El Partido Popular que vendrá se ve empujado por una línea económica cada vez más liberal, en sintonía con el tiempo histórico y las facciones que codician el poder del primer poder de la derecha en España. Basta ver el potente think tank que supone el liderazgo de Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid para entender cómo se reaviva ese discurso del mérito y la cultura del esfuerzo con poderosas reminiscencias thatcherianas, pero a la española, en medio de un contexto de creciente precariedad social. El relato está repleto de otros tics propios del populismo europeo, en un repliegue nacional por la vía de un madridcentrismo como eje clave. Es una tendencia a la que tampoco es ajeno Pablo Casado en la lucha descarnada con Vox dentro del tablero estatal.

No obstante, cuando se habla de ideología, hay que centrar parte del repaso en Ayuso, porque el PP nacional no ha mostrado la misma solidez a lo largo de los últimos años en lo que se refiere a la defensa de un corpus doctrinal definido. El motivo es que Casado se ha caracterizado en su liderazgo de la oposición por sucesivos bandazos en función del contexto y de las diversas etapas de confrontación con Vox.

En primer lugar, el talante más ideológico con que el líder del PP se impuso en las primarias del año 2018 se materializó en un acercamiento al discurso de la formación de Santiago Abascal —más liberalismo económico, exaltación del nacionalismo español—, ofreciéndoles incluso ministerios si ganaba los comicios de 2019. Es decir, un modelo de convivencia con la ultraderecha adoptado en países como Austria. Esta opción estaba en parte motivada porque Abascal era visto como un rebotado de los propios populares.

Más tarde, el PP intentó distanciarse tomando como referente al centroderecha alemán, la CDU, en el clásico cordón sanitario a la AfD. Por eso, en la moción de censura de 2020, Casado reivindicó la diferencia con el populismo y los tics antiliberales, que atribuía a Vox, mientras apelaba a un PP basado en el pluralismo tanto político como territorial.

El éxito de Ayuso en mayo de 2021, sin embargo, ha permitido al PP estatal recuperar recientemente la «batalla cultural» ideológica, en oposición al PP más tecnocrático atribuido a Mariano Rajoy. El concepto nace por asimilación a Vox y se inspira en el relato de Donald Trump en los Estados Unidos. Es decir, en contra de lo que llamamos «consensos de la izquierda» en materia de derechos y libertades y pasado histórico (franquismo y Guerra Civil).

Una muestra de ello es que Casado promete ya, si gobierna, la derogación de una serie de leyes del gobierno de coalición de PSOE y Unidas Podemos: ley de eutanasia, memoria histórica… Aunque el PP nunca ha comulgado de entrada con postulados de este tipo, solía transigir cuando gobernaba, como sucedió por ejemplo con la no derogación del matrimonio homosexual, pese a que había votado en contra en su momento. Esto indica que hasta cierto punto Rajoy constituyó el último exponente del turnismo canovista, de carácter más institucional.

Del discurso trumpista, el PP ha incorporado otro elemento también atizado por Vox: la idea de una lucha contra un presunto «marxismo cultural» que habría llegado a «colectivizar» la sociedad. La prueba es que el partido de Casado ha hecho suya la idea del «feminismo liberal» a causa del éxito de este movimiento. Ahora bien, se le añade el apellido «liberal», como ya hizo Ciudadanos, para no borrar la voluntad de poner al individuo por encima de todo.

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Liberalismo a la española

Con diferencia, el concepto que más marca el actual discurso del PP es el de liberalismo a la española. En España, este liberalismo no se entiende tanto desde el punto de vista político como del que hace referencia a los postulados económicos. Por ejemplo, la moral conservadora del PP pasa por impugnar la actual legislación sobre el aborto y fomentar las políticas provida. En cambio, el partido se siente incomodado por la propuesta de legalización del cannabis. Sin embargo, su modelo económico sí contempla una defensa contundente de la libertad empresarial, como lo demostró Ayuso en plena pandemia.

