineo deba apoyar», señala Acín. Terrén, en cambio, cree que la nieve artificial, que ya se fabrica en Granada con temperaturas de hasta cuatro grados sobre cero, puede ser una buena alternativa. «Hace falta agua, pero es un agua que se almacena en forma de nieve hasta la primavera».

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Ecología y desarrollo

Daniel Gómez García, biólogo del Instituto Pirenaico de Ecología, del CSIC, con sede en Jaca, sostiene que el Pirineo no podrá nunca competir en grandes superficies esquiables con los Alpes o con las montañas de Estados Unidos y Canadá. Este investigador propone especializar lo que ya tenemos para «vender» la calidad medioambiental y paisajística y la sostenibilidad. «La ecología –señala Gómez– ha sido tradicionalmente vista como un freno a la economía. Pero ahora vemos que ecología y desarrollo van de la mano».

Otro de los déficits del Pirineo aragonés (y catalán) en relación con la nieve es la falta de grandes acontecimientos deportivos de primer nivel. La organización de carreras ha sido una estrategia desplegada por Andorra con fuertes inversiones. Tanto la Copa del Mundo de esquí alpino como la de esquí de fondo han recalado en contadísimas ocasiones en los Pirineos, que, en cambio, sí son escenario de pruebas de élite de esquí de montaña. Por otra parte, en el mundo del esquí de competición son frecuentes las quejas de la falta de apoyo a deportistas jóvenes. Solo las familias con alto nivel económico pueden financiar los costes de tener a chicos y chicas compitiendo en el deporte blanco.

Pero más allá del esquí, existe en el Pirineo un amplio acuerdo en torno a la conservación de unos paisajes y unos modos de vida que, sin menospreciar el importantísimo sector turístico, pasan por el fomento de la ganadería extensiva (con el apoyo europeo mediante la PAC), la explotación de los recursos forestales y el aprovechamiento del medio para la implantación de energías limpias.

Vistos, en definitiva, los grandes desafíos de las comarcas pirenaicas, el episodio de la candidatura olímpica del 2030 no ha encandilado en exceso a los montañeses, dada su particular idiosincrasia. Un entusiasmo excesivo hubiera provocado una decepción similar al paso fugaz de los americanos por Villar del Río en Bienvenido Míster Marshall.