El Reino Unido ha mirado por el retrovisor desde la Gran Guerra, y más aún después de quedar agotado al acabar la Segunda Guerra Mundial como el país que resistió en solitario los instintos destructivos y maléficos de Hitler. Churchill luchó solo durante dos años contra el nazismo con la fuerza de la convicción y de la palabra. El ensayista Raymond Aron escribió que «Inglaterra pasó en un siglo de ser la metrópoli de un gran imperio a aparecer, en el horizonte del año 2000, como la gran vencida de las guerras que ganó». Esta idea de declive imperial fue sustanciándose a medida que la Guerra Fría daba todo el protagonismo a las dos potencias que se disputarían la hegemonía política, económica y militar en la segunda mitad del siglo XX.

Los europeos, tanto vencedores como vencidos, quedaron bajo la protección de Washington y Moscú, quienes, sobre las ruinas de una guerra civil europea, continuaron otro tipo de conflicto ideológico para dominar y controlar el mundo. La conferencia de Yalta de 1945 en la que participaron Roosevelt, Stalin y Churchill resultó ser, a medio plazo, un acuerdo tácito para repartirse la influencia sobre las naciones europeas. El que fuera secretario de Estado bajo la presidencia Truman, Dean Acheson, dijo en la sede de las Naciones Unidas que «el Reino Unido había perdido un imperio y no había encontrado aún cuál era su papel en el mundo». Es una idea que años más tarde formularía de otro modo el primer ministro laborista, Tony Blair, al afirmar que «ya no somos una gran potencia y no lo volveremos a ser, pero lo que sí somos es una gran nación, aunque si seguimos comportándonos como una gran potencia dejaremos de ser también una gran nación».

 

El «no» de De Gaulle

La percepción de que el Reino Unido era en realidad una potencia mediana con una influencia global, pero ya no con un poder global, se fue abriendo camino entre los propios británicos al ver que la Europa continental, democrática y aliada había hecho las paces consigo misma y que el diseño del proyecto de unidad era cada vez una realidad más palmaria. Después de muchos debates internos, el primer ministro Harold Macmillan, un conservador eduardiano, decidió en 1963 pedir por segunda vez el ingreso en lo que entonces era la Comunidad Económica Europea.

El «no» radical del general De Gaulle fue clamoroso. De Gaulle admitía que sin la resistencia heroica de Inglaterra no habría habido libertad en Europa, pero conocía tan bien a los británicos que pensaba que su entrada no convenía a la idea que los padres fundadores de la UE habían diseñado. Pensaba que si formaban parte de ella querrían hacer lo que siempre habían hecho con Europa: dividir para seguir maniobrando a favor de sus intereses.

Fue en 1973 cuando el Reino Unido fue admitido como miembro de la Comunidad Económica Europea. De Gaulle ya no era presidente de Francia. Con todo, los británicos no quedaron satisfechos y los que empezarían a llamarse euroescépticos plantearon un referéndum en 1975 que perdieron de forma taxativa. Un 67% votó a favor y un 32% en contra de Europa.

La tendencia histórica de la política exterior británica se ha movido siempre más por intereses que por ideales.

La entrada del Reino Unido era un éxito del proyecto europeo, pese a que los británicos, ya desde el principio, no creyeron en él con los ojos cerrados. Ellos aportaban la experiencia diplomática, el peso económico, la cultura europea de connotaciones británicas y las buenas relaciones entre Londres y Washington, todo lo cual añadía un peso específico notable. Pero la calma y el entusiasmo duraron poco. En 1979 Margaret Thatcher ganó las elecciones y planteó el hecho diferencial británico desde el primer momento. No por cuestiones ideológicas o políticas, sino por intereses concretos. No hay que olvidar que la tendencia histórica de la política exterior británica se ha movido siempre más por intereses que por ideales.

Thatcher planteó enseguida lo que se llamó el cheque británico, por el cual el Reino Unido dejaría de ser contribuyente neto, manteniendo sin embargo un peso específico muy considerable en todas las instituciones. Thatcher lo resumía con una sencilla expresión que años más tarde sería el argumento principal de los impulsores del Brexit: «Give my money back». Europa no podía costar nada a los ingleses. Todos los altos funcionarios de Bruselas reconocen que los británicos son excelentes funcionarios y que saben cómo administrar sus intereses en debates abiertos y civilizados. Muchos hemos pensado que quizá De Gaulle tenía razón, pero no era políticamente viable devaluar el papel de Londres dentro de Europa y aún menos insinuar la posibilidad de que se fueran.