La líder territorial consiguió imponerse a la izquierda con un discurso en el que apelaba a la libertad. La libertad del empresario de abrir su restaurante, la libertad del camarero de ir a trabajar, la libertad del ciudadano de tomarse una cerveza… Esta exaltación liberal tiene reminiscencias de la ideología de Margaret Thatcher, matizadas por la evidencia de que España ha tenido tradicionalmente un Estado del bienestar más desarrollado. Sirva de ejemplo uno de los episodios de la serie de Peter Morgan The Crown.

En el paradigma liberal, la dignidad de trabajar, de no depender de otro, es un potente ariete para diluir la idea de clases sociales.

En una escena, Thatcher habla con la reina Isabel II sobre el sufrimiento que generan sus políticas económicas. La primera ministra afirma en son de queja, aludiendo a su condición de hija de tendero a quien nadie le ha regalado nada, que no soportaría que nadie la llegara a compadecer. La idea de fondo es que todo ciudadano, pobre o rico, quiere sentirse dueño de su propia vida. La dignidad de trabajar, de no depender de otro, constituye un potente ariete para diluir el concepto de clases sociales dentro del paradigma liberal. La crítica viene por el lado de la desigualdad: no todos los ciudadanos han tenido las mismas oportunidades, ni el camarero cobra el mismo salario que el directivo de una empresa, pese a su dignidad inherente.

El mismo Pablo Casado también se muestra alineado con este paradigma meritocrático del esfuerzo individual. En una entrevista llegó a afirmar: «Si tienes un trabajo y una nómina, puedes acceder a un alquiler.» Detrás de una aseveración semejante, se difumina consciente o inconscientemente la existencia de una precariedad estructural. Es decir, no tiene en cuenta que el sistema reproduce la incapacidad de acceder a un alquiler aunque se tenga trabajo.

Tal ideario lleva al mismo tiempo aparejada una reducción del papel de Estado para corregir las desigualdades. Por ejemplo, Ayuso hizo alusión en campaña electoral a las colas del hambre, acusando a la izquierda de ser la culpable de su existencia. De fondo, se podía intuir una crítica soterrada a la idea del Estado asistencial. Entre las clases humildes esto acaba calando por el mecanismo de «el penúltimo contra el último de la sociedad»: si alguien tiene peores condiciones que las mías, pensaré que yo sí me he esforzado y legitimaré que no se le brinde protección. Desde el punto de vista electoral, otras ramificaciones podrían pasar por «suprimir las barreras sindicales, laborales y fiscales para que crezcan las empresas», como dijo Casado en una ocasión.

Si alguien tiene peores condiciones económicas que las mías, pensaré que yo sí me he esforzado y legitimaré que no se le brinde protección.

Ahora bien, el corpus liberal no siempre ha sido igualmente compartido dentro del PP. El relato de Ayuso tiene ciertas diferencias con las palabras de Rajoy del año 2008, cuando en una convención de partido en Elche afirmó: «Creo en la libertad [pero] creo en más cosas que la libertad. Creo en la igualdad de derechos y oportunidades. Sin eso, no hay libertad. Y creo que el Estado debe ayudar a las personas a las que no les va tan bien.» No por casualidad, Esperanza Aguirre soltó en una ocasión que los socialdemócratas estaban más «cómodos» con el expresidente popular que con ella.
Populismo pop

El discurso de impuestos bajos, no obstante, hasta ahora sonaba a intereses de las élites, ofreciendo la imagen de un PP dirigido a las clases acomodadas y alejado de los trabajadores. A la derecha le faltaba una cierta legitimidad mediática de la cual, en España, solía gozar la izquierda. Hablar de «libertad» era de izquierdas; abanderar un Estado de intervención mínima no encajaba con el discurso de la justicia social; y el «pueblo», por lo demás, era el término recurrente de la izquierda. Todo esto era así hasta la llegada de Ayuso.

