El dolor de cabeza más intenso que nos espera el año que ahora empieza se llama Donald Trump. Está visto que las numerosas causas judiciales en las cuales se encuentra involucrado de poco han servido para detener su marcha hacia la Casa Blanca; al contrario, con cada nueva peripecia judicial ha recaudado más fondos para su campaña electoral. Llega reforzado en su liderazgo del Partido Republicano, sin que de momento se le acerquen los otros aspirantes a la Casa Blanca, con los cuales tendrá que enfrentarse en las primarias que empezarán el 15 de enero con el caucus de Iowa. Y con el aliciente de enfrentarse de nuevo en noviembre de 2024 a un Joe Biden de visible senectud y fragilidad en una repetición electoral en la cual tiene muchos triunfos para ganar.

Los equipos de Trump ya preparan un segundo mandato más extremista y radical que el primero en cuanto al programa y más controlado en cuanto a la organización, sin las cacofonías y divergencias, las destituciones repentinas y los nombramientos precipitados de la Casa Blanca, caótica desde 2017 hasta 2020. Los primeros esfuerzos los quiere dedicar al control de las fronteras, con su militarización si conviene. Se trata de endurecer y ampliar las medidas restrictivas que ya ensayó entonces: prohibir la entrada de ciudadanos de determinados países musulmanes, limitar la llegada de viajeros con la excusa de las políticas sanitarias, deportar masivamente a los indocumentados, abrir mega campos de retención en las fronteras, anular el estatus de refugiado de afganos e iraquíes evacuados con las tropas de los Estados Unidos y retirar los visados a los extranjeros que hayan participado en manifestaciones contra Israel y a favor de Palestina.

La edad de Joe Biden y la dificultad por afianzar una alternativa republicana consolidan la idea de una segunda presidencia, que se prevé más peligrosa que la primera.

También quiere eliminar la nacionalidad por lugar de nacimiento, hasta ahora reconocida automáticamente a los nacidos de ciudadanas indocumentadas. De llevarlo a la práctica resultaría una mutación autoritaria que afectaría a los derechos civiles de millones de ciudadanos y abriría una batalla parlamentaria y judicial inacabable y políticamente paralizadora.

Los poderes presidenciales efectivos, después de la primera experiencia y de la exoneración de dos impeachments y de los 91 cargos penales que pesan sobre él actualmente, quedarían ampliados hasta un punto desconocido. Es difícil pensar en lo que Trump se sentiría con poder y capacidad para decidir y dónde quedaría la división de poderes. Además del grave antecedente de haber intentado evitar la alternancia democrática en 2021, ahora contará con la teoría del ejecutivo unitario, elaborada por juristas neocons, que ya inspiraron a George W. Bush después de los atentados del 11-S para la dirección de la guerra global contra el terror desde una Casa Blanca dotada de poderes excepcionales.

 

Democracia muy tocada

Hay pocas dudas de que llevaría a la instrumentalización de los tribunales, la fiscalía, el Departamento de Justicia y el FBI de cara a la paralización y exoneración de los procedimientos penales que pesan sobre él y su familia, y la persecución de sus adversarios, empezando por el presidente Biden y su familia. La democracia saldría muy tocada, también con la pérdida de ejemplaridad cara a los gobiernos autoritarios.

En política exterior, podría conducir a un final positivo para Putin de la guerra de Ucrania, que sería un estímulo para el expansionismo en dirección a Moldova y Georgia. Con la muy probable salida de Estados Unidos de la OTAN, sufrirían las repúblicas bálticas y Polonia, y naturalmente la Unión Europea entera. Respecto de China, sería la luz verde para la anexión de Taiwán, y para Arabia Saudí e Israel, la carta blanca para repartirse la hegemonía en Oriente Medio, en detrimento de los palestinos y de cualquier preocupación por los derechos humanos. La paz entre israelíes y palestinos no consta en la agenda del trumpismo. El estímulo a la proliferación nuclear de una tal política exterior es explícito. Muy probablemente Japón y Corea del Sur, desprotegidos por Washington, se plantearían la adquisición del arma atómica.

Dentro de los Estados Unidos afectará a la democracia y fuera a la estabilidad internacional: puede acabar con la OTAN, cambiar la guerra de Ucrania y decantar definitivamente el conflicto de Oriente Medio.

En políticas comerciales, sus asesores piensan en la imposición de una tarifa plana universal del 10% a las importaciones, que triplicaría el nivel tarifario actual, desencadenaría guerras tarifarias e impulsaría el proteccionismo en todas partes. Volverían los regalos fiscales a los más ricos y las restricciones a las políticas educativas, de salud y cambio climático, con un muy probable aumento del déficit y del endeudamiento. Sería un escalón más hacia la pérdida de influencia y de poder en el mundo y, por tanto, también del aislacionismo de Washington respecto al orden internacional.

 

Impulso a los populismos

A la hora de redactar esta nota las encuestas dan una victoria muy amplia a Trump en las primarias republicanas, pese a que hay una candidata, la exgobernadora de Carolina del Sur y exembajadora ante Naciones Unidas, Nicky Halley, que ha empezado a destacar, a recibir apoyo financiero de muchas empresas de Wall Street y a perfilarse como una conservadora alejada de las propuestas lunáticas y disruptivas. A pesar de sus posiciones muy derechistas, Halley sería una garantía para la relación transatlántica y para Ucrania, y significaría un retorno del republicanismo a la centralidad política.

El retorno de Trump a la Casa Blanca impulsaría a los populismos de extrema derecha en todo el mundo, después de las derrotas en sus aspiraciones a entrar al gobierno de España y de continuar en Polonia, y de la victoria apabullante de Javier Milei en Argentina. Ahora hay ministros o primeros ministros ultraderechistas en Italia, Hungría, la República Checa, Eslovaquia, Finlandia y Suecia. Las expectativas trumpistas estarán muy presentes en las elecciones europeas de junio de 2024, que también podrían abrir las puertas de la Comisión Europea a una alianza entre la derecha convencional y la extrema derecha.