 

Una Europa a la carta

Los sucesivos gobiernos de Londres tuvieron una Europa a la carta. No quisieron firmar el Tratado de Schengen, de libre circulación de personas dentro de la Unión, ni tampoco formar parte del euro. Se les permitieron todos sus caprichos y peticiones. Pensaban que la City seguiría siendo hegemónica y que el Banco Central Europeo, con sede en Frankfurt, no representaría ninguna amenaza para las finanzas globales con sede en Londres. Esta importancia del BCE para administrar las finanzas de la zona euro no la digirieron nunca.

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Las relaciones eran profesionales y técnicamente impecables. Tony Blair ha sido quizá el primer ministro más europeísta desde Edward Heath, pero como todos sus antecesores y sucesores se estrelló de algún modo con la realidad europea. Las razonas son múltiples. De carácter histórico y práctico. La prensa amarilla de Londres empezó a hacer campaña ridiculizando la burocracia europea, la ayuda que recibían los campesinos de Francia y la idea sutil de que Alemania, la causante y la gran derrotada de las dos guerras mundiales que Inglaterra ganó, no podía ser el motor económico de Europa escondiéndose y dando la iniciativa política a Francia. La prensa sensacionalista respondía también a los intereses de la aristocracia rural, que no abandonó nunca sus posesiones en el campo. El hecho de que la mitad del territorio de Inglaterra sea propiedad de 25.000 terratenientes indica hasta qué punto la tierra tiene una importancia social considerable. Al propietario de un piso, por ejemplo, se lo conoce como landlord, el señor de la tierra.

En el partido conservador se fue formando un núcleo de euroescépticos que, poco a poco, iban introduciendo la idea de que fuera de Europa se viviría mejor. El partido laborista, especialmente en el momento en que se planteó el Brexit, en el liderazgo de Jeremy Corbyn, tampoco creía en Europa, a la que consideraba una organización de mercaderes dirigida por ultraliberales sin ninguna sensibilidad social.

 

Error estratégico de Cameron

En 2014, el primer ministro David Cameron otorgó al parlamento de Holyrood la potestad de someter a referéndum la independencia del antiguo reino de Escocia. Lo ganó, y la unidad del Reino Unido quedó asegurada. Cameron pensó que para deshacerse o desautorizar al núcleo de euroescépticos de su partido, supremacistas del núcleo más duro de brexiters, lo mejor que podía hacer era convocar otro referéndum sobre Europa, con la convicción de que salvaría la unidad del partido y, a la vez, podría seguir haciendo la política europea a la carta.

Cameron se aficionó demasiado a los referéndums. Fue un error estratégico que no contaba con las malas artes que utilizarían los secesionistas europeos para dominar una Inglaterra más auténtica, más patriótica y menos multicultural.

El partido laborista tampoco creía en Europa, a la que consideraba una organización de mercaderes dirigida por ultraliberales sin ninguna sensibilidad social.

Poco se imaginaba Cameron que el 23 de junio de 2016 una mayoría de británicos dirían que querían marcharse de la Unión Europea en una proporción de 52 a 48%. La decisión estaba tomada y la defenestración de primeros ministros empezaba el día mismo de conocerse los resultados. David Cameron dimitía, su sucesora Theresa May lo hacía al cabo de dos años, también Boris Johnson la seguiría en 2022, después Lizz Truss al cabo de tres semanas y, finalmente, Rishi Sunak se ha aferrado a Downing Street con la convicción poco fundamentada de que el Brexit fue una gran decisión para recuperar la soberanía nacional.

Uno de los problemas que los británicos tienen como país es que será muy difícil reconocer que fue una decisión equivocada, aunque las cifras indiquen que la salida de la UE ha significado una pérdida del 5,5% del PIB y una disminución de ingresos fiscales de unos 45.000 millones de euros.

Lo más relevante de aquella campaña referendaria fue el uso de la mentira descarada para decantar el voto de los británicos.

Lo más relevante de aquella campaña referendaria fue el uso de la mentira descarada para decantar el voto de los británicos, diciéndoles que todo serían ventajas si Londres recuperaba la gestión de todos sus asuntos públicos. La primera ministra May había hecho campaña para quedarse en Europa, pero al ser designada líder del partido conservador y ocupar automáticamente el 10 de Downing Street se comprometió a llevar a término el veredicto de los británicos.

 

Global Britain

La nueva idea que empezó a circular para construir el relato post-Brexit la difundió precisamente Theresa May al hablar de Global Britain. Fue un eslogan empleado cinco veces en el primer discurso de la nueva primera ministra en la conferencia del partido conservador. Días más tarde fue el título del discurso de política exterior del ministro Boris Johnson, jefe de la diplomacia antes de ser primer ministro, diciendo que el Brexit no llevaría a la autarquía, sino a una nueva situación de mejora comercial de la Gran Bretaña en el mundo.