De un día para otro, ella le ha brindado al partido esa legitimidad, en un giro de alcance popular equiparable a la expansión de los tories británicos, aunque en otro sentido: la «libertad» es sinónimo de la derecha, su liderazgo se identifica con el «pueblo» y el madridcentrismo se exhibe sin complejos. Esta construcción tiene algunos ecos de inspiración populista en los tiempos actuales.

Christian Salmond lo define en su libro La ceremonia caníbal: «El hombre político se presenta cada vez menos como una figura de autoridad, como alguien a quien obedecer, y más como algo que consumir; menos como una instancia productora de normas que como un producto de la subcultura de masas, un artefacto a imagen de cualquier personaje de una serie o un programa televisivo.» La forma de Ayuso de llegar a las clases populares mediante los tics de la cultura pop era habitual en la política italiana, pero no tanto en la española.

Hablar de «libertad» y del «pueblo» era de izquierdas… hasta la llegada de Ayuso.

La presidenta regional ha conectado incluso con la hipótesis sobre si la izquierda postmaterialista habría abandonado el conflicto capital-trabajo, dejando huérfano este espacio para los partidos de la derecha. La crítica al postmaterialismo obvia que los derechos tienen una dimensión física y material en la vida de todo ciudadano. Ahora bien, el PP sí ha explotado esta acusación de una izquierda «alejada de los problemas reales». Por ejemplo, cuando apela al malestar de las familias por el precio de la factura de la luz, o cuando se burla de las políticas de reducción del consumo de carne o de azúcar en los niños. La realidad, no obstante, es que dentro del partido cada vez se acepta más la necesidad de combatir el cambio climático.

 

‘Madridcentrismo’

El último elemento clave del discurso del PP es el modelo territorial. Madrid puede permitirse el modelo de impuestos bajos porque se beneficia de ser el centro económico, financiero y político de un Estado potente de estructura radial. En el pasado, esta visión territorial ya había sido abanderada por la expresidenta Esperanza Aguirre y, de hecho, tanto Casado como Ayuso salen del PP madrileño.

En el presente, la globalización también impulsa en parte esta dinámica. Lo cual consolida a la larga la dialéctica centro-periferia, similar en los países del norte. España no es una excepción: las plataformas de la llamada España vaciada (Soria Ya, Jaén Merece Más, Burgos Enraíza, León Ruge…) podrían concurrir a las elecciones generales como muestra del vaciado del campo español en favor de la capital del Estado. Para el PP este fenómeno representa un reto en tanto que muchas de estas plataformas crecen en territorio conservador.

Es más, la dinámica corre el riesgo de agravarse, ya que el discurso del PP en los últimos años ha estado muy determinado por su lucha con Ciudadanos y Vox. Con el primero, porque promocionaba una idea más centralista del Estado, impugnando incluso todos los pactos de los populares con los nacionalistas periféricos (PNV y CiU). Con el segundo, por la introducción de una pulsión más emocional del nacionalismo español, a consecuencia de la herida política que ha supuesto el procés independentista catalán para los partidos que se autodenominan garantes de la unidad de España.

Para el PP el fenómeno de las plataformas de la España vaciada representa un reto, porque muchas de estas plataformas crecen en territorio conservador.

Ahora bien, como explico en mi libro El berrinche político (Ediciones Destino, 2021) el PP es en la actualidad un reino de taifas. Existen también una serie de barones con discursos muy regionalistas (Alberto Núñez Feijoo en Galicia, Juan Manuel Moreno en Andalucía…) que promocionan el repliegue bajo el paraguas de la diferencia. Curiosamente, esto se produce en paralelo a la lucha estatal con Vox y al efecto de arrastre que provoca la fortaleza de Madrid a todos los niveles. Dos vectores que condicionan al PP territorialmente, a la vez que sepultan su imagen de pluralidad conjunta. No por casualidad, la frase mítica de Ayuso es: «Madrid es España dentro de España.»