El diálogo entre Gran Bretaña y el continente ha tenido tantos matices que, allá por el Novecientos, el Eduardo VII recibido en París entre vivas a los bóers terminaría despedido con un vive notre roi! Ha sido, a lo largo de los siglos, un diálogo fructífero y rico: si Churchill no llega a ser tan gran francófilo, ¿qué hubiese sido de la propia Europa?

El genio británico, pese a parecer irreductiblemente fiel a sí mismo, ha tenido también no poco de genio asimilador: del paisajismo a la arquitectura gótica o palladiana o la novela que prende a la recepción del Quijote, la apropiación y elaboración de la influencia continental –con hitos como el Grand Tour– estaba destinada a arraigar en tradición propia. Y, por supuesto, Austerlitz y Trafalgar, Los Arapiles y el Somme, Agincourt y Crécy o, con menor dramatismo, el Burdeos y el Jerez, también son muestras de la fecundidad de este rapport de mar a mar.

Ítem más: algo le debemos los continentales a aquella Gran Breaña que, oleada tras oleada, acogió a hugonotes franceses, aristócratas huidos de la revolución, resistentes gaullistas, judíos perseguidos y –por supuesto– románticos y republicanos españoles. También los cientos de miles de tumbas británicas en territorio continental son homenaje a lo que –al fin y al cabo, y pese a los avatares de la política– es una hermandad.

 

Desorientación de posguerra

De Messina a Maastricht y del Mecanismo Europeo de Cambio a las andanadas de Margaret Thatcher contra las inclinaciones federalizantes de Jacques Delors, la inserción del Reino Unido en las Comunidades Europeas ha sido, sin embargo, muy complicada. Quizá por eso no resulte ocioso meditar algunas imágenes. Por ejemplo, la sonrisa de superioridad de Bretherton, el subalterno enviado desde Londres, en las reuniones que se saldarían con la negativa británica al Tratado de Roma. O las múltiples humillaciones que –ante una Inglaterra arrepentida– De Gaulle iba a administrar al primer ministro Macmillan con su bloqueo al ingreso europeo de Gran Bretaña. O, en último término, el alivio de Edward Heath –desastroso premier conservador– al lograr por fin la admisión en el club allá por los primeros setenta.

Con el capital moral en máximos tras la victoria en la Guerra Mundial, Reino Unido perdió desde el primer momento la posibilidad de dar forma al proyecto europeo.

En definitiva, con el capital moral en máximos tras la victoria en la Guerra Mundial, Reino Unido perdió desde el primer momento la posibilidad de dar forma al proyecto europeo. Y cuando, con la descolonización, volvió sus ojos a Europa a modo de mercado de referencia, era ya tarde para ahormarlo a su medida.

 

Excepcionalismo británico vs. Europa continental

En el referéndum sobre el Brexit se hizo demasiado énfasis en cuestiones económicas y políticas coyunturales y se rebajó el aprecio a un condicionante cultural de suma importancia: la fricción con el continente ha tenido el suficiente arraigo como para integrar un cierto ethos de lo británico y dar cuerpo a constantes características de su vida nacional. Emerson nos iba a hablar del «afortunado día» en que una ola separó de Francia a Kent y Cornualla.

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Edwin Jones retrotrae un cierto excepcionalismo británico hasta el cisma anglicano, entendido al cabo como una cesura de la vieja Europa. Otros lo harían con Cromwell. Entre medias, sin embargo, ya Shakespeare había celebrado el mar como «foso protector» frente a, por supuesto, el continente. El «espléndido aislamiento» victoriano del XIX pareció sustanciar políticamente esa insularidad británica en unos tiempos en que Inglaterra era el «Japón de Europa», un país mirado con pasmo por unos vecinos continentales que anhelaban su paz y su prosperidad.

Aquella Inglaterra era una nación con una vocación continental por tradición limitada a garantizar los equilibrios europeos. Así lo recordó Duff Cooper al presentar su dimisión tras el Acuerdo de Munich: la política europea del país, según le recordó a Chamberlain, había pasado por luchar contra la tentación de la hegemonía en el continente, en todo lo que va de Napoleón a Felipe II y de Luis XIV al Kaiser. Por lo demás, como ya había dicho Disraeli en el XIX, Inglaterra era «una potencia asiática». Y con el añadido no menor de su «relación especial» con el amigo americano, dato clave en un momento en que, tras el desflecamiento del Imperio, los británicos tuvieron que elegir entre mirar a la angloesfera o mirar a la Europa continental.

 

Éxito y declinología británicos

Preguntarse con lamento si Reino Unido sigue siendo lo que era tiene algo de tradición. Se lo preguntó el Continente en la guerra de los Bóers, Gaziel en el auge del fascismo («¿Inglaterra ya es un mito?») o el secretario de Estado americano Dean Acheson ante esos «vientos de cambio» del fin del Imperio. No solo ha ocurrido en lo que respecta a la política: dos de los escritores más brillantes del siglo XX inglés, Larkin y Waugh, se apresuran a dar por finiquitado cierto genio o esencia –la cultura propia, digamos– de su país. La declinología británica, tiene, pues, cierto arraigo.

Mientras algunos todavía intentaban colar excepciones para sus productos de lujo en Rusia, Gran Bretaña fue remarcable en el apoyo a Ucrania.

Sin embargo, a veces la nostalgia nubla la vista. Porque lo más llamativo del Reino Unido contemporáneo es, pese a todo, cómo ha logrado transformarse tras ganar una guerra y perder un imperio. Un país célebre por sus desigualdades destaca como motor del consenso de posguerra. El antiguo «taller del mundo» pasa de la industria manufacturera a ser puntal de la economía del conocimiento. Y el que durante siglos fuera el árbitro de los mares se convierte –del pop a la lengua– a un dominio no menos férreo del poder blando.