Al ser nombrado primer ministro, Boris Johnson publicó un documento de 114 páginas bajo el título «Global Britain in a Competitive Age» en el que se presentaba una revisión radical de la política exterior, la seguridad, la defensa y las políticas sociales, presentándolo como el programa más ambicioso desde el fin de la guerra fría. Gran Bretaña podía vivir al margen de Europa estableciendo las fronteras del ciberespacio con China, Estados Unidos y el resto de los países, incluyendo, naturalmente, la Commonwealth de naciones, una entidad más sentimental y cultural que un espacio común de intereses reales.

En este plan, Escocia sería el espacio ideal para convertirse en los nuevos astilleros de la armada británica, Gales sería el centro de la industria automovilística, y las nuevas tecnologías serían desarrolladas especialmente en la provincia de Irlanda del Norte. El objetivo del Global Britain no sería tanto convertirse en una potencia comercial ni militar, sino conseguir ser reconocida como una superpotencia científica y tecnológica en 2030.

El programa fue recibido con satisfacción por la comunidad internacional porque iba en una dirección correcta. Al fin y al cabo, el Reino Unido es la sexta potencia económica mundial, está en la OTAN como segundo miembro que más aporta financieramente, el rey Carlos III es jefe de la Commonwealth de naciones, tiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, dispone del arma nuclear y, finalmente, lo más importante quizá, tiene el patrimonio de la lengua franca de la modernidad científica, el inglés, que se ha impuesto con la ayuda de los Estados Unidos. Alguien ha definido la alianza transatlántica en términos culturales como el acuerdo de dos naciones divididas por una lengua común. En el ranking de universidades del mundo siempre salen cuatro o cinco entre las diez mejores que tienen su sede en Inglaterra.

Alguien ha definido la alianza transatlántica en términos culturales como el acuerdo de dos naciones divididas por una lengua común.

De hecho, los gobiernos de Londres deben convivir con Europa en prácticamente todas las organizaciones internacionales. El problema es que los brexiters quieren aparentar, quieren creerse, que pueden hacerlo al margen de Europa y, lo que es más irracional, rompiendo los puentes que se han construido en los 43 años en los que el Reino Unido ha formado parte de la Unión Europea. El Global Britain es una buena idea, pero no es posible ignorando al gran vecino que tiene al otro lado del canal de la Mancha.

 

El descontento social

El plan de Boris Johnson, asumido por su sucesor Rishi Sunak, no cuenta con el descontento social interior de la Gran Bretaña ni tampoco con el estropicio que se ha producido territorialmente a consecuencia del Brexit. Escocia pide celebrar un nuevo referéndum con un argumento de peso que consiste en poner de manifiesto que el 65% de los escoceses votaron a favor de permanecer en Europa en la consulta del Brexit y que expresarán su desafección a Westminster en las primeras elecciones generales, aunque no sean en forma de referéndum.

El conflicto de Irlanda del Norte, por otro lado, no fue bien resuelto por los acuerdos firmados entre Boris Johnson y la Unión Europea, y lo que parecía imposible se puede producir: una corriente en seis de los nueve condados del Ulster que formaron la provincia de Irlanda del Norte al acabar la guerra civil de 1922, de mayoría protestante, se plantea a largo plazo la posibilidad de permanecer en Europa desvinculándose del Reino Unido y estableciendo alguna relación especial de unidad con la república de Irlanda. El movimiento de una sola pieza puede hacer caer todo el edificio constitucional británico como si fuera un castillo de arena.

En definitiva, será difícil pretender ser una potencia internacional si el Reino Unido no es capaz de establecer una relación fluida con la gran realidad incuestionable, fuerte y compacta, de la Unión Europea.

 

Admitir el error

La administración Biden no tiene el sesgo antieuropeo de Donald Trump y ya ha manifestado que las relaciones especiales con el Reino Unido deben pasar necesariamente por un acuerdo con la Unión Europea. China puede establecer una relación de intereses con los británicos. Pero no lo hará prescindiendo de la potencia europea que tiene teléfono, que se ha fortalecido a consecuencia de la guerra de Ucrania y que, pese a todos los problemas de cohesión interna, es el interlocutor global en todos los ámbitos.

Lo más probable es que pase un tiempo hasta que la realidad evidencie que fuera de la UE hay más inconvenientes que las ventajas prometidas. Los británicos se aproximarán a Bruselas, pero no lo harán como si no hubiera pasado nada, sino que tendrán que admitir su error y ofrecer garantías de que no volverán a marear a las instituciones comunitarias por unas ideas supremacistas y nacionalistas radicales que los han llevado al actual arrinconamiento, pese a ser una sólida potencia de tipo medio. Las próximas elecciones, después de doce años de gobiernos conservadores, pueden suponer un cambio de rasante para el Reino Unido y para la Unión Europea.