En el Hollywood de los años 90 del siglo pasado, la sophisticated comedy experimentó algo así como un renacimiento, no por modesto menos significativo. Superados los excesos posmodernos de la década anterior, dominada por parodias enloquecidas del tipo Aterriza como puedas (1980) o Hot Dog (1983), regresaron tramas más adultas, centradas en las relaciones de pareja o la vida cotidiana en las grandes ciudades, que ya habían configurado el género en sus periodos de mayor esplendor, trátese de los años 30-40, con Cary Grant y Katharine Hepburn, o de los 50-60, con Marilyn Monroe y Jack Lemmon, entre tantos otros. Y ello se tradujo en la eclosión de otro grupo de intérpretes que --un poco a rebufo del éxito de Woody Allen, aunque rebajando sus exigencias artísticas— consiguió poner rostro y cuerpo a un nuevo tipo de urbanita, más neurótico y autoconsciente, que poco a poco se convertiría en un arquetipo global.

Actores como Tom Hanks y Billy Cristal, o actrices como Julia Roberts y Jennifer Aniston, empezaron a poblar el nuevo imaginario romántico hollywoodiense con peripecias en principio más atrevidas, sobre todo en cuestiones sexuales y de género, pero en el fondo mucho menos descaradas y maliciosas que sus equivalentes de treinta o cincuenta años atrás: la famosa escena del orgasmo fingido en un restaurante de Cuando Harry encontró a Sally (1989), quizá el film inaugural de este revival, vista hoy, se queda en mantillas frente al potencial subversivo de aquellas otras que muestran a Cary Grant travestido y humillado en La novia era él (1949), por no hablar de la ferocidad sexual con que Carole Lombard acosaba a sus partenaires en Candidata a millonaria (1935), una desvergonzada comedia del aún injustamente olvidado Mitchell Leisen.

Como recordarán, la chica que emitía gemidos de placer en público mientras el resto de los clientes del local la miraban asombrados era Meg Ryan, quizá la reina de la comedia de los 90. A Cuando Harry encontró a Sally la siguieron Hechizo de un beso (1992) y, sobre todo, Algo para recordar (1993), que reconocía su deuda con la comedia clásica a través de un dudoso homenaje a Tú y yo (1957), la obra maestra de Leo McCarey con Cary Grant y Deborah Kerr. Y luego vinieron French Kiss (1995) y Tienes un e-mail (1998), quizá los últimos cartuchos de un intento de resurrección que duró muy poco y  de una actriz que, a partir de entonces, nunca más volvió a conocer éxitos de aquella magnitud ni a recuperar el encanto que supo recrear en esas comedias, no por ligeras --y a veces torpes— menos sintomáticas de todo un final de época: el 11-S puso fin a una inocencia y una ingenuidad, incluso a unas esperanzas, que el cine americano actual nunca ha vuelto a reencontrar.

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