Reino Unido todavía es uno de los pocos países del mundo que ha logrado hacer de sus instituciones –pensemos en la Corona– y su Historia una herramienta para asentar prestigio y, desde luego, ingresar dinero. Cuando juzgamos los fracasos de Gran Bretaña, solo podemos partir de que es un éxito.

 

Noticia del Apocalipsis

Rusia sufre en una guerra que quería ganar en quince días; los volúmenes sobre el desgaste de Estados Unidos llenan más y más anaqueles; Francia ve reventar su sistema de partidos y declinar su aura intocable en el mundo; en cuanto a China, no hay Instituto Confucio que endulce su percepción. España lo pasa mal con cada Cumbre Iberoamericana y la crisis ucraniana ha reescrito el relato de la Alemania de estas décadas. ¿Qué ocurre con Reino Unido?

De no ser por la rampante falta de credibilidad personal de Boris Johnson, habría argumentos para no lanzar a su Gobierno sin contemplaciones al tacho de la Historia. Mientras algunos todavía intentaban colar excepciones para sus productos de lujo en Rusia, Gran Bretaña fue –con un ímpetu quizá digno de otros tiempos– remarcable en el apoyo a Ucrania. Y mientras la Comisión Europea amenazaba incluso con litigios por las exportaciones de vacunas, Reino Unido llevó una notable delantera en su programa de vacunación; por no hablar de que, para sostener sectores como la hostelería y la distribución, el Estado llegó a pagar hasta la mitad de la comanda en restaurantes: una medida de gasto público con la que, tal vez, Thatcher se hubiera vuelto a la tumba.

La mayor parte de los problemas de Reino Unido se deben a errores no forzados emanados de problemas de liderazgo, no de sistema.

La propia zozobra de estos años, de Theresa May en adelante, tiene algo de los ajustes de funcionamiento de un sistema capaz de corregirse, con un gobierno en efecto deliberativo y colegiado, donde el premier no es un César, un parlamento fuerte y unos partidos robustos. También diversos: baste ver la riqueza de perfiles propuestos para sustituir a Johnson antes del error Truss.

Quizá el dato más importante, con todo, sea uno no por obvio más citado: el Brexit no ha sido bueno, pero no ha sido el apocalipsis. Es importante subrayar ambos puntos: del Brexit a esta parte, la británica es la segunda gran economía occidental con peor comportamiento en términos de crecimiento, tras Italia, aunque no siempre es fácil deslindar lo que pertenece al covid y al Brexit. Y el propio PM Sunak ha reconocido que el Brexit ha afectado a los intercambios comerciales. A la vez, como decíamos, no ha sido el apocalipsis esperado.

 

El problema ‘tory’

La mayor parte de los problemas de Reino Unido en este tiempo se deben, por tanto, a errores no forzados emanados de problemas de liderazgo, no de sistema. En todo caso, el mundo –y, especialmente, Europa– y el propio Reino Unido comparten la idea de un Reino Unido en grave crisis, y esto es lo verdaderamente novedoso. Un liderazgo efectivo podría combatir mucho de los males británicos de hoy, pero también hay un sustrato negativo, con mucho de cultura política, que afecta a la situación de hoy. Citemos algunos de sus integrantes:

  1. Una excesiva torydependencia. Los conservadores se han visto siempre a sí mismos como «el partido de la nación», pero han dejado de ser una plataforma capaz de atraer a las masas de un país diverso y reflejan más el sentir de una elite localizada y concreta (franjas crecientemente nacionalistas del próspero sur inglés): esto ocurre pese a la extraordinaria mayoría del 2019, también rotunda en el norte. El propio referéndum del Brexit tuvo algo de traslación al público general de los problemas internos de un partido.
  2. Los males del nacionalismo. El estado de opinión negativo sobre Reino Unido es más acusado en el Continente que en un país con un sistema de opinión –también prensa seria– muy nacionalista y filogubernativo. Las elites gobernantes han sido por tradición muy escasamente autocríticas en lo que respecta a Gran Bretaña, lo que ralentiza la comprensión ajustada de los problemas: han sido los últimos en darse cuenta de la crisis. Se ha tardado mucho, por ejemplo, en valorar que el Brexit iba a afectar muy negativamente a la marca-país, ante todo en los que venían siendo tus principales socios. Y se ha desdeñado esa afección negativa.
  3. ¿Dónde está el laborismo? Salvo con Tony Blair, el laborismo ha tenido siempre problemas con Europa –fueron ellos quienes convocaron el referéndum de 1975, por ejemplo. Su apuesta por un líder inelegible por anacrónico como Corbyn, más que tibio en materia europeísta, fue un balón de oxígeno electoral para los tories –tanto en el referéndum como en las generales.

 

El fin de la excepción británica

El efecto más llamativo del Brexit había sido extirpar de raíz toda manifestación pública europeísta. Eso empieza con timidez a cambiar, pero si el Imperio se había conseguido, como dice una célebre frase de Seeley, «en un momento de inconsciencia», ha quedado claro cuánto tuvo de momento oportunismo el Brexit de Johnson: no se sabía, en puridad, qué se votaba al votar Brexit.

Europa fue, tras no pocos intentos, la respuesta británica a la frase de Acheson según la cual Reino Unido debía encontrar su papel en el mundo tras el Imperio. Tras el Brexit, el diagnóstico es igual o más difícil, pero con la salida de la UE y su crisis de percepción ha habido un efecto de desilusión que se está sintiendo como nunca. No poco de esta crisis viene de la súbita toma de conciencia de un fin: ha acabado esa excepción británica según la cual tenían un talento para la política que no tenían los demás. Y esa era una ilusión que nuestro continente, tan anglófilo, mantenía de hace siglos.